La noche en el campus universitario era un susurro de posibilidades, el aire fresco cargado de aromas a hierba húmeda y el eco lejano de risas estudiantiles. Lucía y Clara eran profesoras de la universidad, y eran compañeras de habitación en la residencia del campus universitario desde hacia tres años. Lucía, con su melena negra y ojos que ardían con una picardía descarada, era un imán de deseo puro. Clara, también morena, con una mirada serena pero cargada de una sensualidad que cortaba el aliento, destilaba una calma que escondía un fuego abrasador. Esa noche, su presa era Mateo, un estudiante de tercero artes escénicas, que se alojaba en edificio contiguo, cuya sonrisa tímida, cuerpo esculpido y aire despreocupado habían encendido sus fantasías desde el primer día del semestre.
Mateo estaba sentado en un banco junto al lago artificial que hay en el centro de la universidad, perdido en su teléfono, auriculares puestos, ajeno al torbellino que se le acercaba. Lucía se inclinó sobre el respaldo, su aliento rozando su oído. —¿Estudias o solo sueñas despierto? —preguntó, su voz un ronroneo cargada de intención. Mateo levantó la vista, quitándose un auricular, y sus ojos se abrieron al verlas, deteniéndose en la curva de los labios de Lucía y el destello en los ojos de Clara.—Un poco de todo —respondió, su voz temblando ligeramente, traicionando su nerviosismo. Clara se sentó a su lado, cruzando las piernas con una lentitud provocadora, dejando que su falda subiera lo suficiente para revelar la piel suave de sus muslos.—Hemos notado como nos miras cuando impartimos nuestras materias en tu clase. No somos tan inalcanzables, ¿sabes? —dijo Clara, su tono aterciopelado deslizándose como una caricia—. Solo tienes que atreverte, el no ya lo tienes, busca el si.
La conversación fue un juego de seducción, cada palabra un anzuelo. Lucía dejaba caer insinuaciones descaradas, sus ojos devorando a Mateo, mientras Clara rozaba su brazo con las yemas de sus dedos, cada contacto un chispazo que hacía que su piel se erizara. Las dos mujeres le propusieron ir a su habitación para "charlar más tranquilos", Mateo aceptó, su pulso acelerado, el deseo ardiendo en su pecho.
La habitación de Lucía y Clara era un santuario de caos sensual: guirnaldas de luces tenues bañaban las paredes en un resplandor cálido, el aire olía a vainilla y deseo, y el desorden de libros, ropa y sábanas revueltas creaba una atmósfera íntima. Apenas cerraron la puerta, el ambiente se volvió denso, cargado de electricidad. Lucía tomó a Mateo por la camiseta, atrayéndolo con fuerza. —Llevamos semanas soñando con tenerte así —susurró, sus labios rozando los suyos antes de devorarlo en un beso profundo, su lengua explorando la suya con una hambre voraz. Clara, desde atrás, deslizó sus manos bajo la camiseta de Mateo, sus dedos fríos trazando los músculos de su abdomen, descendiendo hasta el borde de sus jeans, haciendo que él jadeara contra la boca de Lucía.
La ropa cayó en un frenesí, un rastro de prendas esparcidas por el suelo. Lucía, con una sonrisa de depredadora, empujó a Mateo hacia la cama de sábanas arrugadas, mientras Clara dejaba un reguero de besos húmedos en su nuca, descendiendo por su columna con una lentitud que lo volvía loco. Lo tumbaron boca arriba, su polla dura y pulsante bajo la luz tenue, una evidencia cruda de su deseo. Lucía se lamió los labios, sus ojos brillando de lujuria, mientras Clara observaba con una calma que escondía un hambre feroz.
Lucía se subió encima de él a horcajadas, su coño empapado deslizándose contra su erección antes de envolverlo por completo, centímetro a centímetro, hasta que lo acogió en su calor apretado. Sus pechos, llenos y firmes, se balanceaban al alcance de las manos de Mateo, quien los agarró con fuerza, pellizcando sus pezones duros, arrancándole gemidos guturales a Lucía. Ella comenzó a moverse, sus caderas ondulando con un ritmo lento pero implacable, cada vaivén apretándolo con una intensidad que lo hacía gruñir, sus manos aferrándose a sus caderas para profundizar el contacto.
Al mismo tiempo, Clara se arrodilló junto al rostro de Mateo, sus muslos abiertos, su coño rosado y brillante a centímetros de su boca. —Pruébame, quiero sentirte —susurró, su voz un mandato envuelto en terciopelo. Mateo la atrajo hacia él, su lengua explorando sus pliegues húmedos, saboreando su dulzura salada mientras Clara se estremecía, sus manos enredándose en su cabello, guiándolo con una mezcla de suavidad y urgencia. Sus gemidos, cada vez más intensos, llenaban la habitación, mezclándose con los jadeos roncos de Lucía y los gruñidos de Mateo.
Sus cuerpos se movían en una danza febril, una coreografía de deseo puro. Lucía cabalgaba a Mateo con una urgencia creciente, su coño contrayéndose alrededor de su polla, cada movimiento enviando oleadas de placer que lo llevaban al borde. Clara, perdida en las caricias de la lengua de Mateo, se mecía contra su boca, sus jugos cubriendo sus labios mientras sus gemidos se volvían más agudos, más desesperados. Las manos de Mateo alternaban entre los pechos de Lucía, apretándolos con una mezcla de firmeza y reverencia, y las caderas de Clara, atrayéndola más cerca, su lengua hundiéndose en ella con avidez.
El clímax estalló como una tormenta. Lucía se arqueó, su coño apretando la polla de Mateo con espasmos mientras alcanzaba el orgasmo, sus gritos resonando en la habitación. Clara, al mismo tiempo, se rindió al roce frenético de la lengua de Mateo, su cuerpo temblando mientras su coño palpitaba contra su boca, sus gemidos convirtiéndose en un lamento de éxtasis. Mateo, incapaz levanta y su polla se estremeció, liberando una corrida caliente y abundante dentro de Lucía, llenándola mientras su cuerpo se tensaba bajo el peso del placer.
Cuando Lucía se retiró lentamente, su coño brillaba, empapado con la corrida espesa de Mateo, que goteaba por sus muslos en un espectáculo crudo y sensual. Clara, con los ojos encendidos de deseo, se dio cuenta y se acercó a ella, sus movimientos felinos y decididos. Se arrodilló frente a Lucía, sus manos abriendo suavemente sus piernas. Con una lentitud deliberada, Clara deslizó su lengua por la raja húmeda de Lucía, saboreando la mezcla salada del semen de Mateo y los jugos de su amiga. Cada lamida era profunda, su lengua explorando cada pliegue, lamiendo con avidez mientras Lucía jadeaba, sus manos enredándose en el cabello de Clara. La sensación, intensa y abrumadora en su cuerpo aún sensible, hizo que Lucía temblara, sus caderas moviéndose contra la boca de Clara. La lengua de Clara, experta y hambrienta, la llevó al borde en segundos, y con un gemido desgarrado, Lucía alcanzó un segundo orgasmo, su coño contrayéndose mientras oleadas de placer la recorrían, su cuerpo convulsionando bajo las caricias implacables de Clara.
Exhaustos, los tres se derrumbaron en la cama, sus cuerpos entrelazados entre las sábanas revueltas. Lucía, con una risa ronca, apoyó la cabeza en el pecho de Mateo, su piel aún ardiente. Clara, tumbada a su lado, trazaba círculos perezosos en su brazo, sus labios brillando con los restos de su encuentro. El aire estaba cargado del aroma de sus cuerpos, el sudor y el sexo.—Joder… esto fue… —Mateo buscó palabras, su voz temblorosa, su cuerpo aún vibrando.—¿Demasiado para ti? —bromeó Lucía, mordiendo suavemente su hombro, sus ojos brillando con una chispa traviesa.
Clara se inclinó, sus labios rozando la oreja de Mateo. —O solo el comienzo —susurró, su voz un murmullo cargado de promesas.
Bajo la luz suave de las guirnaldas, la habitación era un refugio aislado del mundo exterior. Los tres, envueltos en risas y suspiros, compartían un silencio íntimo, sus cuerpos aún palpitando con el eco de una noche que había incendiado sus sentidos.
por: © Mary Love


Comentarios
Publicar un comentario