Soy Nina, y desde que mi cuerpo comenzó a transformarse con mi primera regla, supe que algo en mí era diferente. A los 19 años, mi piel brilla con una sensualidad que no puedo contener, mis curvas se han vuelto un imán para las miradas, y mi deseo, una llama que nunca se apaga. El sexo para mí es una necesidad, satisfacer mis deseos de placer es lo que me mantiene viva, como saborear una buena comida, un ritual que me conecta con lo más profundo de mi ser. Pero tengo que decir no me atraen especialmente los cuerpos jóvenes, ansiosos y torpes -aunque en algunas ocasiones los incluyo en mi placer sexual-. No. Mi pasión se enciende con la experiencia, con la sabiduría que solo los años pueden moldear. Hombres y mujeres de 60 a 80 años, con sus arrugas marcadas por la vida, sus manos expertas y su paciencia infinita, son los que despiertan mi fuego.
Anoche fue con Antonio, un hombre de 72 años que conocí en un café del centro de la ciudad. Sus ojos grises, profundos como un océano en tormenta, me atraparon desde el primer instante. Me invitó a su apartamento, un refugio de libros antiguos y muebles de madera que olían a tiempo y secretos. Al cruzar la puerta, el aire se cargó de una electricidad que me erizó la piel. Sabía que la noche sería un torbellino.
—Nina, eres una perita en dulce— dijo con esa voz grave que me hizo estremecer, ofreciéndome una copa de vino espumoso. Sus manos, fuertes y marcadas por los años, rozaron las mías al pasarme la copa. Ese roce fue una chispa que lo encendió la mecha del deseo. No quise esperar. Dejé la copa en la mesa y me acerqué, mis dedos con la agilidad que me caracteriza desabrochaba su camisa. Su pecho, cubierto de vello plateado, era un lienzo de vida que quería devorar con mi piel, con mi boca.
—¿Impaciente, pequeña? —preguntó con una sonrisa pícara, mientras sus manos se posaban en mi cintura, atrayéndome hacia él. No respondí con palabras. Mi boca buscó la suya, y el beso fue lento, profundo, cargado de una intensidad que solo alguien como él podía ofrecer. Sus labios sabían a vino y a deseo acumulado.
Lo empujé hacia el sofá, o quizás él me guio; los límites entre nosotros se desdibujaban. Deshice su cinturón con un movimiento rápido, y cuando sus pantalones cayeron, su polla se alzó ante mí, dura, imponente, un testimonio de su deseo maduro. Me detuve a admirarla, su grosor, las venas que la recorrían como ríos de experiencia. Me arrodillé, mis manos acariciando sus muslos mientras mi boca se acercaba. Primero un beso lento en la punta, luego mi lengua trazando círculos, saboreando su piel salada. Antonio gruñó, sus dedos enredándose en mi cabello, guiándome con una mezcla de ternura y urgencia.
—Nina… —jadeó, su voz rota mientras yo lo tomaba por completo, mi boca envolviéndolo con devoción. Lo trabajé con calma al principio, mi lengua explorando cada centímetro, disfrutando de su calor, de su dureza. Luego aceleré, succionando con una intensidad que hacía temblar sus caderas. Podría haberme quedado allí eternamente, perdida en el placer de sentirlo rendirse a mí, en sus gemidos graves que llenaban el aire. Pero él me detuvo, levantándome con una fuerza que me hizo jadear.
—No tan rápido, pequeña —susurró, sus ojos encendidos de deseo—. Quiero saborearte primero.
Me recostó en el sofá, sus manos despojándome de la ropa con una calma torturante. Cuando mi cuerpo quedó al descubierto, sus ojos se detuvieron en mi coño, completamente depilado, suave como la seda. Pero fue mi clítoris, grande y prominente, casi como un pequeño pene, lo que pareció encenderlo aún más. Se arrodilló frente a mí, sus manos abriendo mis muslos con una reverencia que me hizo estremecer. Su lengua comenzó a explorar, lenta, deliberada, lamiendo mi piel sensible con una dedicación que me arrancó un gemido.
Cuando encontró mi clítoris, lo succionó con suavidad al principio, luego con una intensidad que me hizo arquear la espalda. Me encantaba sentir cómo devoraba mi coño, cómo su lengua se movía sobre mi clítoris, alternando entre lamidas largas y succiones precisas que enviaban descargas de placer por todo mi cuerpo.
—Antonio… —gemí, mis manos aferrándose a su cabello plateado, empujándolo más cerca. Él gruñó contra mí, el sonido erizaba mi piel, y aceleró, su boca trabajando con una maestría que solo los años podían otorgar. Cada roce de su lengua me llevaba más al climax, mi cuerpo temblando al borde del abismo. Podría haberme corrido allí mismo, pero él se detuvo, levantándose con una sonrisa que prometía más.
—Te necesito ahora —gruñó, su voz cargada de urgencia. Yo tumbada con mis piernas abiertas y él encima mía, me penetró con una precisión que me arrancó un grito, sus embestidas profundas, rítmicas al principio, pero pronto más aceleradas, cada una golpeando un punto dentro de mí que me hacía arquear la espalda. Me aferré a él, mis uñas clavándose en su piel, mis gemidos convirtiéndose en súplicas.
—Antonio… más… ¡por favor!, no pares —rogué, mi voz quebrada por la desesperación. Él respondió, acelerando, su cuerpo moviéndose con una furia contenida que solo los años podían perfeccionar. El mundo se desvaneció; solo existíamos él y yo, el roce de nuestros cuerpos, el calor de nuestra piel. Sentí el clímax creciendo, una marea imparable en mi interior. Cuando su cuerpo se tensó, cuando supe que estaba a punto de derramarse, me apreté contra él, mis piernas envolviéndolo, mi respiración convertida en jadeos desesperados.
Cuando se vació en mí, caliente, abundante, fue como si un relámpago me atravesara.
Mi cuerpo explotó en un orgasmo devastador, una ola de fuego que me consumió desde el núcleo hasta la piel. Grité, mis uñas clavándose en su espalda, mis piernas temblando mientras el placer me desgarraba, cegándome con destellos de luz detrás de mis párpados. Cada pulso de su liberación alimentaba la mía, un éxtasis tan intenso que sentí mi alma fracturarse. Pero no estaba satisfecha. Mi deseo era insaciable.
Aún con su polla dentro de mí, caliente y palpitante, Antonio me miró con una chispa de desafío en los ojos. Con un movimiento fluido, se dio la vuelta, quedando él recostado en el sofá, conmigo encima. Me erguí, mis manos apoyadas en su pecho, sintiendo su vello plateado bajo mis palmas. Mis piernas apretando sus caderas comencé a cabalgarlo, lenta al principio, dejando que cada movimiento me llenara, que su grosor rozara cada rincón de mi interior. Mis caderas encontraron un ritmo, acelerando, mis pechos temblando con cada embestida, mis gemidos convirtiéndose en alaridos de puro deseo. Antonio me miraba, sus manos apretando mis muslos, sus gruñidos resonando como un eco de mi propia pasión.
—Nina… no pares… —jadeó, su voz rota por el placer. Y no paré. Cabalgué con furia, mi cuerpo moviéndose como poseído, mi clítoris rozando contra su pelvis con cada movimiento, enviando descargas eléctricas que me acercaban al borde otra vez. Sentí su polla endurecerse aún más dentro de mí, y supe que él también estaba al límite. Cuando su cuerpo se tensó de nuevo, cuando sentí otro torrente caliente derramándose en mí, mi segundo orgasmo me golpeó como un tsunami. Grité su nombre profiriendo guarradas, mi cuerpo convulsionando, mis muslos temblando mientras me arqueaba hacia atrás, el placer tan abrumador que casi me desmayo. Mi coño se contrajo alrededor de él, exprimiendo cada gota, mientras oleadas de éxtasis me recorrían, dejándome sin aliento, temblando, con la piel ardiendo y el corazón desbocado. Antonio gruñó, su propio orgasmo sacudiéndolo bajo mí, sus manos apretándome con fuerza, como si temiera que me desvaneciera.
Nos derrumbamos, jadeantes, sudorosos, nuestros cuerpos aún entrelazados, mi piel pegada a la suya. Sus manos acariciaban mi cabello, y yo, aún temblando, sonreí, sabiendo que mi hambre no se saciaría con una sola noche.
Nos derrumbamos, jadeantes, sudorosos, nuestros cuerpos aún entrelazados, mi piel pegada a la suya. El aire estaba cargado del aroma de nuestros cuerpos, del sexo, del deseo consumado. Antonio me acariciaba el cabello, su respiración aún entrecortada, cuando levantó la mirada y me dijo con una voz suave pero cargada de nostalgia:
—Nina, quiero que conozcas parte de mi vida. —Sus ojos brillaron con una mezcla de melancolía y excitación—. Quiero que veas cómo follábamos mi esposa y yo.
Me incorporé ligeramente, aún sobre él, intrigada. Me llevó a una pequeña mesa junto al sofá, donde sacó un viejo álbum de fotos y un par de cintas VHS que parecían cuidadosamente guardadas. Mientras hojeábamos las fotos, me mostró imágenes de él y su esposa, Clara, una mujer de belleza madura con una sonrisa traviesa. Luego, con un brillo en los ojos, puso una de las cintas en un reproductor antiguo que aún conservaba. La pantalla cobró vida con imágenes granuladas, pero claras: Clara, desnuda, entregada al placer con otro hombre, mientras Antonio observaba desde un rincón, su rostro encendido por un morbo evidente.
—También quiero que veas cómo me daba mucho morbo ver cómo ella se corría con otros hombres —confesó, su voz baja, casi un susurro—. Verla temblar, gritar, perderse en el placer… era como si su éxtasis alimentara el mío.
Las imágenes eran crudas, intensas. Clara se retorcía, sus gemidos llenando la habitación, mientras el hombre la llevaba al clímax una y otra vez. Antonio, en la cinta, se tocaba lentamente, sus ojos fijos en ella, devorando cada movimiento. Sentí un nuevo calor creciendo en mí al verlo, al imaginarme en el lugar de Clara, con Antonio observándome mientras otro me llevaba al límite. La idea me encendió de nuevo, y mis dedos rozaron su pecho, buscando reavivar el fuego que aún latía entre nosotros.
—Quizás algún día me dejes mostrarte eso en persona —dije, mi voz cargada de desafío, mientras mis labios buscaban los suyos otra vez. Pero antes de que el beso se profundizara, me detuve, mirándolo a los ojos con una curiosidad que no podía contener.
—Antonio, hay un detalle que quiero saber sobre ti —dije, mi voz suave pero firme—. Si tu esposa falleció, ¿con quién has estado follando? Porque conmigo… ha sido la primera vez, ¿verdad?
Él sonrió, una mezcla de melancolía y picardía en su rostro. Se recostó ligeramente, su mano aún acariciando mi cintura, y respondió con una calma que escondía un mundo de historias.
—Clara se fue hace cinco años, Nina. Desde entonces, he estado solo… en su mayoría. No he buscado amantes, no como antes. A veces, me he perdido en recuerdos, en estas cintas, en la memoria de lo que éramos. Pero contigo… —sus ojos se clavaron en los míos, encendidos de nuevo—. Contigo ha sido como despertar de un largo sueño.
Eres la primera en mucho tiempo, y has encendido algo en mí que creía apagado.
—Antonio —dije, mi voz baja, casi un susurro, mientras me acurrucaba contra él—, me has dado una noche que no olvidaré.
Sus palabras me envolvieron, avivando mi deseo una vez más. Pero mi mente ya estaba en otro lugar, en la promesa de lo que vendría. Elena.
Pronto buscaría a Elena, la mujer de 61 años que conocí en una galería de arte, con sus manos suaves y su risa que prometía saber exactamente cómo hacerme arder. Hombres o mujeres, no importa. Lo que quiero es su experiencia, su intensidad, esa entrega que me lleva al límite. Y cada vez que se derraman en mí, mi cuerpo responde, mi placer se dispara, como si su esencia fuera el combustible de mi fuego.
Pero esa sería otra historia!.
por: © Mary Love

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