Estaba en la playa, tirada en mi toalla, con un bikini rojo que apenas tapa mis tetas y mi culo. El sol me lamía la piel, y mi coño ya palpitaba, pidiéndome guerra. Sentí unos ojos clavados en mí. Era Rafael, unos 65 tacos, pelo blanco, piel morena, y una sonrisa de cabrón que me mojó entera. Se acercó con calma, como si supiera que me iba a comer su polla en menos de una hora. Charlamos, me invitó a un café en su casa, y dije que sí sin pensarlo. Los dos sabíamos que íbamos a follar.
Llegamos a su piso, sencillo pero con vistas al mar que me pusieron más caliente. Cerró la puerta, y sus manos fueron directas a mi cintura. Nada de prisas, no como los niñatos que se corren antes de empezar. Rafael tenía el control. Me miró como si quisiera comerme, y yo me quité la parte de arriba del bikini, dejando mis tetas al aire, los pezones duros como piedras. Él se sentó en el sofá, se abrió la camisa mostrando su pecho canoso, y me hizo un gesto para que me acercara, con esa cara de “te voy a reventar”.
Me puse de rodillas entre sus piernas, mis manos en sus muslos, y empecé a chuparle los pezones. Primero los lamí despacio, rozándolos con la lengua, luego los mordí suave, sintiendo cómo se le ponía la piel de gallina. Él gruñó, un sonido que me llegó directo al coño. Mientras le lamía, mis manos desabrocharon su cinturón, bajé su bragueta, y liberé su polla. “Joder, pequeña, sigue”, dijo con esa voz grave que me hizo empaparme más.
Me levanté, y sus manos atacaron mis tetas, pellizcando mis pezones con esa presión que me hace gemir como perra. Me arrancó la parte de abajo del bikini, dejando mi coño al descubierto, brillante de lo mojada que estaba. Me sentó en sus rodillas, y su lengua se paseó por mi cuello, luego por mis tetas, chupando y mordiendo hasta que creí que me correría sin que me tocara abajo. “Calma, que vamos a follar como dios manda”, dijo, y yo solo pude jadear.
Me puso a cuatro en el sofá, sus manos abriendo mi culo como si fuera un trofeo. Su lengua se clavó en mi clítoris desde atrás, lamiendo mi coño empapado con una lentitud que me volvía loca. Chupaba, succionaba, y yo gemía como si me estuvieran matando de placer. Casi me corro, pero él paró justo a tiempo, el cabrón. Se quitó la ropa, y vi su polla: pequeña, pero dura como una barra de acero. Me la metió despacio, llenándome con embestidas profundas que me hacían ver estrellas. Luego me dio la vuelta, me puso boca arriba con las piernas en sus hombros, y me folló duro, mirándome mientras mi coño se apretaba alrededor de su polla.
El primer orgasmo me partió en dos, mi coño convulsionando mientras gritaba su nombre. Él no paró. Me subió encima, y me taladró desde abajo, sus manos clavadas en mi culo. El segundo orgasmo me dejó temblando, mi coño chorreando sobre su polla. Para el tercero, me estampó contra la pared, de pie, y me folló con una fuerza que no esperaba de un tío de su edad. Me corrí tan fuerte que casi me desmayo, mi coño apretándolo mientras gemía como loca.
Entonces, Rafael me miró con ojos de lujuria y dijo: “Ahora te toca chupármela”. Me arrodillé, su polla aún dura y brillante por mis jugos. Me la metí en la boca, saboreando cada centímetro, mi lengua lamiendo su glande, chupando con ganas mientras él gruñía. De repente, su cuerpo se tensó, y un chorro de lefa caliente me llenó la boca. Era espesa, salada, y me la tragué con gusto, dejando que se deslizara por mi lengua mientras seguía chupando, ordeñando hasta la última gota. Los tíos normalmente se desinflan después de correrse, pero Rafael no. Su polla seguía tiesa, palpitando en mi boca, lista para más.
No paré. Seguí mamándola, mi lengua recorriendo cada vena, mis labios apretándola mientras lo miraba a los ojos. “Puta madre, Arancha, no pares”, gruñó, y eso me puso a mil. Al rato, volvió a tensarse, y otro chorro de lefa me golpeó la garganta, caliente y abundante. Lo sentí bajar, espeso, mientras tragaba, chupando sin soltar su polla, saboreando cada gota como si fuera un premio. Era como si Rafael tuviera un tanque infinito para mí.Nos quedamos jadeando, sudorosos, él acariciándome el pelo con una sonrisa. “Vuelve cuando quieras, pequeña”, dijo. Me levanté, aún temblando, y empecé a ponerme el bikini. Mientras me vestía, Rafael me dijo: “Espera un momento”. Fue a su habitación y volvió con un billete de 500 euros. Me lo dio, mirándome serio pero con calidez. “Arancha, esto es un regalo porque me da la gana dartelo. No es por follar conmigo, no lo malinterpretes”. Lo tomé, un poco sorprendida, pero su tono era sincero, y le sonreí. No me sentí pagada, sino valorada.
Salí de su piso con el coño satisfecho, la piel ardiendo, y ese billete en el bolso. Rafael me dio más que orgasmos; me dio un polvo inolvidable. Así que, si esto te puso cachonda o cachondo, no te cortes. Busca a esa persona que te mire con ganas, que sepa follarte hasta hacerte gritar, que te haga correrte como nunca. Porque, joder, cuando encuentras a alguien como Rafael, el placer es una puta locura. ¿Te animas?
por: © Mary Love

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