Soy Marisa, tengo 19 años, está vez llevo el pelo teñido de rubio. Ya os conté en otro relato cómo mi vecino inglés, Antonio (Anthony), un viudo de 70 años, me volvió loca con su experiencia y su forma de hacerme sentir. Pero hoy quiero contarte algo nuevo, algo que pasó hace poco y que me dejó muy feliz y satisfecha.
Era sábado a media mañana, un día soleado en Torrevieja, y paseaba por el paseo marítimo con mi mascota, Tobi; un perro de agua español. Allí, en una cafetería con vistas al mar, allí estaba Antonio sentado con otro señor. Me acerqué a saludar, y él, con esa sonrisa cálida que siempre me desarma, me invitó a sentarme con ellos. El otro hombre era John, un amigo inglés, soltero, de su misma edad, también de 70 años. Tenía el pelo blanco, una perilla plateada bien cuidada y unos ojos que parecían esconder mil historias.
Mientras charlábamos, John me contó que cuando se jubiló hace cinco años se vino a España, que era pintor y que vivía en Rojales, a unos 17 kilómetros, en una de esas fascinantes casas cueva de Rodeo.
—Eres una chica muy linda, Marisa —dijo con una voz profunda y un acento que me erizó la piel—. Me encantaría hacerte un retrato a acuarela en mi taller. ¿Te animas a venir?
No lo dudé. Había algo en su mirada, en su calma, que me encendió por dentro.
Quedamos para un jueves que era fiesta. La idea de estar con otro hombre mayor, con esa experiencia que tanto me atrae, me ponía a mil. Ya había follado con Antonio varias veces, y ahora quería experimentar con John, no se, pero hay un no se que, que me remueve, imaginar sus manos expertas, su cuerpo curtido por los años.
Llegué a su casa cueva en Rojales a primera hora de la tarde, un lugar fresco y misterioso, con paredes de piedra que parecían guardar secretos. John me recibió con una sonrisa tranquila, pero yo no estaba para rodeos. Apenas cruzamos unas palabras, lo miré fijamente y solté:
—Quiero follarte, John. Los maduros me ponéis a mil.
Sus ojos brillaron con una mezcla de sorpresa y deseo. Sin pensárselo dos veces, me tomó de la mano y me llevó más adentro de la cueva, a una habitación estilo moderno con una cama grande en el centro. Una luz que envolvía el ambiente, cálida, que hacía que todo pareciera más íntimo, más prohibido.
Nos desnudamos con calma, los dos algo nerviosos pero con una tensión sensual que nos invitaba. Estando de pie, nos acercamos. Sus manos recorrieron mi cuerpo pequeño y delgado, firmes pero suaves, y las mías se perdieron en su pecho canoso. Nos besamos con deseo, nuestras lenguas danzando mientras él bajaba una mano a mi entrepierna. Sus dedos encontraron mi sexo, suave, completamente depilado, y comenzaron a explorarlo con una delicadeza que me hizo gemir. Yo, mientras tanto, lamía su pecho, mordisqueando sus pezones, sintiendo cómo se endurecían bajo mi lengua. Mi mano bajó a su polla, pequeña pero dura, potente, perfecta para sostenerla y acariciarla. Me encantaba cómo cabía en mi mano, cómo respondía a cada roce, gemía.
John me tumbó en la cama con una suavidad que contrastaba con el fuego que sentía dentro. Se puso de rodillas frente a mi cara, ofreciéndome su polla. La lamí con ganas, saboreándola entera, metiéndola hasta el fondo de mi boca mientras mis manos jugaban con mi cuerpo. Me pellizcaba los pezones, me frotaba el clítoris, y el placer me nublaba la mente, cerraba los ojos. Esa polla chiquita con su glande esculpido era una delicia, y me volvía loca tenerla toda en mi boca, sentir su calor, su sabor.
Después de un rato, John se deslizó entre mis piernas. Me abrió con cuidado y me penetró despacio, con una precisión que rozaba justo mi punto G. Cada movimiento suyo era lento, pero tan intenso que sentía que me deshacía. Me corrí en silencio, mordiéndome el labio, mientras mi cuerpo temblaba bajo el suyo. Él, sin detenerse, sacó su polla y, con sus manos, abrió mi coño para lamer mi clítoris. Su lengua era experta, y cuando metió su dedo pulgar para masturbarme, un segundo orgasmo me atravesó como un relámpago, haciéndome liberar todo lo que llevaba dentro.
Con una fuerza suave pero decidida, me dio la vuelta y me puso a cuatro patas. Se colocó detrás de mí, abriendo mis nalgas con sus manos, y volvió a penetrarme. Su polla entraba y salía de mi coño, que se ajustaba perfectamente a su tamaño. El ritmo era lento, casi a cámara lenta, pero cada embestida era profunda, intensa. Gemía, jadeaba, perdida en el placer.
—Sigue, no pares, así suave, Juan —le susurré, sintiendo que estaba al borde de otro clímax.
Podía notar que él también estaba a punto. Su polla se hinchaba dentro de mí, palpitando, y justo cuando el placer estaba a punto de desbordarnos, la sacó y se corrió sobre mis glúteos. Sentí su semen cálido y cremoso deslizarse por mi piel mientras él lo esparcía con sus manos por mi espalda. Nos pusimos de rodillas, frente a frente, y nos besamos con una intensidad que me hizo temblar. Su polla aún goteaba su néctar, y no pude resistirme: me agaché y la lamí, degustando las últimas gotas de su semen, saboreando cada instante.
Nos tumbamos en la cama, agotados pero satisfechos, acariciándonos en silencio. Sus manos recorrían mi cuerpo con una ternura que contrastaba con la pasión de hacía unos momentos. Y allí, en esa cueva que olía a pintura y deseo, supe que volvería por más.
por: © Mary Love

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