El sol de la mañana de sábado apenas calentaba las calles empedradas del casco antiguo. Clara y yo, Sofía, caminábamos hacia la casa del profesor Martín, nuestro docente de Historia Antigua. Teníamos 19 y 23 años, éramos inseparables y, aunque estudiábamos con empeño, el tema de las concepciones sobre el sexo en las civilizaciones de hace cinco mil años, como las prácticas sexuales de los faraones o las costumbres del pueblo, se nos atragantaba. Le pedimos ayuda, y él, con su voz grave y esa calma magnética, nos ofreció clases particulares en su casa. “Solo tengo libre los sábados por la mañana”, dijo. Aceptamos sin dudar.
Clara, con su pelo color castaño cayendo en ondas sueltas, llevaba una camiseta ajustada que marcaba su figura esbelta y animada. Sus pechos, medianos pero perfectamente formados, con pezones rosados que se insinuaban bajo la tela, parecían pedir atención. Yo, con mi pelo negro liso, vestía una falda corta que dejaba ver mis piernas bronceadas. Mi cuerpo, como el de Clara, era delgado pero firme, con tetitas que cabían justas en la mano, bien redondeadas y con pezones apetecibles. Ambas estábamos completamente depiladas, dejando al descubierto nuestros chochitos bien desarrollados, con rajas grandes, labios vaginales pronunciados y carnosos, y clítoris que se hacían presentes, sensibles al mínimo roce. Nos sentíamos seguras, provocadoras, aunque nunca lo admitiéramos en voz alta.
Llegamos al apartamento de Martín, un edificio antiguo con encanto, de piedra y balcones de hierro. Al tocar el timbre, mi corazón latía con fuerza, y Clara, a mi lado, se ajustaba el pelo con una sonrisa nerviosa. “¿Crees que nos aclarará lo de los faraones y sus hijas?”, susurró, con un brillo travieso en los ojos. Me encogí de hombros, pero el cosquilleo en mi estómago anticipaba algo más.
Martín abrió la puerta con una sonrisa cálida. A sus 58 años, tenía un atractivo evocador: alto, con el pelo blanco cortado en un estilo moderno, perfectamente peinado, y el rostro bien afeitado, dejando ver una mandíbula definida. Nos invitó a pasar a su sala, un espacio acogedor lleno de libros y mapas antiguos, con un sofá de cuero que olía a limpio. La mesa estaba preparada con apuntes y tazas de café humeante.
—Sentaos, chicas, poneos cómodas —dijo, señalando el sofá—. Vamos a repasar esas ideas sobre el sexo en las civilizaciones antiguas. ¿Café, agua, té?
Clara, siempre audaz, respondió con una risita:
—Café, profe, pero no nos ponga muy nerviosas con tanto tema subido de tono, ¿eh?
Martín soltó una carcajada suave, y algo en su mirada cambió, como si captara el juego de Clara. Nos sentamos y comenzamos a repasar. Él explicó con paciencia, detallando cómo los faraones, en su afán por mantener la pureza dinástica, a veces se casaban y tenían relaciones con sus hijas, aunque el pueblo llano no solía seguir esas prácticas, limitado por normas sociales menos elitistas. Sus manos, al señalar un libro o pasar una hoja, rozaban las nuestras, dejando una chispa que ninguna disimulaba. El ambiente se cargaba de una tensión sutil, casi eléctrica.
Clara rompió el hielo, inclinándose hacia él, su melena cayendo como una cascada.
—Profe, entonces, ¿los faraones hacían cosas... prohibidas para los demás? Suena intenso —dijo, dejando entrever la curva de sus pechos bajo la camiseta.
Martín arqueó una ceja, con una sonrisa pícara.
—Intenso, sí, Clara. Pero cada cultura tenía su forma de entender el deseo. ¿Queréis profundizar en eso? —respondió, con un tono que era puro desafío.
No pude contenerme y solté:
—Sí, profe, a mí me intriga. Quiero saber si las mujeres en esas civilizaciones, cuando hacian el amor, se corrían, o si solo era para concebir hijos y solo se corría el hombre.
Sofia, animada por mi atrevimiento, añadió con una risa:
—Sí, profe, a mí me interesa. Porque, mire, cuando he follado con algún chico de mi edad, me da gusto pero no me he corrido aún, no se lo que es un orgasmo. Se van muy pronto, ¿sabe?
Me sonrojé, pero no pude evitar confesar:
—A mí me pasa igual, profe. Siempre se acaba antes de que... bueno, ya me entiende.
El profe nos miró con una mezcla de sorpresa y excitación, sus ojos oscuros brillando.
—Vaya, chicas, sois directas —dijo, inclinándose ligeramente hacia nosotras—. No hay muchas fuentes directas, pero en culturas como la egipcia, el placer femenino no era un tabú. Textos y arte sugieren que las mujeres disfrutaban, y no solo por procrear. —Hizo una pausa, su mirada más intensa—. ¿Queréis que lo exploremos... más a fondo?
Clara y yo nos miramos, el aire cargado de una electricidad que ya no tenía nada que ver con la historia. Clara, con un brillo en los ojos, se inclinó más hacia él.
—Martín, sí nos gustaría experimentar cómo es un orgasmo —dijo, su voz baja y directa—. Queremos corrernos las dos, ¿verdad, Sofía?
Asentí, mi corazón latiendo con fuerza.
—Sí, profe —dije, mi voz temblorosa pero decidida—. Queremos saber cómo se siente... de verdad.
Martín respiró hondo.
—Chicas, esto no es una clase cualquiera —dijo, su voz un murmullo grave—. Si seguís por este camino, no hay vuelta atrás. ¿Estáis seguras?
Clara no titubeó.
—Completamente profe —respondió, su mano rozando la rodilla de Martín. Yo, con el pulso acelerado, asentí, mis dedos entrelazándose con los de Clara en un gesto de complicidad.
Martín se levantó del sofá, donde seguíamos sentadas, y con una mirada intensa que nos hizo contener el aliento, se desabrochó el cinturón y bajó los pantalones, dejando al descubierto su polla, dura y prominente. Clara, con un destello de audacia, se arrodilló frente a él, su melena cayendo sobre sus hombros mientras acercaba los labios a su polla dura y erecta. Lo tomó con una mano, acariciándola lentamente antes de metérsela en la boca, lamiendo con una mezcla de curiosidad y deseo, sus labios deslizándose por la longitud, haciéndolo susurrar y gemir. Martín, con una mano en su cabeza, guiaba sus movimientos, mientras su respiración se volvía más pesada.
Luego, Martín me miró, sus ojos oscuros invitándome.
—Sofía, prueba tú ahora, es tu turno —dijo, su voz ronca. Clara se apartó, lamiéndose los labios con una sonrisa traviesa, y yo, temblando de nervios y excitación, me acerqué. Tomé su polla, aún húmeda por la boca de Clara, y la lamí con cuidado al principio, luego con más confianza, sintiendo su calor y su dureza bajo mi lengua. Martín gimió, sus dedos enredados en mi pelo mientras yo exploraba cada centímetro, saboreándolo.
La ropa no tardó en desaparecer por completo. Los tres, ya desnudos, nos enredamos en el sofá, la sala llena de gemidos y susurros. Martín nos guió con una mezcla de ternura y autoridad, sus tatuajes moviéndose con cada gesto. Clara, con su chochito depilado y labios carnosos, se subió encima de él, montándolo mientras su raja grande se deslizaba sobre su polla, gimiendo con cada embestida. Yo, a su lado, sentía sus manos explorando mi chochito, sus dedos frotando mi clítoris prominente hasta que un placer que desconocía hasta el momento me hizo arquearme, mis jugos empapando su mano, era un orgasmo. Cambiamos posiciones, y Martín me tomó desde atrás, su polla llenándome mientras Clara, frente a mí, besaba mis tetitas y jugaba con mi clítoris, llevándome a ese estado desconocido, otro orgasmo . Luego, Martín se acostó, y Clara y yo nos turnamos para cabalgarlo, nuestras rajas húmedas apretándolo mientras él lamía nuestros pechos, sus manos apretando nuestros culos. Nos folló de todas las maneras y posiciones: Clara de lado, yo a cuatro patas, las dos enfrentadas mientras él alternaba, asegurándose de que cada una se corriera una y otra vez, nuestros cuerpos temblando de placer convulsionaban.
El tiempo se desdibujó en un torbellino de sensaciones. Clara, con su melena color castaño desordenada, gritaba mientras un orgasmo la atravesaba, sus labios vaginales hinchados y brillantes. Yo, con mi pelo rubio suelto, me perdía en las embestidas de Martín, mi clítoris palpitando mientras alcanzaba un clímax tras otro. Los tres, enredados, exploramos cada rincón de nuestros cuerpos, hasta que Martín, con un gemido profundo, se corrió, quedando los tres satisfechos y exhaustos.
Cuando todo terminó, nos quedamos allí, jadeantes, con la piel brillante y los corazones acelerados. Martín sonrió, cansado pero satisfecho, sus cuerpo sudoroso.
—Esto no estaba en los apuntes sobre los faraones, ¿verdad?
Clara rió, su melena cayendo sobre sus hombros desnudos.
—No, profe —dije yo, aún temblando de placer—, pero creo que hemos aprobado con nota.
Nos vestimos, recogimos nuestros apuntes y salimos con una promesa tácita en el aire. Mientras caminábamos de vuelta, Clara me tomó de la mano, su mirada traviesa diciendo todo. Las costumbres sexuales de hace cinco mil años, y si las mujeres disfrutaban o no, ahora tenían un significado muy personal para nosotras.

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