La velada en casa de Laura y Daniel había sido un placer desde el principio. La cena, con sus sabores caseros y un vino tinto que calentaba los sentidos, dio paso a una conversación fluida sobre viajes, libros y gustos personales. Reíamos con facilidad, y la conexión entre nosotros tres era casi tangible. Laura, con su cabello largo castaño cayendo en ondas suaves, tenía una calidez que me hacía sentir en casa, mientras Daniel un hombre corpulento, fuerte y con tatuajes en sus brazos, con su mirada profunda y una sonrisa confiada, aportaba un toque de picardía que mantenía la charla vibrante.
Tras la cena, nos trasladamos al salón. Laura y yo nos acomodamos en un sofá mullido, nuestras piernas rozándose ligeramente por la cercanía. Daniel, frente a nosotras, se sentó en un sillón de piel orejero, sosteniendo su copa de vino con una calma que contrastaba con el brillo hambriento en sus ojos. La luz tenue de una lámpara de pie envolvía la habitación en un ambiente íntimo, como si el mundo exterior se hubiera desvanecido.
La conversación, hasta entonces ligera, tomó un giro más personal e íntimo cuando Laura, con una sonrisa traviesa, me miró directamente y preguntó:
—¿Y tú, Clara, qué disfrutas en la intimidad? ¿Cómo te gusta que te hagan el amor?
Me quedé paralizada por un instante, la copa de vino suspendida cerca de mis labios. La pregunta era directa, pero había algo en su tono, en la forma en que ambos me observaban, que me invitaba a soltarme. El vino, la calidez del momento y la confianza que ya existía entre nosotros me empujaron a responder con sinceridad.—Me gusta cuando hay conexión —dije, sintiendo un calor subir a mis mejillas—.
Que sea lento al principio, con caricias, besos que exploran… Que todo fluya con intensidad, pero sin prisas.
Laura esbozo una sonrisa, inclinándose más hacia mí, su rodilla rozando la mía con una intención que aceleró mi pulso.
—¿Y lo haces a menudo? —preguntó, su voz con intención, casi un susurro que vibraba en el aire.
Miré de reojo a Daniel, que me miraba desde el sillón con una intensidad que hizo que mi cuerpo se estremeciera. Había una química en el ambiente, una corriente que me envolvía. Decidí ser honesta, como si la noche me hubiera despojado de cualquier filtro.
—No tanto como me gustaría —admití, con una risa nerviosa—. Vivo sola, y entre el trabajo y todo lo demás… mis noches suelen ser bastante tranquilas.
Daniel se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, su mirada fija en mí, cargada de un deseo apenas contenido. Su voz, grave y provocadora, rompió el silencio:
—Qué desperdicio, Clara. Alguien como tú debería tener noches mucho más… interesantes. —Hizo una pausa, y luego, con una sonrisa audaz, añadió—: Dime, ¿y cómo te gusta el miembro viril del hombre? ¿Grande, mediano, pequeño?
El aire se espesó, cargado de una tensión que me hizo estremecer. Mi corazón latía con fuerza, y un calor repentino recorrió mi cuerpo. La pregunta era tan directa que me dejó sin aliento, pero la forma en que Daniel la formuló, con esa mezcla de curiosidad y desafío, me hizo sonreír. Laura, a mi lado, soltó una risa suave, su mano deslizándose hasta mi brazo, su tacto cálido y deliberado.—Vaya pregunta —respondí, intentando mantener la compostura, aunque mi voz tembló ligeramente—. Supongo que… no es tanto el tamaño, sino cómo se usa. Prefiero que haya pasión, que se sienta la intención. Pero si debo elegir, diría que mediano, bien manejado, es más que suficiente. —Hice una pausa, sintiendo sus miradas clavadas en mí, y añadí con una chispa de audacia—: Además, el coño de una mujer tiene la capacidad de adaptarse a cualquier tamaño… siempre que sea estimulado con maestría por el hombre. A mí me han follado chicos, que a unos les media 25 centímetros, otros la tenían de 15, 17 o 20 centímetros, y con el último que folle, hace unos unos cuatro meses, fue un primo de mi madre que la tiene chiquita, como le medía 12 centímetros, de un grosor proporcionado a su tamaño, y tengo que decir que sabía usarla muy bien, tanto por el coño como por mi culito, que por cierto, me corrí dos veces.
—Y cuando te apetece hacer sexo, ¿que haces? —preguntó Daniel con voz directa.
Ella le dijo: —Daniel, las mujeres tenemos recursos—.
Daniel soltó una risa baja, casi un gruñido, sus ojos brillando con una mezcla de sorpresa y deseo.
—Vaya, Clara, eso sí que es sinceridad —dijo, su voz cargada de admiración. Se levantó del sillón y se acercó al sofá, sentándose a mi otro lado. Ahora estaba entre ellos, atrapada en una cercanía que me hacía sentir expuesta y, al mismo tiempo, intensamente deseada.
Laura, aún más cerca, deslizó sus dedos por mi brazo hasta mi mejilla, girando mi rostro hacia ella.
—Clara, eres absolutamente fascinante —susurró, sus labios tan cerca que podía sentir su aliento cálido—. Nosotros practicamos el poliamor, ¿sabes? Nos gusta compartir momentos íntimos especiales con otras personas… y a los dos nos encantaría follarte esta noche.
Mi corazón dio un vuelco, el calor en mi cuerpo intensificándose hasta casi quemarme. Antes de que pudiera responder, Laura continuó, su voz grave, cargada de deseo:
—Me pone muy cachonda y hace que tenga orgasmos volcánicos ver a Daniel follar a otra mujer, que se corra con la misma polla que me folla a mí el resto de los días.
La confesión me dejó sin aliento. La habitación parecía haberse reducido a nosotros tres, el aire cargado de una tensión deliciosa que vibraba entre nosotros. Daniel, con una mano ya en mi rodilla, añadió en un tono bajo y firme:
—Y a mí me encanta ver a Laura disfrutar, saber que está sintiendo placer mientras compartimos esto contigo.
¿Qué dices, Clara? ¿Te gustaría ser parte de esto?
Mi mente daba vueltas, pero mi cuerpo ya había decidido. Asentí, mi voz apenas un murmullo, temblando de anticipación: —Quiero… seguir.
Laura y Daniel intercambiaron una mirada cómplice, sus rostros iluminados por una mezcla de deseo y entusiasmo. Sin decir una palabra, Laura se puso de pie, extendiendo una mano hacia mí. Daniel hizo lo mismo, y juntos me guiaron hacia el centro del salón. Laura se agachó y desplegó una esterilla mullida sobre el suelo, suave al tacto, como si estuviera preparada para momentos como este.
Con una sincronía que hablaba de su experiencia, comenzaron a desnudarse. Laura dejó caer su vestido, revelando unas curvas que parecían esculpidas bajo la luz tenue, su piel brillando con una sensualidad natural, sus pechos firmes y sus pezones ya endurecidos por la anticipación. Daniel se quitó la camisa y los pantalones, quedándose con sus calzoncillos ajustados que dejaban ver la silueta de su polla dura y erecta, una visión que hizo que mi respiración se acelerara. Luego, se acercaron a mí. Laura, con dedos delicados, desabrochó mi vestido, dejándolo deslizarse hasta el suelo, mientras Daniel recorría mi espalda con sus manos, despojándome de la ropa interior con una lentitud que me hacía temblar dejando mi coño expuesto. Mi piel se erizó bajo sus tocamientos, mis pezones endureciéndose al contacto con el aire y la expectativa.
Desnudos los tres, salvo por los calzoncillos de Daniel, nos arrodillamos sobre la esterilla, Daniel me tumbó boca arriba en la esterilla, Laura sentada a mi lado rozando mis caderas, el ambiente cargado de una sensualidad que se palpaba.
Laura se acercó primero, sus labios encontrando los míos con un ardor que me robó el aliento. Su beso era apasionado, lento pero cargado de deseo, su lengua húmeda de saliva explorando la mía con una intensidad que me hacía gemir suavemente. Daniel se unió, inclinándose para darme su lengua también, su boca más firme, más exigente, pero igualmente llena de pasión. Durante un buen rato, nos entregamos a esos besos, alternando entre los dos, sus labios cálidos y húmedos explorando mi boca con una mezcla de suavidad y urgencia.
Laura se apartó de mi boca, dejando que Daniel continuara besándome, su lengua danzando con la mía, sus dientes mordisqueando mi labio inferior con un hambre contenida. Mientras tanto, Laura bajó su atención a mi pecho, sus labios cálidos envolviendo uno de mis pezones, lamiéndolo con una suavidad que pronto se volvió más intensa. Su lengua trazaba círculos alrededor de la areola, succionando con delicadeza, mientras su otra mano masajeaba mi otro pecho, pellizcando ligeramente el pezón hasta hacerme arquear la espalda. Gemía sin control, mi cuerpo retorciéndose de placer bajo sus atenciones, cada lamida y cada roce enviando oleadas de calor a mi entrepierna.
Laura, sin prisa, descendió lentamente, dejando un rastro de besos húmedos por mi abdomen. Cuando llegó a mi coño, sus manos abrieron mis muslos con suavidad pero con firmeza, exponiendo mi intimidad. Con dedos delicados, separó mis labios vaginales, revelando mi humedad, y su lengua comenzó a explorar mi raja, lamiendo desde la base hasta mi clítoris con una lentitud tortuosa. Gemí más fuerte, mis manos aferrándose a la esterilla, mientras Daniel seguía besándome, sus manos ahora en mi cabello, guiando mis labios contra los suyos. Laura lamía mis labios vaginales, succionándolos suavemente, antes de centrar su atención en mi clítoris, su lengua moviéndose en círculos precisos, alternando entre lamidas rápidas y succiones suaves que me hacían temblar.
El placer crecía en oleadas, mi cuerpo respondiendo a cada caricia, a cada roce de sus lenguas. Laura, con maestría, intensificó sus movimientos, su lengua presionando mi clítoris mientras uno de sus dedos se deslizaba dentro de mí, explorando mi interior con una precisión que me llevó al borde. Mis gemidos se convirtieron en jadeos, mi cuerpo temblando incontrolablemente mientras el orgasmo se acercaba. Daniel, al sentir mi agitación, apartó sus labios de mi boca para mirarme, sus ojos encendidos de deseo mientras veía mi placer desbordarse.
El clímax llegó como una explosión, mi cuerpo temblando desde los dedos de los pies hasta la cabeza, un grito ahogado escapando de mi garganta mientras Laura seguía lamiendo, prolongando las oleadas de placer que sacudían cada centímetro de mí. Me arqueé contra la esterilla, mis manos buscando algo a lo que aferrarse, mi respiración entrecortada mientras el orgasmo me consumía.
Laura levantó la mirada, sus labios brillando con mi humedad, una sonrisa satisfecha en su rostro. Daniel, aún con sus calzoncillos puestos, su polla dura y erecta marcándose claramente bajo la tela, me miraba con una intensidad que prometía más. Laura, con una chispa de deseo en los ojos, se acercó a él y, con un movimiento lento y deliberado, le quitó los calzoncillos, liberando su polla de casi 30 centímetros, gruesa y palpitante, que se alzó ante nosotras como una promesa.—Ahora es tu turno, cariño —dijo Laura, su voz ronca por el deseo, mirando a Daniel con una mezcla de desafío y lujuria—. Métela dentro y fóllala, que yo lo vea.
Puse mis piernas hacia atrás como una contorsionistas pues tengo hiperlaxidad, estirándolas hacia atrás hasta mi cabeza, dejando mi coño completamente abierto y expuesto, vulnerable bajo la luz tenue. La esterilla mullida amortiguaba mi cuerpo, pero la sensación de estar tan expuesta me hacía temblar de anticipación. Daniel, con una mirada ardiente, se puso en cuclillas frente a mí, su polla erecta apuntando directamente hacia mi entrada. Con una mano, tomó un poco de mi propia humedad, lubricando mi coño y la punta de su miembro, asegurándose de que estuviera listo para recibirlo.
Lentamente, comenzó a penetrarme, la cabeza de su polla descomunal abriéndose paso con cuidado, mi coño dilatándose para adaptarse a su grosor. Gemí, un sonido gutural que escapó de mi garganta mientras sentía cómo me llenaba, centímetro a centímetro, mi cuerpo ajustándose a su tamaño con una mezcla de placer y desafío. Laura, sosteniendo mis piernas con firmeza, mantenía mi pelvis en posición, controlando cada movimiento mientras sus ojos se deleitaban con la escena, sus propios gemidos suaves resonando en el aire.
Daniel empujó más profundo, sus movimientos lentos pero firmes, cada embestida enviando oleadas de placer a través de mi cuerpo. La tensión sexual en la habitación era insoportable, el aire cargado con el sonido de mis jadeos, los gemidos de Laura y el ritmo constante de los movimientos de Daniel.—¡Joder, qué polla tan grande! —grité, mi voz quebrada por el placer mientras él aceleraba, follándome con una intensidad que me hacía perder el control—. ¡Fóllame más duro, cabrón, métemela toda!
Mis palabras, crudas y desinhibidas, parecieron encenderlo aún más. Daniel gruñó, sus caderas moviéndose con más fuerza, cada embestida golpeando profundamente dentro de mí, mi coño apretándose alrededor de su grosor. Laura masturbaba mi clítoris por encima del monte de venus mientras Daniel me tenía clavada a su polla, con los ojos brillando de lujuria, gemía mientras me sostenía, su respiración entrecortada mientras observaba cómo Daniel me tomaba.—¡Sí, joder, así! —jadeé, mi cuerpo temblando bajo la intensidad, mis insultos saliendo sin filtro—. ¡Dame más, maldito, haz que me corra con esa polla!
El placer se acumulaba, insoportable, mi cuerpo al borde del colapso. De repente, sentí a Laura moviéndose con rapidez. Antes de que pudiera procesarlo, su lengua encontró mi clítoris, grande y grueso por la excitación, y comenzó a lamerlo con una ferocidad que me arrancó un grito. Cada lamida era una explosión de sensaciones, su lengua girando y succionando mientras Daniel seguía follándome, su polla llenándome por completo.—¡Mierda, Laura, me vas a matar! —grité, mi voz rota mientras el orgasmo estallaba dentro de mí, una ola devastadora que hizo temblar todo mi cuerpo. Mi coño se contrajo alrededor de la polla de Daniel, mis fluidos desbordándose, mojándolos a ambos mientras Laura seguía lamiendo, prolongando el clímax hasta que pensé que no podría soportarlo más. Al mismo tiempo, noté cómo la polla de Daniel parecía hincharse aún más, su grosor aumentando mientras su cuerpo temblaba, su respiración entrecortada. Con un gruñido profundo, su orgasmo estalló, su leche caliente desbordándose dentro de mí, derramándose por mis pliegues y mezclándose con mi propia humedad mientras mi cuerpo seguía convulsionando.
Mis gritos de placer resonaban en la habitación, pero no estaba lista para detenerme. Con un impulso de pura lujuria, empujé a Daniel hacia atrás, su polla aún palpitante deslizándose fuera de mí. Laura, aún arrodillada cerca de mi cabeza, me miró con los ojos encendidos de deseo. Sin pensarlo, me giré rápidamente, posicionando mi coño empapado y goteante sobre su rostro, mis muslos a ambos lados de su cabeza.—¡Lámeme, joder! —le ordené, mi voz cargada de una urgencia salvaje mientras sentía su lengua hundirse de inmediato en mi coño, lamiendo la mezcla de mi corrida y la leche de Daniel que aún goteaba de mí. Al mismo tiempo, me incliné hacia adelante, mi boca encontrando la polla de Daniel, aún húmeda y brillante por nuestros fluidos. La lamí con avidez, saboreando su semen, chupando cada gota mientras mi lengua recorría su longitud, mi cuerpo temblando de placer.
El placer era abrumador, y mientras Laura lamía mi coño con una intensidad frenética, sentí otro orgasmo creciendo, más intenso que el anterior. Mis gemidos se convirtieron en gritos, mi cuerpo convulsionando mientras un chorro cálido escapaba de mí, orinándome en la cara de Laura en un momento de puro éxtasis. Sus gemidos vibraron contra mi coño, intensificando mi clímax, mientras los gritos de placer de los tres hacían temblar las paredes de la habitación.
Laura, con el rostro empapado, levantó la mirada, una sonrisa de pura satisfacción en sus labios mientras lamía los restos de mi placer. Daniel, jadeando, me miraba con una mezcla de asombro y deseo, su pecho subiendo y bajando mientras recuperaba el aliento.
La noche nos llevó a su habitación, donde la luz de la luna se filtraba por las cortinas, iluminando nuestros cuerpos entrelazados. Laura no mentía: su placer al verme con Daniel era evidente, sus gemidos mezclándose con los míos mientras él me llevaba al borde una y otra vez. Fue una entrega total, un torbellino de sensaciones donde el placer se mezclaba con la conexión que habíamos construido.
Cuando finalmente nos desplomamos, exhaustos y satisfechos, me encontré entre ellos, mi cuerpo aún vibrando. Laura acariciaba mi cabello con suavidad, sus dedos deslizándose entre mis mechones mientras Daniel trazaba círculos perezosos en mi espalda, su tacto cálido y reconfortante. La habitación estaba en calma, pero el aire aún estaba cargado con los ecos de nuestra pasión. Laura, con una voz suave pero cargada de una mezcla de satisfacción y orgullo, rompió el silencio:—¿Ves, Clara? El poliamor limpio y desinteresado une a las parejas, les da estabilidad y no permite que entren en una rutina. —Hizo una pausa, sus dedos deteniéndose un momento en mi cabello antes de continuar, su voz bajando a un tono más íntimo y provocador—. Los próximos días, cuando Daniel me meta su polla, mis corridas serán descomunales, solo de pensar que esa polla te hizo gozar… pero es mía.
Sus palabras, cargadas de una posesividad sensual, me hicieron sonreír, un calor suave recorriendo mi cuerpo agotado. Daniel soltó una risa baja, su mano deteniéndose en mi espalda mientras apretaba ligeramente, como sellando el momento. Nadie dijo nada más, pero no hacía falta. La conexión que habíamos creado hablaba por sí sola.
Esa noche, en su casa, descubrí una parte de mí que no sabía que existía. Y mientras me dormía entre sus brazos, supe que, aunque fuera solo por una noche, había encontrado algo inolvidable.
por: © Mary Love

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