Soy Nina, y el recuerdo de mi encuentro con Antonio aún me quema las entrañas, un incendio de deseo que me dejó insaciable, mi cuerpo vibrando con una necesidad cruda y voraz. Los días pasaron como un espejismo, pero mi piel no dejaba de gritar por más.
Recordé a Elena, la mujer de 61 años que conocí en una galería de arte, con su mirada que desnudaba hasta el alma y su risa que prometía secretos oscuros. Su número ardía en mi teléfono, y una urgencia animal, casi desesperada, me empujó a llamarla. Su voz al otro lado era un veneno dulce, cálida y magnética, y cuando me invitó a su casa el sábado por la noche para una cena, acepté con un calor húmedo y palpitante entre las piernas, sabiendo que esta noche sería un descenso al abismo del placer.
El sábado llegó, y la noche era un manto espeso, cargado de lujuria contenida. Me vestí para provocar: un vestido negro tan ceñido que era casi una segunda piel, abrazando cada curva, el escote profundo insinuando mis tetas, la tela rozando mis muslos como una caricia prohibida. Cuando llegué al pequeño bungalow de Elena en un barrio residencial silencioso, mi pulso era un tambor de guerra, mi coño ya empapado solo de imaginarla. Toqué el timbre, y la puerta se abrió con un chasquido que resonó como un disparo.
Allí estaba Elena, y el mundo se incendió. Llevaba un vestido informal transparente, una tela tan fina que era puro desafío, pegada a su cuerpo como una caricia obscena. Bajo la luz tenue, sus pechos firmes, con pezones duros como piedras, y su figura esculpida por años de gimnasio se exhibían sin pudor: caderas marcadas, muslos tensos, un coño apenas cubierto que me hizo tragar saliva. Sus ojos eran brasas, quemándome con una mezcla de desafío y deseo, y su sonrisa ladeada era una invitación a perderme en ella.
—Nina, qué alegría verte —dijo, su voz un ronroneo que me lamió la piel. Me tomó de la mano, sus dedos cálidos y seguros, y me arrastró al interior. El bungalow era un nido de calor, un contraste con la noche fría. En el comedor, una mesa estaba preparada con velas que parpadeaban como ojos cómplices, una botella de vino tinto y platos que exhalaban un aroma pecaminoso a hierbas y especias. La cena era una seducción en sí misma, pero yo solo podía pensar en arrancarle ese vestido y devorarla.
Nos sentamos tan cerca que su calor me quemaba, sus muslos rozando los míos bajo la mesa, enviando descargas a mi clítoris. Elena alzó su copa, y brindamos, el cristal chocando como un pacto sellado en deseo. Hablamos de arte, de la galería, de banalidades, pero las palabras eran un velo fino sobre la tensión que crepitaba entre nosotras. Su vestido transparente se deslizaba con cada gesto, dejando ver sus tetas, los pezones erectos burlándose de mí, y mi coño palpitaba, empapado, traicionándome con cada mirada que le robaba.
La cena fue un tormento delicioso: un risotto cremoso que se deshacía en la boca, seguido de un postre de mousse de chocolate, tan denso y pecaminoso que cada cucharada era una provocación. Cuando terminamos el postre, el deseo me consumió como una llama. Me acerqué a Elena, mis ojos clavados en los suyos, y mis manos se lanzaron a sus tetas, apretándolas a través de la tela transparente, sintiendo su peso, su calor, los pezones duros bajo mis palmas. Ella jadeó, un sonido que me encendió aún más. Me incliné y la besé con ferocidad, mi lengua irrumpiendo en su boca, enredándose con la suya en un baile húmedo y desesperado que sabía a chocolate, vino y pura lujuria. Nuestras lenguas se devoraban, mis manos amasando sus pechos, pellizcando sus pezones hasta que ella gimió contra mi boca.
El beso fue una chispa en un polvorín. Elena me miró, sus ojos llameando con un hambre que me hizo temblar, y tomó mi mano con una fuerza que no admitía resistencia. —Ven —susurró, su voz ronca, y me arrastró por el pasillo hasta su dormitorio. La puerta se abrió a un santuario de vicio: una cama cubierta de sábanas de satén negro, pétalos de rosa esparcidos como ofrendas, velas aromáticas que llenaban el aire de jazmín y deseo. En una mesita, una botella de aceite de masaje, un frasco de lubricante y un vibrador pequeño descansaban junto a un arnés con un dildo realista, grueso y venoso, que prometía devastarme. Elena había planeado todo, y esa certeza me mojó aún más.
Se arrancó el vestido con un movimiento salvaje, quedando desnuda, su cuerpo una escultura viva: pechos llenos, caderas marcadas, un coño depilado que brillaba bajo la luz de las velas. Me quité el vestido con manos temblorosas, mi piel ardiendo, y caí sobre la cama, los pétalos pegándose a mi espalda. Elena se abalanzó sobre mí, sus labios devorando mi cuello, mis tetas, chupando mis pezones hasta que grité. Separó mis muslos con una urgencia brutal, y su boca encontró mi coño, su lengua lamiendo mi clítoris con una precisión que me hizo arquear la espalda. Chupó, succionó, su lengua danzando en círculos rápidos mientras sus dedos se hundían en mí, tres de ellos, follándome con un ritmo implacable. Me retorcí, mis manos aferrando las sábanas, mis caderas empujando contra su cara mientras ella me devoraba, su lengua implacable, llevándome al borde. El orgasmo me golpeó como un rayo, un estallido que me hizo gritar su nombre, mi coño palpitando contra su boca, mis jugos empapándola mientras mi cuerpo convulsionaba en oleadas de placer.
No me dejó descansar. La empujé contra la cama, mis instintos encendidos, y me lancé sobre ella como una fiera. Mis manos apretaron sus tetas, mi boca mordiendo sus pezones, arrancándole gemidos que resonaban en mi piel. Bajé por su abdomen, mi lengua trazando un camino hasta su coño, empapado, abierto, rogando por mí. Lamí con avidez, saboreando su sabor salado y dulce, mi lengua trabajando su clítoris en círculos rápidos mientras mis dedos se deslizaban dentro de ella, dos, luego tres, follándola con fuerza, curvándose para encontrar ese punto que la hacía temblar. Chupé su clítoris con una succión feroz, mis dedos moviéndose sin piedad, y Elena se deshizo, sus caderas empujando contra mi boca, sus manos aferrando mi cabello. Cuando se vació, fue un torrente, un chorro cálido que me empapó la boca y la barbilla, su coño contrayéndose alrededor de mis dedos mientras gritaba, su cuerpo estremeciéndose en un clímax que parecía no terminar.
Nos desplomamos, jadeando, enredadas en las sábanas arrugadas, los pétalos pegados a nuestra piel sudorosa, el aire espeso con el olor de sexo y jazmín. Pero Elena no había terminado conmigo. Tras unos minutos de respiración entrecortada, se levantó, su cuerpo brillando de sudor, y alcanzó el arnés de la mesita. Se lo puso con una lentitud deliberada, el dildo realista, grueso y venoso, balanceándose entre sus caderas como una amenaza deliciosa. Me miró con una sonrisa depredadora, vertiendo lubricante sobre el dildo y masajeándolo con movimientos que me hicieron gemir de anticipación.
—Ponte a cuatro —ordenó, su voz un gruñido bajo que me encendió de nuevo. Obedecí, mis rodillas hundiéndose en el satén, mi culo en el aire, mi coño expuesto y palpitante. Elena se colocó detrás de mí, sus manos acariciando mis nalgas antes de darme un azote firme que me hizo jadear. Deslizó la punta del dildo contra mi coño, burlándose, antes de empujarlo dentro de mí con un movimiento lento pero implacable. Grité, el grosor llenándome, estirándome, mientras ella empezaba a follarme, sus caderas golpeando contra mis nalgas con un ritmo que me hacía perder la cabeza. Sus manos agarraron mis caderas, tirando de mí hacia ella, cada embestida más profunda, más dura, el dildo rozando cada nervio dentro de mí. Mi coño se contraía alrededor de él, empapado, mientras ella me follaba sin piedad, sus gemidos mezclándose con los míos.
—Quiero más de ti —susurró, y antes de que pudiera responder, sentí sus dedos, cubiertos de lubricante, rozando mi culo. Uno se deslizó dentro, luego dos, preparándome mientras el dildo seguía follándome el coño. Sacó el dildo con un movimiento húmedo, y lo alineó con mi culo, empujando lentamente. El estiramiento fue intenso, un ardor que se mezcló con el placer mientras me llenaba por completo, centímetro a centímetro. Grité, mis manos aferrando las sábanas, mientras ella empezaba a moverse, me follaba el culo con embestidas lentas al principio, luego más rápidas, más profundas. Sus manos encontraron mi clítoris, frotándolo con círculos rápidos, y el placer me arrancó un orgasmo brutal, mi cuerpo temblando, mi coño y mi culo contrayéndose mientras gritaba, perdida en una marea de éxtasis.
Nos desplomamos, exhaustas, sudorosas, mi cuerpo temblando de la intensidad. Pero Elena, con un brillo travieso en los ojos, no estaba lista para terminar. Se inclinó hacia mí, su aliento cálido contra mi oído, y susurró: —Tengo una sorpresa, ¿te apetece?
Me reí, mi voz ronca, mi cuerpo aún vibrando. —La noche acaba de empezar —respondí, desafiante.
Elena sonrió, cogió su teléfono y marcó un número. Habló en voz baja, un murmullo conspirador, y colgó. Cinco minutos después, el timbre de la puerta sonó. Cubriéndose los pechos con el vestido, dejando entrever su cuerpo, y fue a abrir. Regresó al dormitorio acompañada de un hombre: un vecino viudo de 62 años, alto, con el pelo y barba blanca y un cuerpo que conservaba un aspecto varonil interesante. Sus ojos se oscurecieron al vernos, desnudas, enredadas en las sábanas. Elena me presentó con una sonrisa cómplice: —Este es Marcos, mi… amigo especial, ya sabes.
Marcos no perdió tiempo. Se quitó los pantalones, revelando un cuerpo firme y exponiendo su polla que comenzaba a erguirse, bien formada y de un tamaño interesante, lista para la acción. Elena aparto el vestido que cubría sus tetas y se unió a mí en la cama, sus manos acariciando mi cuerpo mientras Marcos se acercaba. Me besó con deseo saboreando mi lengua, sus manos agarraban mis tetas y pellizcaba mis pezones, mientras Marcos se posicionaba detrás de ella. La penetró con un movimiento firme, haciéndola gemir contra mi boca, su coño empapado recibiendo cada embestida. Pero Marcos no se conformó con ella. Me miró, sus ojos brillando de deseo, y Elena asintió, invitándolo a unirse a nosotras por completo.
Me puse a cuatro, mi cuerpo aún sensible, y Marcos se colocó detrás de mí. Su polla rozó mi coño, empapado, antes de deslizarse dentro con una embestida profunda que me arrancó un grito. Me folló con fuerza, sus manos apretando mis caderas, mientras Elena se arrodillaba frente a mí, su coño a centímetros de mi cara. Lamí con avidez, mi lengua trabajando su clítoris mientras Marcos me embestía, cada golpe resonando en mi cuerpo. Elena gemía, sus manos en mi cabello, empujándome contra ella, y pronto se corrió de nuevo, su chorro empapándome la boca mientras yo temblaba bajo las embestidas de Marcos.
Entonces cambió de posición. Se acostó de espaldas, y Elena se montó sobre su cara, dejándolo lamerla mientras él me indicaba que me subiera sobre su polla, dura y como 23 centímetros de erección. Lo hice despacio para que mi coño se adaptará a su tamaño y grosor, cabalgándolo con furia, mi coño apretándolo mientras él le comía el coño a Elena. Sus gemidos y gritos llenaban la habitación, un coro de placer que nos empujaba al límite. Marcos me seguía follando con una intensidad que me hizo gritar, mis tetas rebotando, yo le gritaba insultándolo: —No pares cabrón, hasta que dio un grito gutural y se corría clavándome las unas en mis glúteos. Era una maravilla ver y sentir como se vaciaba dentro de mi coño con gruñidos y gemidos profundos, su calor llenándome mientras mi cuerpo se estremecía en un orgasmo que me dejó sin aliento.
Elena, con los ojos encendidos de lujuria, se acercó a mí. Abrió mis piernas con una suavidad deliberada, dejando mi coño y mi clítoris expuestos, aún palpitantes, con la corrida de Marcos goteando lentamente. Se inclinó, su lengua lamiendo mi clítoris con una avidez que me hizo jadear, saboreando la mezcla de mi humedad y la leche que había liberado por su polla. Cada lamida era una descarga eléctrica, intensificando el placer que aún me invadía, llevándome a un nuevo pico de éxtasis mientras ella chupaba y succionaba, su lengua danzando sobre el triángulo de mi coño y mi clítoris sensible, prolongando las olas de mi orgasmo hasta que grité, mi cuerpo temblando bajo su boca.
Nos desplomamos las dos en la cama exhaustas, enredadas, los pétalos pegados a nuestra piel sudorosa, el aire cargado de sexo. Elena me miró, su sonrisa traviesa intacta, y dijo: —Creo que el postre no fue lo mejor de la noche.
Reí, mi cuerpo aún palpitando, y supe que volvería a cruzar su puerta, una y otra vez.
por: © Mary Love

Comentarios
Publicar un comentario