Era lunes por la mañana, y el sol apenas se filtraba por las cortinas de mi casa. Mis amigos me habían pedido que cuidara de su hijo Mario durante una semana mientras estaban de viaje. Acepté sin dudarlo; Mario, recién cumplidos los 18, era un chico tranquilo, universitario, que parecía no dar problemas. Mi esposo, como siempre, estaba en el trabajo, agotado como de costumbre, dejándome sola en la casa con las tareas del hogar y una sensación de vacío que no quería admitir.
Estaba ocupada con la limpieza cuando decidí pedirle a Mario si me echaba una mano. Lo encontré en el salón, inmerso en su consola, en su móvil, pero cuando le pregunté si podía echarme una mano con la escoba, dejó el móvil al instante y asintió con una sonrisa. —Claro, sin problema —dijo, levantándose con entusiasmo.
Le indiqué que barriera las habitaciones mientras yo seguía con lo mío. Mario se puso manos a la obra, y yo me dediqué a ordenar la cocina. Al rato, su móvil que estaba en el sofá donde estaba jugando comenzó a sonar, le llamaban por teléfono. Lo tomé para llevárselo, caminando hacia mi habitación, donde supuse que estaría barriendo. Al acercarme, la puerta estaba entreabierta, y un sonido suave, como un jadeo, me detuvo en seco.
Empujé la puerta con cuidado y lo vi. Mario estaba tumbado en mi cama, con unas braguitas mías de encaje negro, que había encontrado bajo la cama, en la mano. Su polla, dura y erecta, era impresionante, mucho más grande de lo que jamás hubiera imaginado en un chico tan joven. Se masturbaba con las bragas, los ojos cerrados, perdido en su propio placer. La imagen me golpeó como un relámpago. Mi coño comenzó a palpitar, una ola de calor me recorrió el cuerpo. Hacía tanto tiempo que mi esposo no me tocaba, siempre cansado, siempre con excusas. Ver a Mario así, tan joven, tan lleno de vida, despertó algo en mí que no pude controlar.
Dejé el móvil en la mesita de noche y, sin pensarlo, entré acercándome a él. Mario abrió los ojos, sobresaltado, pero antes de que pudiera cubrirse, me acerqué y posé mi mano en su enorme polla. —Tranquilo —susurré, mi voz temblando de excitación—. No pasa nada.
Nunca pensé que un chico de su edad pudiera tenerla tan grande. Mis dedos apenas podían rodearla. Me incliné y lamí la punta, saboreando su piel cálida. Deslicé mi lengua por toda su longitud, desde el capullo hasta sus huevos, rozando cada centímetro con deleite. Mario gemía y jadeaba, sus manos aferrándose a las sábanas. Cada sonido suyo me encendía más.
Me levanté, me quité el vestido en un movimiento rápido, quedando completamente desnuda ante él. Sus ojos se abrieron aún más, recorriendo mi cuerpo. Me subí encima de él, mis tetas a su alcance, y me senté lentamente, dejando que su polla se deslizara dentro de mi coño, húmedo y ansioso. Aunque estaba un poco gordita, su tamaño llenaba cada rincón de mí coño. Comencé a cabalgarlo, moviéndome con un ritmo experto, sintiendo cómo me penetraba profundamente.
Mario, el cabrón, parecía un profesional. Sus manos agarraron mis glúteos, abriéndolos con fuerza, estirando mi ano mientras me follaba. Su polla entraba y salía de mi coño, cada penetración me hacía gemir. Sus dedos encontraron mis tetas, pellizcando mis pezones, enviando descargas de placer por todo mi cuerpo. Nos movíamos al unísono, como si hubiéramos hecho esto mil veces. Yo jadeaba, perdida en la sensación. Ni mi esposo me había follado nunca así. Sentía mi cuerpo convertirse en puro gusto, puro placer.
—Joder, no te muevas —le dije, casi suplicando—. Déjame a mí.
Me moví más rápido, sacando y metiendo mi coño en su polla, controlando cada sensación. —Me estoy corriendo en tu polla —gemí, mientras un orgasmo me atravesaba, haciendo temblar todo mi cuerpo.
Pero quería más, paré un momento para recuperar el aliento; mientras el me acariciaba suavemente. Me tumbé en la cama, y Mario, sin dudarlo, se puso detrás de mí, delgado y ágil, metiéndome su polla de nuevo. Esta vez, rozaba un punto dentro de mí que me volvía loca, un lugar que mi esposo nunca había alcanzado. El placer que me daba invadía todo mi cuerpo.
De nuevo estaba super excitada. Me puse a cuatro patas, y abriendo mis glúteos él me penetraba por detrás, su polla llenando mi coño que se adaptaba a su tamaño mientras sus manos apretaban mis caderas. Me corría de nuevo, y el al unísono conmigo también explotaba, gritando sin control. Sentí el calor de su leche dentro del preservativo, pero era como si pudiera sentir cada pulsación dentro de mí. Caímos exhaustos, jadeando, en un silencio cargado de complicidad.
Me levanté, aún temblando, y le di una mirada. —Esto queda entre nosotros, ¿vale? —dije, con una sonrisa.
Mario asintió, todavía aturdido. Mientras volvía a mis tareas, no podía dejar de pensar en lo que acababa de pasar. Qué maravilla, follar con un chico joven. Una experiencia que nunca olvidaría.
por: © Mary Love

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