La clínica era un espacio íntimo, con luces suaves que creaban sombras cálidas en las paredes y un aroma a lavanda que calmaba los nervios. Elena, una mujer de unos 40 años con cabello negro brillante y ojos profundos que parecían leer cada rincón de mi alma, me recibió con una sonrisa serena que me hizo sentir bienvenida. Marcos, más joven, con un cuerpo atlético y una mirada traviesa que me hizo sonrojar al instante, estrechó mi mano con una calidez que aceleró mi pulso. Me pidieron que me desnudara por completo y me sentara en la camilla, cubierta solo por una sábana fina. El aire fresco rozó mi piel desnuda, y un escalofrío recorrió mi cuerpo, mezcla de nervios y una anticipación que no podía explicar.—Susi, vamos a evaluar tu sensibilidad —dijo Elena, acercándose con las manos desinfectadas, su voz suave pero firme, cargada de una autoridad tranquilizadora—. Relájate, estás en un espacio seguro. Vamos a cuidar de ti.
Me senté en la camilla, sintiendo la sábana fresca contra mi piel. Elena y Marcos comenzaron tocando mis pechos pequeños, sus manos cálidas explorando cada centímetro con una delicadeza que me hizo contener la respiración. Elena masajeó suavemente alrededor de mis pezoncitos con sus dedos, trazando círculos que despertaron un calor inesperado en mi interior. Marcos, con igual cuidado, rozaba mis pezones con las yemas de sus dedos, provocándome pequeños espasmos de placer. Entonces, sentí el calor húmedo de sus labios: Elena mordisqueó uno de mis pezones con una suavidad exquisita, sus dientes apenas rozando la piel sensible, mientras Marcos hacía lo mismo con el otro, su aliento cálido enviando corriente tras corriente de placer por mi cuerpo. Solté un gemido involuntario, y ellos intercambiaron una mirada de satisfacción, como si confirmaran algo que ya sospechaban.—Tu cuerpo responde muy bien, Susi —dijo Elena, su voz un murmullo reconfortante—. No tienes nada de qué avergonzarte. Eres perfecta tal como eres.—Ahora, Susi, ponte a cuatro patas en la camilla y abre las piernas —indicó Elena, su tono sensual pero profesional.
Obedecí, sintiendo cómo el aire fresco acariciaba mi coño y mi ano expuestos. Mis rodillas temblaban ligeramente mientras me sostenía en esa posición vulnerable. Las manos de Marcos recorrieron mi espalda, descendiendo con firmeza hasta mis glúteos, masajeándolos y separándolos ligeramente, lo que hizo que mi cuerpo se contrajera de anticipación. Elena, con dedos desinfectados, trazó círculos suaves alrededor de mi ano, explorando con una precisión que me hizo jadear. Sus toques eran reverentes, como si estuvieran descubriendo un tesoro, y mi piel ardía bajo sus manos.—Perfecto, ahora túmbate boca arriba y abre las piernas —dijo Elena, ayudándome a girarme con una gentileza que me reconfortó.
Me recosté en la camilla, exponiendo mi cuerpo por completo. Marcos se acercó, sus manos desinfectadas explorando el triángulo de mi coño con una lentitud que era casi una tortura. Con dedos hábiles, abrió mi raja, dejando al descubierto mis labios húmedos y el agujero de mi vagina, que palpitaba bajo su mirada intensa. Elena observaba desde un lado, tomando notas, mientras Marcos recorría cada pliegue con una precisión que me hacía estremecer. Sus dedos se deslizaban por mi clítoris, luego por mi entrada, despertando un calor que se extendía por todo mi cuerpo.—¿Sientes excitación, Susi? —preguntó Elena, inclinándose hacia mí, su voz cargada de una curiosidad cálida que me invitaba a ser honesta.—S-sí —balbuceé, con las mejillas ardiendo—. Me gusta… cuando pasa sus dedos.
Elena sonrió, acariciando mi mejilla con una suavidad que me hizo sentir segura. Marcos, con una mirada que mezclaba profesionalismo y deseo, se desabrochó los pantalones, revelando su polla bien formada y erecta. Mis ojos se abrieron de par en par, pero el calor que ya recorría mi cuerpo me hizo morderme el labio, deseosa de lo que vendría. Con mis piernas abiertas, Marcos se posicionó entre ellas, su mirada fija en la mía como pidiendo un consentimiento silencioso. Asentí ligeramente, y entonces, con una lentitud deliberada, me penetró. Un gemido profundo escapó de mi garganta al sentir su grosor llenándome, cada centímetro de su polla acoplándose perfectamente a mi interior.
Marcos comenzó a moverse, metiéndola y sacándola de mi coño con un ritmo perfecto, como un verdadero profesional. Cada embestida era precisa, rítmica, rozando un lugar en mi interior que hacía que mi placer creciera con cada movimiento. Mis gemidos se volvieron más intensos, y no pude contenerme. —¡Sí, fóllame! —grité, sorprendida por mi propia voz—. Me gusta, te siento dentro de mí, me rozas cada vez que te mueves en un lugar que aumenta mi gusto. ¡Sigue, no pares!
Marcos obedeció, su ritmo constante pero implacable, cada embestida enviando oleadas de placer que me hacían jadear sin control. Elena, ahora a la altura de mi cabeza, comenzó a acariciar mi cabello con una ternura que contrastaba con la intensidad de la situación. Sus manos, firmes pero gentiles, sujetaron mis piernas, abriéndolas aún más para exponer mi coño completamente a las embestidas de Marcos. —Estás haciendo un gran trabajo, Susi —susurró Elena, su voz como un bálsamo—. Deja que tu cuerpo sienta todo, estás a salvo con nosotros.
Después de un rato en esa posición, Elena me indicó con suavidad que cambiara de postura. —Susi, ahora ponte de lado, con las piernas juntas —dijo, ayudándome a girarme. Obedecí, recostándome de lado, apretando mis piernas para que mi coño quedara más estrecho. Marcos se acomodó detrás de mí, y con una precisión experta, volvió a penetrarme. La sensación era aún más intensa, mi coño apretado envolviendo su polla mientras él la metía y la sacaba rítmicamente, cada movimiento haciéndome jadear. La presión de mis piernas juntas amplificaba cada roce, y mis gemidos se convirtieron en un torrente incontrolable.
Marcos, siempre profesional, ajustó su ritmo, asegurándose de que cada embestida fuera profunda y deliberada. Entonces, con un movimiento fluido, levantó mi pierna derecha y la colocó sobre su hombro, abriendo mi cuerpo aún más. La nueva posición permitió que su polla alcanzara ángulos que me hicieron perder el control. Mis jadeos se volvieron más fuertes, mi vista se nublaba, y mis ojos hacían movimientos extraños, como si mi cuerpo ya no pudiera procesar tanto placer. —¡Sigue, sí, me encanta! —grité, mi voz entrecortada por la intensidad.
Elena, todavía a mi lado, seguía acariciando mi espalda y mi cabello, sus manos cálidas dándome una seguridad que me permitía entregarme por completo. Ahora, sus dedos comenzaron a deslizarse hacia mis pechos, acariciando mis pezoncitos con una delicadeza que enviaba chispas de placer directamente a mi núcleo. Sus yemas rozaban y pellizcaban suavemente, intensificando cada sensación. De vez en cuando, soltaba una risa suave, casi cariñosa, al verme en tal estado de excitación. —Mírate, Susi, estás disfrutando como nunca —dijo, su voz llena de una mezcla de orgullo y diversión—. Tu cuerpo está respondiendo maravillosamente.
Marcos aumentó el ritmo, metiendo y sacando su polla con una cadencia más rápida, cada embestida golpeando ese punto perfecto dentro de mí. La combinación de sus movimientos implacables y las caricias de Elena en mis pezones me llevó al límite. Mi cuerpo temblaba, mis gemidos se convirtieron en gritos, y sentí cómo un orgasmo devastador se construía en mi interior. —¡Me estoy corriendo! —grité, mi voz desgarrada por el placer mientras mi cuerpo se convulsionaba, sacudido por oleadas de éxtasis. Mis piernas temblaban, mi visión se volvió borrosa, y por un momento, solo existió el placer que me consumía.
Apenas recuperé el aliento, mi cuerpo aún vibrando por el clímax, miré a Marcos y a Elena con una mezcla de satisfacción y deseo ardiente. —Quiero más —dije, mi voz temblorosa pero decidida. Elena sonrió, intercambiando una mirada cómplice con Marcos.—Vamos a complacerte, Susi —dijo Elena, ayudándome a cambiar de posición una vez más.
Marcos se tumbó en la camilla, su polla erecta apuntando al techo, reluciente por mi propia humedad. Me guiaron para que me sentara encima de él, dándole la espalda, mi cuerpo alineado con el suyo. Con un movimiento lento, me dejé descender, sintiendo cómo su polla se clavaba en mi coño, llenándome por completo. Comencé a moverme, mis caderas subiendo y bajando, mientras Marcos, desde abajo, acompañaba mis movimientos con embestidas precisas, su polla rozando cada rincón sensible de mi interior. Mis gemidos llenaban la habitación, el placer creciendo con cada movimiento.
Elena, ahora frente a mí, acercó su mano a mi monte de Venus, sus dedos juntos comenzando a frotar mi clítoris con una presión firme pero delicada. La sensación era abrumadora: la polla de Marcos moviéndose sin parar dentro de mí, golpeando ese punto perfecto, y los dedos de Elena estimulando mi clítoris, enviando descargas de placer que me hacían jadear. —¡Sí, sí, no paren! —grité, perdida en la intensidad, mi cuerpo temblando bajo el asalto de sensaciones.
Marcos, con un movimiento hábil, cambió de posición sin salir de mí. Me levantó con facilidad, colocándome boca arriba en la camilla, y se puso encima de mí, penetrándome de nuevo con un ritmo feroz. Sus embestidas eran ahora más rápidas, más profundas, y podía sentir su polla hincharse dentro de mí, creciendo con cada movimiento. Elena, a mi lado, seguía acariciando mi cabello y mi espalda, sus manos cálidas dándome seguridad mientras sus dedos ocasionalmente rozaban mis pezoncitos, manteniendo mi cuerpo al borde del éxtasi.
De repente, Marcos soltó un gemido grave, y sentí cómo se corría dentro de mí, su semen cálido llenando mi coño. La sensación de su polla creciendo y pulsando dentro de mí, combinada con el roce de los dedos de Elena en mi clítoris, desencadenó otro orgasmo devastador. —¡Me estoy corriendo otra vez! —grité, mi cuerpo arqueándose mientras me vaciaba, mi coño apretándose alrededor de su polla, exprimiendo cada gota de placer. Mis ojos se nublaron, mis piernas temblaban incontrolablemente, y por un momento, me perdí en un éxtasis absoluto.
Cuando mi respiración se calmó, Marcos se retiró lentamente, y Elena me cubrió con la sábana, acariciando mi mejilla con una sonrisa de aprobación. —Ha sido una maravilla, Susi —dijo Elena, su voz llena de calidez y satisfacción—. Esta sesión te pone en el camino para eliminar tus traumas. Nos quedan dos sesiones más, y la semana que viene haremos terapia con una enfermera trans que tenemos en la clínica. Te gustará, seguro.
Me levanté de la camilla, mi cuerpo aún vibrando con la intensidad de la experiencia. Salí de la clínica con las piernas débiles, pero con una chispa nueva en mi interior. Por primera vez, sentí que mi cuerpo no era un defecto, sino una fuente de poder que apenas comenzaba a explorar, y la promesa de las próximas sesiones encendió en mí una curiosidad ardiente.
por: © Mary Love

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