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El segundo encuentro con Adrián

Soy Lola, una mujer de 62 años, con curvas que aún despiertan miradas y un fuego interior que no se apaga. La semana pasada os conté cómo cumplí mi fantasía más salvaje: entregarme a Adrián, un chico de 22 años con un cuerpo esculpido y una energía que me volvía loca, todo mientras Juan, mi esposo, observaba con esa mezcla de amor y lujuria que me enciende. Aquella noche desató algo en nosotros, un deseo insaciable. Este sábado, Adrián volvería a nuestra casa, y mi piel ya ardía solo de imaginarlo.

El timbre sonó a las nueve en punto, un eco que resonó en mi bajo vientre. Juan abrió la puerta, y allí estaba Adrián, con esa sonrisa arrogante y unos vaqueros ajustados que marcaban cada línea de su cuerpo joven. Sus ojos oscuros me recorrieron, desnudándome antes de tocarme. “Joder, Lola, estás para comerte”, susurró, acercándose. Sus manos rozaron mi cintura, apretándome con una promesa silenciosa. Llevaba un vestido negro ceñido, sin nada debajo, tal como Juan me había pedido. Mi esposo, con su mirada ardiente y su polla ya medio dura bajo el pantalón, nos guió al dormitorio con una sonrisa cómplice.

La habitación estaba bañada en la luz tenue de las velas, el aire cargado de un aroma a vainilla y deseo. Juan se despojó de su ropa y se tumbó en la cama, su polla  gruesa y erecta apuntando al techo, invitándome. Gateé hacia él, mis rodillas hundiéndose en el colchón, y lo besé con hambre, mi lengua danzando con la suya mientras sentía su calor. Adrián, detrás de mí, levantó mi vestido con una lentitud que me hizo estremecer. Sus dedos trazaron la curva de mis caderas, bajando hasta mi coño, donde encontró mi humedad. “Estás empapada, Lola”, gruñó, y su dedo índice se deslizó dentro de mi coño, haciéndome gemir contra la boca de Juan.

Me puse en posición de perrito, con el culo en alto y mi rostro cerca del de Juan, que me miraba como si fuera a devorarme. Deslizó su polla dura dentro de mi coño, centímetro a centímetro, llenándome con esa plenitud que siempre me hace suspirar. Sus manos agarraron mis caderas, y comenzó a follarme con un ritmo lento pero profundo, cada embestida rozando justo donde más lo necesitaba. Entonces, Adrián se arrodilló detrás de mí. Sus manos fuertes separaron mis nalgas, y sentí el frío del lubricante antes de que la punta de su polla, dura y caliente, presionara contra mi culo. “Relájate, Lola”, susurró, y empujó con suavidad, abriéndome poco a poco. Gemí, un sonido gutural, mientras mi cuerpo se adaptaba a la invasión. Estar llena por ambos, Juan en mi coño y Adrián en mi culo, era una sensación obscena, abrumadora. Sus movimientos se sincronizaron, un vaivén que me hacía jadear. Mis tetas, pesadas y libres, se balanceaban con cada penetración, los pezones rozando las sábanas. El placer crecía como un incendio, y grité: “¡Más, joder, no paréis!”. Mi orgasmo estalló, un torrente que me hizo temblar, mi coño apretando a Juan y mi culo contrayéndose alrededor de la polla de Adrián, mientras mi cuerpo temblando se vaciaba en oleadas de éxtasis.

No hubo respiro. Juan, con los ojos brillando de lujuria, le hizo un gesto a Adrián. “Tu turno, quiero probar tu delicioso”, dijo con voz ronca. Adrián se tumbó boca abajo, su culo firme y redondeado expuesto. Me coloqué frente a él recostada entre cojines, abriendo mis piernas para que su boca encontrara mi coño, aún palpitante y empapado. Su lengua en toda la longitud de mi raja, lamiendo mi clítoris con una precisión que me hizo arquear la espalda. Cada lamida era una descarga eléctrica, su aliento caliente contra mi piel. Mientras, Juan se posicionó detrás de Adrián, untando lubricante en su polla antes de deslizarla lentamente en su culo. Adrián gimió contra mi coño, las vibraciones intensificando cada roce de su lengua. Ver a Juan follarlo, sus caderas moviéndose con una mezcla de rudeza y control, me puso a mil. Mis dedos se enredaron en el pelo de Adrián, empujándolo más contra mí coño, mientras otro orgasmo me desgarraba, mi cuerpo convulsionando mientras gritaba su nombre.

Entonces, cambiamos. Adrián se puso en posición de perrito, con Juan aún detrás, follándolo con movimientos firmes que hacían temblar el colchón. Me deslicé bajo Adrián, mi rostro justo debajo de su polla, dura y brillante, goteando de deseo. La tomé con una mano, acariciándola antes de llevármela a la boca. Chupé con avidez, mi lengua trazando círculos alrededor de la punta, saboreando su sabor salado. 
Adrián gemía, su aliento en mi coño, pues me lo estaba lamiendo de nuevo. Atrapado entre la polla de Juan en su culo y mi boca follando su polla y sus huevos. “Joder, Lola, me vas a matar de gusto”, gruñó, su voz rota por el placer. Aceleré, chupando más fuerte, mi mano bombeando la base mientras mi lengua jugaba con él. Juan empujaba con más intensidad, sus manos clavándose en las caderas de Adrián. Sentí el momento exacto en que ambos se vaciaban: Juan se corrió con un rugido, llenando el culo de Adrián, mientras Adrián se corría en mi boca, su semen caliente inundándome. Tragué cada gota, mis labios aún alrededor de él, prolongando su placer hasta que no pudo más.

Nos derrumbamos en la cama, sudorosos, jadeantes, nuestros cuerpos entrelazados en un caos de piel y deseo. Las velas seguían ardiendo, y supe que esta vez, como la anterior, se quedaría grabada en mi mente para siempre.

por: © Mary Love


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