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Sexo con un doctor nuevo en la clínica

"Laura, una dentista frustrada en su matrimonio, encuentra una salida en la creciente atracción hacia Rodrigo, un nuevo doctor en la clínica dental. La tensión sexual entre ellos se intensifica, llevándolos a un encuentro apasionado que despierta deseos olvidados."

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Laura salía del vestuario de la clínica de cambiarse y ponerse su bata blanca, mientras caminaba por el pasillo de la clínica dental, su mente divagando con pensamientos que poco tenían que ver con el trabajo. Dos años de abstinencia sexual sin que su marido la tocará estaban dejando mella en su matrimonio, una frustración que ni siquiera sus juguetes sexuales podían aliviar por completo. Su marido, Carlos, había perdido todo interés en el sexo, y su impotencia había convertido su matrimonio en una fría rutina. Ella, en cambio, seguía siendo una mujer fogosa, con deseos, con ganas de ser follada y empotrada contra la pared, sentir el pene de ese hombre dentro de ella y vaciarse encima de el.

La llegada de Rodrigo a la clínica había sido como un soplo de aire fresco en su monótona vida. Alto, de hombros anchos y una sonrisa que desprendía confianza, el nuevo doctor irradiaba una masculinidad que Laura no podía ignorar. Sus ojos azules parecían ver más allá de su uniforme profesional, y su voz grave resonaba en su mente incluso cuando no estaba cerca. Desde el primer día, la atracción sexual entre ellos había sido evidente, un juego silencioso de miradas intensas y comentarios sugerentes que mantenían a Laura al borde de la excitación.

Esa mañana, mientras preparaba el consultorio para su primer paciente, Laura no podía evitar pensar en Rodrigo. Su presencia la alteraba de una manera que no experimentaba desde antes de casarse. Se miró en el espejo, ajustando su cabello rubio en un moño impecable, y se preguntó si él notaba cómo su cuerpo reaccionaba cada vez que estaba cerca. Sus pezones se endurecían bajo la bata, y un calor familiar se instalaba en su entrepierna, recordándole lo mucho que anhelaba el contacto de un hombre de verdad.

Rodrigo apareció en la puerta del consultorio, su bata blanca abierta lo suficiente para dejar ver la camiseta ajustada que llevaba debajo. Su aroma, una mezcla de colonia masculina y jabón, la envolvió al acercarse.

—¿Lista para el día? —preguntó Rodrigo, su voz ronca y seductora.

—Siempre —respondió Laura, tratando de mantener la compostura, aunque en su estomago había fuegos artificiales.

El flirteo entre ellos era constante, un baile de palabras y gestos que alimentaba la tensión sexual. Rodrigo no era sutil en su interés, y Laura, aunque casada, no podía evitar sentirse halagada. Sus comentarios sobre su sonrisa o la manera en que se movía eran como caricias que despertaban su deseo de sexo con un hombre, algo que hacía ya dos años había desaparecido de su vida.

Durante la pausa para el café, Laura se sentó en la sala de descanso, su taza temblando ligeramente en sus manos. Rodrigo entró, se sentó a su lado, demasiado cerca, y ella sintió su calor y como se humedecían sus bragas.

—¿Sabes, Laura? —empezó él, su voz baja y seductora—. Me encanta cómo te ríes. Es… contagioso.

Laura lo miró, desviando su mirada a su entrepierna.

—Gracias —murmuró, sintiendo cómo su cuerpo respondía a su proximidad.

Rodrigo se inclinó acercando su boca a su oído le susurró...notando ella su aliento en su cuello.

—¿Y sabes qué más me gusta? —que eres una mujer con deseos. Lo veo en tus ojos.

Laura contuvo la respiración, su corazón acelerándose. Sabía que estaba jugando con fuego, pero la tentación era demasiado grande.

—Rodrigo… —empezó, pero él la interrumpió con un dedo sobre sus labios.

—No digas nada —dijo él, su voz firme—. Solo déjame mostrarte lo que podrías tener.

Antes de que Laura pudiera responder, Rodrigo se levantó y se alejó, dejándola agitada por el deseo. Pasó el resto del día en un estado de excitación constante, cada mirada que intercambiaban era como una chispa que avivaba el fuego en su interior. Para calmar su furor tuvo que ir al baño, masturbarse para calmar su excitación.

Esa noche, en casa, Laura intentó distraerse con sus juguetes eróticos, pero no fue suficiente. Su vibrador favorito, aunque eficaz, no podía compararse con la idea de Rodrigo la estuviera follando. Se imaginó sus manos sobre su cuerpo, sus labios recorriendo su piel, y su miembro duro y viril penetrándola llenándola de una manera que ningún juguete podría lograr. Se tocó con desesperación, sus dedos deslizándose entre su coño acariciaba sus labios húmedos, endurecía su clitoris con el roce de sus dedos, pero incluso al alcanzar el orgasmo, su mente estaba en otro lugar, en ese hombre poseyéndola.

Al día siguiente, la tensión entre ellos había alcanzado un punto álgido. Durante una reunión del personal, Rodrigo se sentó a su lado, su muslo rozando el suyo de manera intencional. Laura sintió un escalofrío recorrer su cuerpo, y sus piernas se cerraron instintivamente, como si intentaran contener el deseo que la consumía.

Después de la reunión, Rodrigo la tomó del brazo y la llevó a un rincón apartado.

—Laura —dijo, su voz grave y urgente—. No puedo seguir así. Necesito saber si sientes lo mismo que yo.

Laura lo miró, sus ojos brillando con una mezcla de miedo y deseo.

—Rodrigo, no puede ser, esto está mal, soy una mujer casada —murmuró, aunque su cuerpo traicionaba sus palabras.

Él se acercó más, su aliento caliente en su oído.

—¿Mal? —susurró—. O tal vez es lo que ambos necesitamos.

Antes de que Laura pudiera responder, Rodrigo la besó. Fue un beso feroz, lleno de pasión y necesidad. Sus labios se movieron contra los suyos con urgencia, su lengua invadiendo su boca y reclamándola como suya. Laura se aferró a él, sus manos deslizándose por su espalda, sintiendo la firmeza de sus músculos bajo la tela.

El beso la deshizo, liberando años de frustración y anhelo. Se dejó llevar, su cuerpo respondiendo a Rodrigo con una intensidad que la sorprendió. Lo empujó contra la pared, sus labios buscando los suyos una y otra vez, como si temiera que el momento terminara.

Rodrigo la levantó, sus manos fuertes bajo sus nalgas, y la presionó contra la pared. Laura envidió sus caderas, sintiendo la dureza de su erección contra su vientre.

—¿Quieres esto, Laura? —preguntó, su voz ronca de deseo.

—Sí —gimió ella, su voz quebrada—. Si por favor, Rodrigo quiero que me hagas tuya, quiero que me penetres y me sienta llena de ti, quiero que me saques el mayor de los orgasmo, que me derrita de gusto entre tus piernas...si....

Él no necesitó más invitación. Con manos expertas, desabrochó su bata y la dejó caer al suelo, revelando su cuerpo vestido solo con ropa interior de encaje negro. Laura sintió un rubor recorrer sus mejillas, pero el deseo era demasiado fuerte como para detenerse.

Rodrigo la miró con ojos hambrientos, sus manos deslizándose por sus hombros...sus pechos...sus caderas...

—Eres tan hermosa —le susurraba, antes de bajar su cabeza y capturar un pezón entre sus labios por encima de la prenda que sostenía sus tetas.

Laura gimió, sus manos enterrándose en su cabello mientras él la saboreaba, su lengua trazando círculos alrededor de su pezón endurecido, mojando con su saliva el tejido suave de esa prenda que cubría sus senos, con sus dientes los mordía suavemente produciéndole un leve dolor mezclado con placer. Su cuerpo se tensó, pidiendo con sus movimientos más.

Con destreza, Rodrigo desabrochó su sostén y lo dejó caer, liberando sus senos y dejándolos expuestos libremente. Los masajeó con sus manos suaves, con sus sus dedos pulgar e índice masajeaba sus pezones, estos se yerguen. Laura se arqueó contra él, su cabeza cayendo hacia atrás mientras el placer la invadía.

Sus manos bajaron hacia su tanga arrancándosela  de un certero tirón, dejando su sexo expuesto a su maestría . Laura sintió un escalofrío de anticipación al notar como su mano cubrió su coño húmedo.

—Estás tan lista para mí —dijo Rodrigo, con voz firme y decidida.

Entonces se arrodilló frente a ella totalmente desnuda, abriendo un poco sus piernas arrimo su boca y su aliento caliente en su entrepierna. Laura contuvo la respiración mientras él deslizaba una mano por su muslo, acercándose al cráter de ese volcán que hervía de deseo y pasión.

—Rodrigo, por favor —gimió, su voz impaciente y acelerada.

Él sonrió, mirándola con maldad picará.

—¿Tienes prisa, Laura? —preguntó, antes de presionar un dedo contra su clítoris.

Ella al sentir ese roce gimió, sus caderas empujando hacia su mano.

—No tengo prisa —susurró, aunque su cuerpo decía lo contrario.

Rodrigo la torturaba, sus dedos rozando su canal con los labios húmedos, con su polla le hacia roces, daba toques a su clitoris con el glande sonrosado, rozaba con ella levemente la entrada húmeda de su lubricado coño,  pero sin penetrarla aún con esa polla que media 26 cm. El quería deshacerla de placer. Laura se retorcía, jadeaba, gemía emitiendo gritos guturales, su deseo aumentaba con cada segundo que pasaba.

—Por favor —suplicó—. No pares, necesito más.

Él sonrió, seguía con su manos acariciando y deslizándose entre sus sexo húmedo con un ritmo magistral, lento y tortuoso. Laura no paraba de emitir gemidos guturales, se arqueaba hacia atrás mientras el placer la invadía.

—¿Te gusta esto, Laura? —preguntó, su voz baja y seductora—. ¿Te gusta cómo te hago sentir?

—Sí —gimió ella—. Sí, sí, sí.

Rodrigo aumentó la velocidad, sus dedos moviéndose con firmeza mientras su pulgar presionaba su clítoris. Laura se acercó al borde, su cuerpo tenso y listo para estallar.

—No Laura,  aún no —murmuró él, deteniéndose de repente.

Laura abrió los ojos, confundida y frustrada, —Cabrón, hijo de puta porque paras...estoy a punto de correrme —exclamo ella cabreada.

Rodrigo se levantó con aires de dominación

—Quiero que te acuerdes de esto —dijo—. De cómo te hice sentir.

Antes de que Laura pudiera seguir protestando, se pusieron las batas por encima, la llevó a una de las habitaciones de la clínica, cerrando la puerta detrás de ellos. La presionó contra la camilla, se besaban con deseo y pasón, a darse la lenga, a morderse, llenarse mutuamente con sus salivas.

—Quiero que te acuerdes de mí —susurró, mientras desabrochaba la bata y dejaba expuesto su 26 cm. expuestos

Laura miró su miembro tieso duro como una estaca y grueso, su boca secándose de repente.

—Rodrigo… —empezó, pero él la silenció con un beso.

—Confía en mí —murmuró, antes de posicionarse entre sus piernas y empujar para penétrala y que su polla la cubriera por completo.

Laura contuvo la respiración mientras él la llenaba, su cuerpo ajustándose a su tamaño. Era diferente a todo lo que había experimentado, incluso con sus juguetes. Era real, era viril, era exactamente lo que había estado anhelando.

Rodrigo comenzó a moverse, sus caderas empujando con un ritmo constante. Laura gimió, sus manos aferrándose a sus hombros mientras el placer la invadía.

—¿Te gusta, Laura? —preguntó, su voz ronca de deseo—. ¿Te gusta cómo te follo?

—Sí —gimió ella—. Sí, sí, sí.

Él aumentó la velocidad, sus embestidas más profundas y desesperadas. La habitación se llenó con el sonido de sus gemidos y el golpeteo de sus cuerpos chocando.

Laura sintió el orgasmo acercarse, una ola de placer que la consumía por completo.

—Rodrigo —gimió—. Voy a…

—Ven para mí —ordenó él, sus caderas empujando con fuerza.

Laura explotó, su cuerpo temblando mientras el orgasmo la sacudía. Gritó su nombre, sus uñas enterrándose en su espalda mientras las olas de placer la invadían.

Rodrigo siguió moviéndose, entrando y saliendo de ella más lento pero profundo, hasta que finalmente se tensó y gimió su nombre, su cuerpo temblando mientras se vaciaba dentro de ella.

Ambos quedaron sin aliento, sus cuerpos sudorosos y satisfechos. Rodrigo se apoyó sobre ella, su peso confortable.

—Laura —murmuró, su voz suave—. Eso fue… increíble.

Ella sonrió, su mano acariciando su mejilla.

—Lo fue —susurró, sintiendo una paz que no experimentaba desde hacía dos años.

Rodrigo la besó suavemente, sus labios rozando los suyos.

—¿Sabes qué es lo mejor? —preguntó Laura, mirándolo a sus ojos brillantes.

—¿Qué?—le contesto Rodrigo

—Que esto, si tu quieres es solo el principio, quiero entregarme más a ti, sin compromisos ni hipotecas.

Los dos se vistieron, se abrazaron y quedaros al día siguiente para comer...

por: Mary Love

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