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El regalo para mi sesenta y dos cumple años

Soy Loli, una mujer de 62 años que he conocido el sexo desde jovencita. Tuve mi primer orgasmo a los 15 años, y desde entonces, follar siempre ha sido mi pasión. He compartido la cama con bastantes hombres y algunas mujeres, las menos, explorando sin reservas el placer en todas sus formas. 

A los 22 años me casé con un hombre 30 años mayor que yo, un amante con una buena polla, pero que solo me hacía correr una vez, aunque la intensidad del orgasmo era placentera siempre me quedaba con ganas de mas. Antes de casarme habíamos acordado practicar el poliamor, abriendo nuestro lecho a otros con libertad y deseo, el aceptó. Recuerdo aquel día en que mi marido estaba de viaje; fui a una sala de conciertos con unas amigas en un pub en el barrio antiguo donde tocaba un cubano. Lo seduje con una mirada y un roce sutil, y acabamos follando en su hotel. Tenía una polla muy grande que me hacía daño cuando intentaba penetrarme, pero su lengua era maravillosa. Lo mejor que sabía hacer era comerme el coño; mientras con mi marido me corría una sola vez, con el cubano, chupándome con una maestría que me volvía loca, me corría varias veces, una tras otra, hasta dejarme exhausta. 

A los 38 años me quedé viuda, y hace 20 años me volví a casar con Juan, mi marido actual. Aunque su polla es pequeña, él sabe usarla como nadie: la mete con precisión, moviéndose justo en ese punto que me hace estallar, provocándome orgasmos múltiples, tres, cinco, hasta seis veces cada vez que follamos. La verdad que no había experimentado nada igual nunca, y eso que su polla mide 12 centímetros. En nuestra cama no hay tabúes: el sexo es un territorio de libertad absoluta donde todo está permitido. Hace algún tiempo, sin embargo, un deseo morboso ha crecido en mí, una fantasía que quiero cumplir con él como mi regalo de cumpleaños este 15 de julio.

Quiero sentir la polla de un chico joven, de entre 20 y 25 años, dentro de mí coño. Quiero que me folle con la energía de la juventud, que me haga vibrar de una forma nueva, mientras Juan, mi amor, lo ve todo, sintiendo el mismo morbo que yo. A él le excita la idea tanto como a mí: imaginarme gozando con otra polla, una desconocida, entrando y saliendo de mi coño, mientras él observa, participa, se deleita. No queremos a alguien de nuestro entorno; debe ser un extraño, alguien que entre en nuestras vidas por algún tiempo y luego desaparezca. Por eso pusimos un anuncio, con la discreción que el caso requería, y tras algunas respuestas, encontramos al candidato perfecto.

Se llama Adrián, tiene 21 años, mide un metro setenta y cinco, es delgado pero fibroso, con una piel suave que parece no haber sido tocada por el tiempo. Cuando nos envió su foto, mi corazón dio un vuelco. Su pene erecto, de 18 centímetros, parecía esculpido por un artista: recto, firme, con un glande sonrosado y carnoso que invitaba a imaginarlo en acción. Sus testículos, perfectamente proporcionados, colgaban con una promesa de virilidad. Estaba completamente depilado con laser, lo que me hacía imaginar cada detalle de su cuerpo con una claridad que me encendía solo de pensarlo. Un culito respingón y un ano que invita a follarlo.

La noche acordada llegó. Habíamos preparado el ambiente con cuidado: nuestra habitación, con una luz tenue que creaba sombras suaves en las paredes, olía a incienso de sándalo. Juan y yo nos miramos, cómplices, mientras esperábamos a Adrián. Yo llevaba un conjunto de lencería negro, con encaje que dejaba entrever lo justo, suficiente para provocar. Juan, con una camisa desabotonada y unos pantalones ajustados, estaba tan expectante como yo. Cuando sonó el timbre, mi pulso se aceleró.

Adrián entró, tímido al principio, pero con una chispa de deseo en los ojos. Era aún más atractivo en persona, con ese aire de juventud insolente. Nos sentamos en el salón, tomamos una copa de vino para romper el hielo, y pronto la conversación se volvió más íntima. Le contamos lo que buscábamos, y él, con una sonrisa pícara, dijo que estaba más que dispuesto a cumplir nuestro deseo. Subimos a la habitación. Juan se sentó en una silla al pie de la cama, sus ojos fijos en mí, brillantes de excitación. Me acerqué a Adrián, que me miraba como si quisiera devorarme. Mis manos temblaban ligeramente cuando desabroché su camisa, dejando al descubierto su pecho liso y definido. Él, sin decir nada, me atrajo hacia él y me besó. Su boca era cálida, ansiosa, y sus manos recorrieron mi cuerpo con una mezcla de delicadeza y urgencia. Sentí un escalofrío cuando sus dedos se deslizaron bajo mi ropa interior, encontrando mi piel ya húmeda de deseo.

Me arrodillé frente a él, desabroché su pantalón y liberé su polla. Era tal como la había imaginado: perfecta, dura, con ese glande rosado que parecía latir. La acaricié con las manos, luego con los labios, explorándola lentamente mientras miraba a Juan de reojo. Él se había desabrochado la camisa por completo, su mano en la entrepierna, observándonos con una intensidad que me hacía arder. Adrián gimió suavemente, y eso me dio más confianza. Me levanté, lo empujé hacia la cama y me quité la lencería, quedándome desnuda ante él. Sus ojos recorrieron mi cuerpo con admiración, y eso me hizo sentir poderosa, deseada.

Me tumbé en la cama, y Adrián se colocó entre mis piernas. Juan se acercó, sentándose más cerca, sus ojos clavados en nosotros. Adrián me penetró lentamente, y un gemido escapó de mi garganta. Su polla, joven y firme, se deslizaba dentro de mí con una cadencia que me hacía perder el control. Cada embestida era un estallido de placer, y pronto sentí el primer orgasmo creciendo en mi interior, intenso, casi doloroso. Grité, aferrándome a las sábanas, mientras Adrián seguía moviéndose, sin detenerse. Juan, con la voz ronca, me susurró: "Estás preciosa, Loli, sigue, déjate llevar". Sus palabras me llevaron aún más lejos.

Adrián aceleró el ritmo, y yo me perdí en una sucesión de orgasmos, uno tras otro, cada uno más intenso que el anterior. Cuatro, cinco, no podía contarlos. Mi cuerpo temblaba, mi respiración era un jadeo continuo. Miré a Juan, que ahora se había acercado tanto que podía sentir su aliento. Le tomé la mano, y él, sin apartar la vista, se desabrochó el pantalón. Adrián, como si entendiera el juego, me levantó las caderas, penetrándome aún más profundamente, mientras Juan se acercaba y me besaba con una pasión que me hizo estremecer.

El clímax final fue devastador. Adrián, con un gemido profundo, se corrió dentro de mí, y yo, al sentir su calor, alcancé un último orgasmo que me dejó sin aliento. Juan, con los ojos encendidos, se unió a nosotros, acariciándome, besándome, mientras los tres nos fundíamos en un instante de placer puro.

Cuando todo terminó, nos quedamos en la cama, respirando agitadamente, con una sonrisa compartida, todavía desnudos, con las sábanas revueltas y el aire impregnado de nuestro deseo. Adrián, con esa mirada juvenil y pícara, acarició mi muslo mientras hablábamos. Le confesé, con un susurro que rozaba la provocación, que quería más, que soñaba con sentir dos pollas dentro de mí al mismo tiempo, una en mi coño y otra en mi culo, hasta que el placer me rompiera en mil pedazos. Juan, con una sonrisa lenta y cargada de morbo, me apretó la mano y añadió: "Y yo quiero follarte junto a él, Loli, llenarte por completo". Adrián, con los ojos brillando, se inclinó hacia mí, rozando mis labios con un beso suave, y murmuró: "¿El próximo fin de semana, entonces? Quiero verte temblar así otra vez". Asentí, mi piel erizándose ante la idea, mientras Juan me abrazaba por detrás, sus manos deslizándose por mi cintura. Quedamos en vernos de nuevo, con la promesa de un encuentro aún más intenso, donde los tres nos entregaríamos sin reservas.

Cuando Adrián se marchó, dejando tras de sí un rastro de su colonia y nuestras fantasías, Juan y yo nos miramos, sabiendo que esta noche había sido solo el comienzo. Nos abrazamos, mi cuerpo aún vibrando, mi mente ya perdida en lo que nos esperaba: él y Adrián, juntos, haciéndome sentir el placer por cada rincón de mi ser.

por: © Mary Love

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