Soy Kené, una atleta de Senegal, y el aire fresco de Ginebra me envolvía mientras competía en los campeonatos mundiales. Mis músculos aún vibraban por la adrenalina de la pista, pero esa noche, durante la cena con el equipo, algo más captó mi atención. Él estaba al otro lado del comedor, un desconocido con ojos oscuros y piel clara que me desnudaban con cada mirada. Cuando lo miré, deslizó la lengua por sus labios y me guiñó un ojo, un gesto que encendió un fuego en mi interior. Mi piel se erizó, y supe que esa noche sería distinta.
Terminamos de cenar, y mientras me dirigía al ascensor, lo sentí acercarse. Su presencia era magnética, su aroma masculino llenando el espacio. "¿Te apetece una copa, Kené?" Su voz, grave y con un acento que me estremeció, me atrapó. Acepté, mi cuerpo respondiendo antes que mi mente. "Te invito en mi habitación", añadió con una sonrisa cargada de promesas. No lo dudé. La atracción era demasiado intensa, como una corriente que me arrastraba hacia él.
En el ascensor, el silencio era eléctrico. Sus dedos rozaron los míos al pulsar el botón de su piso, y ese simple contacto envió una chispa por mi espalda. Al llegar a su habitación, cerró la puerta con un clic que resonó como un pacto tácito. La luz tenue de la lámpara iluminaba sus rasgos afilados, esa boca que me provocaba con cada palabra. Sirvió dos copas de vino tinto. "Por las noches que sorprenden", brindó, sus ojos fijos en los míos. Bebí, el sabor cálido del vino avivando el deseo que ya ardía en mí.
Me acerqué, incapaz de resistir. "¿Siempre invitas a desconocidas a tu habitación?" pregunté, mi voz más ronca de lo habitual. Él rió suavemente, dejando su copa y dando un paso hacia mí. "Solo a las que me miran como tú." Sus manos encontraron mi cintura, firmes, seguras, y las mías se enredaron en su cabello. Su boca chocó contra la mía, un beso hambriento, profundo, que sabía a vino y a urgencia. Mis dedos exploraron su pecho, sintiendo su calor a través de la camisa, mientras sus manos bajaban por mi espalda, encendiendo cada centímetro de mi piel.
Me alzó con facilidad, mis piernas rodeando su cintura mientras me llevaba a la cama. Cuando me tumbó sobre las sábanas, me desprendí del chándal con un movimiento rápido, dejando mi sexo expuesto ante él. Su mirada se oscureció, cargada de deseo, y yo, con una sonrisa provocadora, susurré: "¿Te gustan los bombones de chocolate?" No le di tiempo a responder. Su boca ya estaba sobre mí, lamiendo mi clítoris con una precisión que me arrancó un gemido. Sus labios chuparon la raja de mi sexo, explorando cada pliegue, mientras sus dedos trazaban el triángulo de mi piel, acariciando mis labios con una delicadeza que contrastaba con la intensidad de su lengua. Mi cuerpo se arqueó, entregado al placer que me consumía.
Entonces, subí las piernas, doblándolas hacia mi cabeza, abriéndome por completo ante él. Sus ojos brillaron con una mezcla de admiración y deseo. Se posicionó sobre mí y me penetró hábilmente, con una dulzura que me hizo suspirar. Durante unos minutos, su pene entraba y salía, rozando ese punto sensible en mi interior que me hacía temblar. El placer creció como una marea, y pronto me corrí como una gata, gritando, gimiendo y jadeando, mi cuerpo convulsionando bajo el suyo mientras él seguía, acompasando su ritmo a mis espasmos.
Aún saboreando las réplicas de mi primer orgasmo, lo miré con los ojos encendidos y le dije, mi voz cargada de deseo: "Quiero más. Deja que te cabalgue, que penetre tu polla en mi coño como una estaca, mis tetas a tu alcance, y que me corra otra vez y tú te vacíes dentro de mí. Quiero sentir tu corrida caliente en mi coño." Sus ojos se abrieron con un destello de sorpresa y lujuria. Se tumbó en la cama, y yo me subí sobre él, montándolo con una urgencia que apenas podía controlar. Su miembro se hundió en mí, duro, profundo, como una estaca que me llenaba por completo. Mis caderas se movían con un ritmo salvaje, mis pechos balanceándose a su alcance. Sus manos los atraparon, apretándolos, mientras sus dedos jugaban con mis pezones, intensificando cada sensación.
El placer volvió a crecer, imparable, y pronto me corrí de nuevo, mi cuerpo temblando mientras gemía sin contención, mi sexo apretándolo con cada espasmo. Él, perdido en su propio éxtasis, se vació dentro de mí, su corrida caliente llenándome mientras gruñía mi nombre. Colapsé sobre su pecho, ambos jadeando, nuestros cuerpos aún conectados, vibrando con la intensidad de lo que acabábamos de compartir.
Exhaustos después de ese polvazo, yacíamos enredados en las sábanas, mi piel aún vibrando por su toque. Lo miré, su piel blanca y suave brillando bajo la luz tenue, y con una sonrisa pícara confesé: "Sabes, siempre quise follar con una piel blanca y suave como la tuya. Cuando me miraste y me guiñaste el ojo en la cena, vi la oportunidad." Hice una pausa, mi voz bajando a un tono travieso. "Y que quede claro, he sido yo la que te ha follado." Él rió, sus ojos brillando con diversión, y entonces me confesó, su voz baja y sincera: "Eres la primera chica negra con la que he estado, Kené, y me ha encantado. Ha sido... increíble." Su admisión me hizo sonreír aún más.
Nos intercambiamos los teléfonos, nuestros dedos rozándose mientras anotábamos los números. Con una chispa de picardía, le dije: "Si algún día follas con otra negra, grábalo y me lo mandas."
Él soltó una carcajada, sorprendido pero claramente intrigado. Me incliné, le di un beso apasionado, lento, dejando que nuestras lenguas se enredaran una última vez. Luego, me puse el chándal, le lancé una última mirada cargada de complicidad y salí de su habitación, rumbo a la mía para dormir, con el cuerpo satisfecho y la memoria de esa noche ardiendo en mi piel.
por: © Mary Love

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