Soy Belén, una mujer de Barcelona con el fuego en la piel y el deseo corriendo por mis venas. Llevo 20 años casada con Juan, mi cómplice, mi amante, mi todo. No somos de los que se atan a las reglas absurdas que la sociedad impone sobre el sexo. Para nosotros, el deseo es tan natural como el hambre o la sed, y lo saciamos sin culpas ni restricciones. Hace poco nos mudamos a un nuevo piso, un lugar lleno de posibilidades, y en el bajo del edificio hay una fontanería que me tiene obsesionada. Más bien, es el fontanero. Un hombre de manos fuertes, mirada traviesa y un cuerpo que me hace perder la cabeza cada vez que lo veo. No puedo evitar imaginarlo desnudo, sudando, follándome sin piedad.
Hoy he decidido pasar de las fantasías a la acción. He preparado todo con cuidado: una cámara oculta en un rincón de la cocina, estratégicamente colocada para grabar cada detalle. A Juan le encanta verme en acción, y subir los vídeos a internet es nuestro pequeño ritual. Me pone aún más cachonda saber que él estará mirando, excitado, mientras yo me follo a otro. Para la ocasión, me he puesto una camiseta negra de tirantes, ajustada, que deja poco a la imaginación, y nada debajo. Mi coño al aire, listo para provocar.
Llamo a la fontanería y simulo una avería en el fregadero. “Es urgente”, digo con voz inocente, aunque mi mente está lejos de serlo. El fontanero, Miguel, llega en menos de media hora. Es incluso más guapo de cerca: alto, con una barba recortada y unos brazos que parecen capaces de partirme en dos. Le invito a pasar, contoneándome mientras lo guío a la cocina. Él se pone a trabajar, tumbado en el suelo bajo el fregadero, con sus herramientas desperdigadas. Me siento en una silla cercana, cruzando las piernas para que la camiseta suba un poco más, dejando a la vista mi coño depilado y húmedo. Sé que lo nota, porque sus manos tiemblan ligeramente y su respiración se vuelve más pesada.
—Belén, ¿me pasas la llave inglesa? —me pide, intentando mantener la compostura.
Me levanto lentamente, asegurándome de que vea todo mientras me agacho a por la herramienta. Le rozo el brazo al dársela, y juro que siento un escalofrío recorrerlo. Vuelve a pedirme cosas, un destornillador, un tubo, pero yo ya no estoy jugando a ser la vecina servicial. Me coloco justo encima de él, con las piernas abiertas, mi coño a centímetros de su cara.
—Miguel, ¿sabes qué? —le digo, inclinándome para que mis tetas queden a la altura de sus ojos—. Me ha dicho que en vez de cambiar la pieza, puedes rellenar la avería con masilla. Pero si quieres, también me puedes rellenar a mí. Ya estás tardando.
Sus ojos se abren como platos, pero no dice nada. No hace falta. Su mirada baja a mi entrepierna, y sé que está perdido. Me siento encima de él, rozando mi coño húmedo contra su entrepierna. Su polla ya está dura, presionando contra la tela de su mono de trabajo.
—¿Te está gustando? —susurro, moviéndome lentamente, dejando que sienta lo mojada que estoy.
Él solo jadea, incapaz de responder. Sigue tumbado, pero sus manos ya no están en las herramientas, sino en mis caderas. Le abro la bragueta con un movimiento rápido, liberando su polla. Es gruesa, dura, perfecta. Me relamo los labios antes de agacharme y meterla en mi boca. Chupo con ganas, saboreando cada centímetro, mientras él gime y se retuerce debajo de mí. Mi lengua juega con la punta, lamiendo el líquido que ya empieza a salir. Me encanta sentirlo tan vulnerable, tan mío.
No aguanto más. Me levanto, me coloco en cuclillas dándole la espalda y me deslizo sobre su polla, dejándola entrar hasta el fondo. Es grande, llena todo mi coño, y no puedo evitar gemir mientras empiezo a cabalgarlo. Mis caderas se mueven con un ritmo salvaje, subiendo y bajando, sintiendo cómo me estira. Él me agarra las tetas por debajo de la camiseta, pellizcando mis pezones con fuerza. Cada roce me hace gemir más alto, el placer me nubla la mente.
—Joder, Belén… —murmura, con la voz entrecortada.
No le respondo. Estoy demasiado ocupada follándomelo, disfrutando de cada embestida. De repente, él se incorpora, me pone a cuatro patas en el suelo y me penetra por detrás. Su polla entra aún más profundo, y el ángulo es perfecto. Grito de placer, pidiéndole más.
—¡Fóllame, joder, fóllame! —le suplico, mientras mi cuerpo tiembla al borde del orgasmo.
Él me agarra de las caderas y me embiste con fuerza, cada vez más rápido. Siento el clímax acercándose, y cuando llega, mi coño se contrae alrededor de su polla, haciéndome gritar. Pero no he terminado. Quiero más. Quiero su leche.
—Dámela en la boca —le digo, girándome hacia él.
Me arrodillo, agarro su polla con una mano y la masturbo con movimientos rápidos. Él gime, su cuerpo tenso, a punto de estallar. Con la otra mano, se la coge y se masturba hasta que un chorro caliente me llena la boca. Trago todo, saboreando su néctar, dejando que me cubra los labios. Es delicioso, cálido, y me hace sentir poderosa.
Con la boca aún llena, me acerco a la cámara oculta, mirando directamente al lente. Sonrío, dejando que un hilo de semen resbale por mi barbilla.
—Para que veas, Juan, lo que he hecho. Va por ti —susurro, guiñándole un ojo a la cámara antes de apagarla.
Sé que cuando Juan vea esto, estará tan cachondo que no podrá esperar a follarme él mismo. Y yo, como siempre, estaré lista para más.
La noche llegó como un manto cálido sobre nuestra casa en Barcelona. Después de mi encuentro con Miguel, el fontanero, mi cuerpo aún vibraba de excitación, pero lo que más me encendía era imaginar la reacción de Juan al ver el vídeo. Había preparado todo con esmero: la cámara oculta había capturado cada gemido, cada embestida, cada gota de placer. Acostamos a los niños, asegurándonos de que estuvieran profundamente dormidos, y nos escabullimos a nuestro dormitorio como dos adolescentes con un secreto ardiente.
Cerré la puerta con un clic suave y encendí la pantalla del portátil, donde el vídeo ya estaba listo. Juan se recostó en la cama, su cuerpo relajado pero con esa chispa en los ojos que conocía tan bien. Me quité la bata, quedándome solo con una camiseta fina que apenas cubría mis muslos, y me acurruqué a su lado, sintiendo el calor de su piel contra la mía. Pulsé "play", y las imágenes comenzaron a llenar la pantalla: yo, provocadora, sin bragas, cabalgando a Miguel con una lujuria desenfrenada.
Juan no dijo nada al principio, pero su respiración se volvió más pesada. Sus ojos estaban fijos en la pantalla, devorando cada detalle: la forma en que mi coño se deslizaba sobre la polla de Miguel, mis gemidos resonando, el momento en que tragué su semen con una sonrisa triunfal. Sentí su mano deslizarse por mi muslo, apretándolo con fuerza, como si quisiera contener la tormenta que se desataba dentro de él.
—Joder, Belén —murmuró, su voz ronca, cargada de deseo—. Mira cómo te lo follas… Eres una diosa.
Me giré hacia él, viendo cómo su polla ya estaba dura, presionando contra la tela de su bóxer. Me acerqué más, rozando mis labios contra su oído.
—¿Te gusta verme así? —susurré, dejando que mi aliento cálido le erizara la piel—. ¿Te pone cachondo saber que me follé a otro y lo grabé para ti?.
No respondió con palabras. En cambio, me agarró por la cintura y me atrajo hacia él, besándome con una urgencia salvaje. Su lengua invadió mi boca, reclamándome, mientras sus manos subían por debajo de mi camiseta, encontrando mis tetas y apretándolas con una mezcla de posesión y adoración. En la pantalla, mis gemidos seguían resonando, y eso solo lo encendía más.
—Eres una puta maravilla —gruñó, apartándose un segundo para mirarme, sus ojos oscuros brillando de lujuria—. Mira cómo te comes esa polla… Joder, me vuelves loco.
Bajó su bóxer, liberando su erección, gruesa y palpitante. No pude resistirme. Me incliné y lamí la punta, saboreando la gota de líquido que ya se formaba, mientras él seguía mirando el vídeo, hipnotizado. Sus manos se enredaron en mi pelo, guiándome mientras lo chupaba con ganas, haciendo que sus caderas se alzaran instintivamente.
—Sigue, Belén… —jadeó—. Igual que en el vídeo, trágatela toda.
Me dediqué a él con devoción, lamiendo, chupando, dejando que mi saliva lo cubriera mientras mis ojos lo miraban, sabiendo cuánto le excitaba verme así. En la pantalla, yo estaba a cuatro patas, con Miguel follándome por detrás, y Juan no pudo más. Me levantó de un tirón, me puso contra el cabecero de la cama y me penetró de una sola embestida, llenándome por completo. Grité, no de sorpresa, sino de puro placer, porque esto era lo que más amaba: su deseo desbocado, alimentado por mi propia lujuria.
—Eres mía —gruñó, embistiéndome con fuerza, cada golpe más profundo que el anterior—. Pero joder, cómo me pone verte con otro.
Sus manos apretaban mis caderas, sus dedos clavándose en mi piel mientras me follaba sin piedad, el sonido de nuestros cuerpos chocando mezclándose con mis gemidos del vídeo. Me giró para que miráramos la pantalla juntos, él detrás de mí, su polla entrando y saliendo de mi coño empapado.
—Mira cómo te corriste con él —me susurró al oído, mordiéndome el lóbulo—. Ahora córrete para mí.
No necesité más. El calor de su voz, la intensidad de sus embestidas y la imagen de mí misma en la pantalla, tragando la leche de Miguel, me llevaron al límite. Mi orgasmo estalló, haciéndome temblar y gritar su nombre, mientras mi coño se contraía alrededor de su polla. Juan no se quedó atrás; con un gemido gutural, se corrió dentro de mí, llenándome con su calor, su cuerpo temblando contra el mío.
Nos desplomamos en la cama, jadeando, sudorosos, con el vídeo aún reproduciéndose en bucle. Me miró, con una sonrisa traviesa y satisfecha.
—Esto hay que repetirlo —dijo, acariciándome la mejilla—. Pero la próxima vez, quiero estar ahí para verte en directo.
Sonreí, sabiendo que esto era solo el comienzo de otra noche de fuego entre nosotros.
por: © Mary Love

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