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El jueves de Araceli


Soy Araceli, tengo 50 años, y trabajo como empleada doméstica en una casa señorial del barrio de Salamanca, en Madrid. Mi cuerpo lleva una semana en llamas, un deseo que me quema y no me deja pensar en nada más. He intentado saciarme con mi marido, pero siempre me sale con la excusa de que está agotado del trabajo. Ya no aguanto más. Me he masturbado, sí, en la ducha o en la cama cuando él duerme, pero no es suficiente. Necesito una polla joven, dura, que me haga temblar hasta perder el control. Álvaro, el hijo de los señores, tiene 23 años, alto, de ojos verdes y una erección que he notado alguna vez bajo sus pantalones. Es perfecta, y la quiero dentro de mí. Los jueves no va a la universidad, y hoy es jueves. He planeado provocarlo, y hoy va a pasar.

Me he puesto un vestido de hilo gris, ancho pero muy cortito, que apenas cubre mis muslos. Sin bragas, porque hoy voy a por todas. Encima, un delantal rojo con volantes y lunares blancos, que le da un toque provocador. Estoy limpiando el salón, moviendo las caderas más de lo necesario mientras paso el plumero por los muebles. Me agacho para limpiar la mesa de centro, y el vestido se sube, dejando a la vista la raja de mi culo y mis muslos firmes.

Siento los ojos de Álvaro clavados en mí desde la entrada, recién salido de la ducha, con una toalla blanca cubriéndole la cintura. Está ahí, quieto, observándome, fijándose en mi culo que se mueve rítmicamente mientras limpio. El calor entre mis piernas crece con su mirada.

Me vuelvo lentamente y lo pillo mirándome, sus ojos verdes brillando de deseo. Sonrío, me acerco a él con paso seguro, balanceando las caderas. Me planto frente a él, tan cerca que puedo oler el jabón fresco en su piel.—¿Te gusta lo que ves? —le digo con voz baja, provocadora, mirándolo directo a los ojos.

No espera respuesta. Me agacho frente a él, y de un tirón suave le quito la toalla. Su polla queda expuesta, palpitando en una erección que me hace salivar. Es grande, dura, perfecta. La cojo con mis manos, sintiendo su calor, y me deleito chupándola. La meto en la boca, la saco, le lamo el glande mientras le acaricio los huevos con suavidad. Álvaro jadea y gime, su respiración entrecortada, pero yo no paro; me encanta comérsela, sentir cómo palpita y se pone aún más dura en mi boca. Sus manos se enredan en mi pelo, y el sonido de sus gemidos me enciende como nunca.—Araceli… joder… —susurra, perdido en el placer.

Me levanto de comerle su polla, con el cuerpo ardiendo, y me tumbo en el sofá, quitándome el delantal y el vestido en un movimiento rápido. Mis pechos, grandes y firmes, quedan al descubierto. Lo miro con picardía y le digo: “Ven aquí”. Álvaro se acerca, su polla aún más dura, y la coloca entre mis dos grandes tetas. Las aprieto contra él, y comienza a follármelas, deslizándose con un ritmo que me hace gemir de anticipación. Sus manos sujetan mis hombros, y la fricción de su piel contra la mía me enloquece.

Quiero más, quiero sorprenderlo. “Cambiemos”, le susurro. Lo guío para que se ponga a cuatro patas en el sofá. Me coloco detrás de él, abro su culo con cuidado y acerco mi lengua a su ano, lamiéndolo lentamente, explorando con delicadeza. Al mismo tiempo, mi mano agarra su polla, dura y palpitante, y la masturbo con movimientos firmes, llevándola a mi boca de vez en cuando para saborearla. Álvaro jadea, gime de gusto, su cuerpo temblando de placer bajo mis caricias. Los sonidos que hace me excitan aún más, y siento mi propio deseo desbordarse.

Seguimos en el sofá, y cambiamos de posiciones. Me pongo a horcajadas sobre él, cabalgándolo primero de frente, sintiendo su polla follándome y dándome un placer que me hace jadear. Cada embestida roza mis sitios sensibles, y un orgasmo me recorre, dejándome temblando. Cambiamos, y ahora lo cabalgo dándole la espalda, moviendo las caderas con furia. Su polla encuentra nuevos ángulos, y me corro otra vez, vaciándome de gusto mientras gimo sin control. Álvaro me agarra las caderas, guiando el ritmo, y el placer es abrumador.

Me pongo a cuatro patas en el sofá, y él me folla desde atrás, profundo, sus manos apretando mis muslos. Cada embestida me lleva al límite, y otro orgasmo me sacude, mi cuerpo estremeciéndose. Luego me tumba en el sofá, con mi culo en pompa, y Álvaro me la mete hasta el fondo, llenándome por completo. La sensación es tan intensa que me corro otra vez, un grito escapándose de mi garganta mientras me vacío de gusto.

No hemos terminado. Álvaro me mueve con suavidad y me pone de lado en el sofá, él detrás de mí. Me penetra por detrás, con mis muslos apretados, sacándola y metiéndola en un ritmo que me enloquece. Mientras me folla así, mi mano baja a mi clítoris, tocándome con movimientos rápidos, sincronizados con sus embestidas. El placer es casi insoportable. Lo miro por encima del hombro y le digo, jadeando: “Álvaro, córrete conmigo. Cuando te venga el gusto, dímelo, sí, que te estás corriendo para que yo también me corra”. Él asiente, sus gemidos más fuertes, su respiración entrecortada. “Araceli… ya, me estoy corriendo”, gruñe, y eso me empuja al borde. Mi mano acelera en mi clítoris, y me corro con él, un orgasmo devastador que me hace gritar, nuestros cuerpos temblando juntos en el clímax.

Nos quedamos en el sofá, sudando, exhaustos. Me siento viva, saciada por primera vez en semanas. Mientras me pongo el vestido y el delantal, le guiño un ojo.—Esto queda entre nosotros, ¿eh? Pero si quieres repetir otro jueves… ya sabes dónde estoy.

Así fue mi jueves, querida o querido lector. Espero que esta historia te haya puesto tan cachonda o cachondo como yo lo estuve. Ahora, ve y busca a esa persona que te hace arder. No te arrepentirás.

por: © Mary Love


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