María paseaba por el mercado, envuelta en el bullicio de los vendedores y el aroma embriagador de las frutas frescas. A sus 38 años, sus curvas aún atraían miradas furtivas, pero en casa, su esposo la ignoraba, dejando su deseo como un fuego latente a punto de desbordarse. Hoy, el calor del mercado y el roce de su vestido contra la piel avivaban una inquietud que la hacía sentirse viva, anhelante.
Se detuvo frente a un puesto rebosante de colores: mangos dorados, fresas brillantes y melocotones que parecían susurrar tentaciones. Tras el mostrador, Juan, un hombre de unos 40 años, la observó con una sonrisa confiada. Su piel bronceada y sus manos fuertes, sosteniendo un melón con firmeza, despertaron un cosquilleo en María.
—Señora, estas fresas son tan dulces como sus labios —dijo Juan, su voz grave y provocadora, acercando una fresa a su boca mientras la miraba fijamente—. Y estos melocotones… no le llegan a su suavidad.
María sintió un calor subirle por el pecho. El descaro de Juan la descolocó, pero en lugar de retroceder, se inclinó ligeramente, sosteniendo su mirada. Con una sonrisa pícara y una voz baja, cargada de intención, respondió:
—Umm, mi melocotón es suave y carnoso, delicioso para jugar con tu plátano que mezcle su dulzura con sus jugos, esperando ser devorado.
María dejó que las palabras colgaran en el aire, sus ojos clavados en los de Juan.
Estaba hablando de su sexo, húmedo y deseoso, comparándolo con un melocotón maduro, listo para ser tocado y saboreado. El “plátano” era una alusión directa a la erección de un hombre, una que ella imaginaba deslizándose dentro de ella, mezclando placeres hasta hacerla estallar. Su tono insinuante y la imagen explícita que pintó fueron una invitación descarada.
Juan tragó saliva, sus pupilas dilatándose. Su respiración se volvió más pesada, y María notó cómo su mano apretaba el melón con más fuerza, como si intentara contenerse. La idea de su “melocotón” —húmedo, caliente, esperando ser explorado— y la mención de un “plátano” que ella devoraría lo encendió al instante. Su mirada recorrió el cuerpo de María, deteniéndose en sus caderas, imaginándola desnuda, abierta para él. La tensión sexual entre ellos era palpable, y María pudo ver el bulto creciente en sus pantalones, una prueba evidente de lo cachondo que lo había puesto su atrevimiento.
—Vivo a dos calles de aquí —murmuró, su voz ronca, cargada de deseo—. Si quieres, te muestro cómo sabe la fruta… de verdad.
María sabía que debía negarse, pero su cuerpo, hambriento de atención, la traicionó. Asintió, casi sin pensarlo, y pronto caminaban hacia la casa de Juan, un apartamento pequeño con paredes cálidas y aroma a café. Apenas cerró la puerta, él la atrajo hacia sí, sus manos firmes en su cintura.
—¿Esto es lo que quiere ese melocotón tuyo? —preguntó, su aliento cálido contra su cuello, su voz aún temblando por la excitación que ella había desatado.
— Sí —respondió María, con voz temblorosa pero decidida.
Juan la besó con urgencia, sus labios devorando los de ella mientras sus manos recorrían su espalda, descendiendo hasta apretar sus caderas. María gimió, sintiendo el deseo reprimido liberarse como un torrente. Él la guió al sofá, desabotonando su blusa con dedos ágiles. Sus pechos, libres del sostén, fueron acogidos por las manos de Juan, que los acarició con una mezcla de firmeza y devoción. Sus pulgares rozaron sus pezones, endureciéndolos al instante.
—Eres una delicia —gruñó él, antes de bajar la boca a uno de sus senos, lamiendo y succionando hasta que María arqueó la espalda, jadeando.
Ella tiró de su camisa, ansiosa por sentir su piel. Juan se despojó de la ropa, revelando un torso firme y una erección que confirmaba lo que sus palabras habían provocado. María sintió un calor húmedo acumularse entre sus piernas. Él deslizó una mano bajo su falda, encontrando su ropa interior empapada.
—Tan jugosa —dijo, su voz ronca, mientras apartaba la tela y deslizaba un dedo dentro de ella, lento, explorador.
María gimió, aferrándose a sus hombros. Juan añadió otro dedo, moviéndolos con un ritmo que la hacía temblar. Luego, se arrodilló frente a ella, subiendo su falda y acercando la boca a su sexo. Antes de que su lengua la tocara, María, perdida en el frenesí del momento, lo miró con ojos ardientes y susurró:
—Quiero que lo untes con mermelada de melocotón y te lo comas. Saborea mi coño y recuerda que es un melocotón, degústalo y haz que suelte su jugo.
Juan, con una sonrisa traviesa, se levantó rápidamente y regresó con un pequeño frasco de mermelada de melocotón. Con dedos temblorosos de excitación, untó una capa fina sobre su sexo, el aroma dulce mezclándose con su propia humedad. Luego, su lengua comenzó a explorar, lamiendo la mermelada y su piel con una lentitud torturante. Cada roce era un deleite, su boca saboreando la mezcla de la mermelada y los jugos de María, que gemía sin control, sus manos enredadas en el cabello de él. La lengua de Juan trazó círculos alrededor de su clítoris, succionando suavemente, haciendo que su “melocotón” se estremeciera y liberara más de su esencia. El placer la llevó al borde, y un orgasmo la atravesó como un relámpago, dejándola jadeante, con las piernas temblando.
Pero Juan no había terminado. Se puso de pie, la levantó con facilidad y la llevó a la cama.
Allí, desnudos por completo, él se posicionó entre sus piernas, entrando en ella con una embestida profunda que la hizo gritar de placer. Follaban con una intensidad salvaje, sus cuerpos chocando, el sudor mezclándose, como si el “plátano” y el “melocotón” de sus palabras se fundieran en un frenesí de jugos y dulzura.
María se perdió en las sensaciones: el roce de su piel, la presión de sus manos, el ritmo implacable que la llevó a otro clímax. Cuando él se corrió, gruñendo su nombre, ella sintió una satisfacción que había olvidado que existía.
Minutos después, mientras se vestía, María sintió una punzada de culpa. Había cruzado una línea, pero también se sentía viva por primera vez en años. Juan la acompañó a la puerta, besándola suavemente.
—Vuelve cuando ese melocotón quiera más —dijo, con esa sonrisa que la había atrapado.
María salió al calor de la tarde, el sabor de la fruta prohibida —y un toque de mermelada— aún en sus sentidos, sabiendo que algo en ella había cambiado para siempre.
por: © Mary Love

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