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Joaquina, nueva en la oficina tiene sexo con su jefa lesbiana

 

Soy Joaquina, llevaba tres meses en la oficina. Su jefa había fijado sus ojos en ella atraida por su belleza y su pelo pelirrojo.

Avanzaba un tanto perdida por los blancos y extensos pasillos esquivando las miradas de algunos de los trabajadores que me analizaban de arriba abajo. El calor del verano era insoportable incluso en la empresa con el aire acondicionado. Subí en el ascensor y llegué a la planta tercera, llamé al despacho Carmela, de la jefa del departamento y entré.

La estancia de paredes blancas era amplia y luminosa. Estaba decorada de una forma minimalista, con una mesa de escritorio de cristal, un par de sillas, una estantería y algunas pequeñas plantas. Carecía de cuadros o alfombras y, sin embargo, resultaba un lugar bastante cálido y acogedor.

Carmela, una mujer alta, de tez morena, ojos marrones, cabello oscuro rizado, con curvas, pechos de un tamaño medio, ni pequeños ni exageradamente grandes y un trasero que llamaba la atención; me saludó avanzando hacia mi desde el otro lado del escritorio. Vestía una elegante camisa blanca que dejaba al descubierto parte de la tersa piel de su escote desnudo, únicamente adornado con un pequeño collar de plata con la figura de la diosa egipcia Isis. Además, una ajustada falda de tubo negra, que completaba el look junto con unos zapatos de tacón de aguja en charol negro, los cuales estilizaban aún más su atlética figura, haciéndola parecer una top model.

Soy lesbiana —no tengo problema en reconocerlo y pese a que me costaba sentirme atraída por primera vez al ver a otra mujer, esta vez la respiración se me cortó un instante. Mi mente se quedó en blanco y por un momento me creí levitando en aquella estancia.

Oh...Dios...que monumento de mujer —

Ella dándose cuenta sonrió, y me percaté de sus carnosos labios rojos curvándose de forma sinuosa, destilaba elegancia y atracción por cada poro de su piel. Tenía la piel oscura y tersa, la complexión fibrada, y una melena azabache suave que parecía mecerse con el aire.

Me indicó que me sentará pero, en lugar de ello, yo permanecí inmóvil frente a ella, mientras nuestras miradas se mantenían fijamente, como desnudándose, escrutándose hasta el interior con puro magnetismo. Parecía querer follarme con la mirada, y allí me tenía atrapada entre mis pensamientos.

Avancé un paso al frente con decisión, y ella hizo lo mismo. Sus brazos me rodearon las caderas sin previo aviso, de forma decidida, casi brusca. Dejé escapar un gemido de sorpresa, pero no tuve tiempo para reaccionar antes de que sus labios se posaran sobre los míos de manera autoritaria y pasional.

Me empujó contra la pared y siguió besándome los labios, bajando por mi barbilla y hasta mi cuello, lo cual me puso aún más alterada y excitada.

Tomé iniciativa y mis brazos pasaron alrededor de sus hombros y le sostuve la nuca con fuerza, devolviéndole el beso y metiéndole la lengua sin vacilación llenado su boca de saliva. Mi excitación aumentaba sin remedio, y notaba un calor latente entre mis piernas mientras la humedad de mi coño ascendía.

Carmela decididamente comenzó a desabrochar mi blusa y yo hice lo mismo con la suya. Puse mis manos en su vientre y la atraje hacia a mí, trazando formas sinuosas. Carmela gimió, apretando uno de mis pechos, mientras sus labios húmedos mojaban mi cuello haciéndome se sentir un escalofrío.

Ambas respirábamos agitadamente, y de pronto la atmósfera se había vuelto tan densa…

Entonces, Carmela tiró de mi falda y me llevó a la mesa de escritorio apartando todo lo que estorbaba. Se arqueó y yo me abrí de piernas y sus dedos comenzaron a ascender con decisión y presteza por mis muslos. El placer me invadía, gemía y ella volvió a la carga y penetrándome con sus dedos procedía a follarme el coño. Me sentía tan húmeda, me gustaba  que no podría aguantar por mucho tiempo más, sus envestidas eran rítmicas, aceleraba y disminuía —Ahora Carmela, fuerte. No pares, sigue, sigue. Me corroooo!!—y me provoco un eyaculación que nos empapamos nuestros cuerpos y caí exhausta en el sofá que había en su despacho.

Carmela se incorporó y dándome la mano me levanto del sofá, me llevo andando de espalda a la puerta de su despacho, recostándose sobre la puerta separó un poco sus piernas elevando su pelvis, para permitir que con mi muslo pudiese rozar su entrepierna. Se agitaba y jadeaba manteniendo los ojos cerrados con las manos sujetas a mi cuello con firmeza y decisión.

Notando su piel rozando la mía me invadía un escalofrío que recorría todo mi cuerpo, a la vez que los besos se volvían cada vez más intensos y salvajes: mi lengua jugaba con la suya intensamente. Comenzaba de nuevo a sentir como mi coño palpitaba y no paraba de estar lubricado, tenia necesidad de sentirla, bajaba mi mano acariciando su abdomen hasta toparme con el borde de sus bragas, jugué con mis dedos rozando su piel con el filo de sus braga, su vientre daba espasmos, y de repente introduje mi mano por sus sus bragas y comencé a tocar su coño, pasando el canto de mi mano y el dedo meñique por en medio rozando sus labios vaginales húmedos y lubricados....


No pares, Joaquina, sigue descubriendo mi sexo —Gimió, jadeo y profería gritos guturales de placer. En ese fragor sentí como Carmela gozaba de un orgasmo silencioso, de esos que te atrapan en tu silencio y te corres sin hacer ruido, sintiendo como te vacías despacio como si el tiempo se detuviera. Los golpes de placer producían aspamos su coño, que yo sentía en mi mano al seguir acariciándolo. 

Yo también gemía y jadeaba —De repente sentí como Carmela recorría con sus mano el centro de mi coño presionando con sus dedos los labios que lo ocultaba, para subir a mi clítoris y masturbarlo como si fuera un pequeño pene; sus caricias y maestría hacia que mi coño palpitara y se lubricara mas para continuación introducir sus dedos índice y corazón en mi interior. Me gustaba la sensación de las yemas de sus dedos rozando mi vagina húmeda y lubricada por dentro, con destreza iba descubriendo lo que provocaba con el simple contacto golpes de placer dentro de mi coño totalmente entregado a lo que me quisiera hacer.

Mis piernas temblaron cuando comenzó a frotarme con un ritmo frenético mientras chupaba mis pezones y comenzamos a fundirnos en una danza acompasada de gemidos. Me corrí por segunda vez, pasando mis dedos por mi coño y dárselos para que los lamiera y degustara mi corrida.

Con la mano izquierda empecé a luchar con el enganche de su sujetador de encaje. Afortunadamente no tarde mucho tiempo hasta conseguir soltarlo. Nos separamos un instante para poder liberar sus hermosos senos, y por fin pude contemplarlos de cerca: tenían un tamaño perfecto, no eran pequeños pero tampoco excesivamente grandes, sobrepasaba ligeramente lo que mis manos podían abarcar. Sus pezones eran rosados y tersos, se mostraban excitados. Rocé con las yemas de mis dedos por ellos suavemente provocando que estuvieran aún más erectos, y tras contemplarlos unos segundos más, sonreí, volviendo a besar su su cuello con mis labios. Le succioné la piel y le proporcioné un par de mordiscos suaves, a la vez que mi mano avanzaba para buscar su coño, custodiado entre sus torneados muslos.

Le metí una mano en su interior y comencé a sentir entre mis dedos su clítoris, palpitando, y viendo a la vez cómo su espalda se arqueaba, profiriendo gemidos cada vez más fuertes.

Noté como sus piernas cedían ante su peso, generando que se deslizara por la pared hacia abajo intentando sostenerse con los brazos sin éxito. Se quedó sentada y yo me puse de rodillas frente ella. Nos acomodamos un poco, Carmela estaba casi recostada al completo, y yo me situé encima apoyando mi mano izquierda a un costado de su cabeza y mi pierna derecha entre las suyas... Abriendo sus piernas metí un par de dedos en su interior mientras besaba su cuello. Seguí el movimiento de sus caderas con las mías provocando gritos cada vez más intensos, cuando nuestros cuerpos se encontraban permitía que mis dedos entraran más profundo en su coño.

Entre besos y mordiscos continué bajando nuevamente por su cuello, recorrí sus senos y su ombligo sin dejar de acariciar su clítoris con fuerza, baje lentamente sin despegar mi lengua de su piel hasta llegar al sexo, besando de pronto a sus muslos provocando en ella un gemido de frustración.

Conduje mi mano hasta sus glúteos y los acaricié buscando la ruta hasta su vagina nuevamente para continuar hurgando su interior. Ella movía las caderas dejándome una visión muy excitante de su trasero moviéndose y chocando contra mi pelvis sin cesar. Con mi otra mano me estiré acariciando sus pezones, a la vez que besaba y mordisqueaba

Con mis dedos índice corazón en su interior estimulando el punto G y con el pulgar al mismo tiempo rozando su clítoris, Carmela no tardó demasiado tiempo en alcanzar el orgasmo. Sin embargo, la excitación me impedía detenerme, y quería hacerla llegar más allá, así que continué. Carmela enloquecía, comenzó a moverse a mayor velocidad, mientras yo contemplaba su semblante bañado por el sudor. De repente dio un grito —Ay, me vengo —Estaba corriéndose sin parar y no terminaba de sentir un orgasmo cuando otro ya comenzaba de inmediato; cada vez que se corría decía —Me viene otro, el tercero —finalmente perdió la cuenta.

Después de un rato para recupera la respiración, Carmela situó su brazo atrás enredando sus dedos en mi pelo, y sus labios buscaron los míos fundiéndose en un beso pasional. Nos presionábamos, frotábamos nuestros cuerpos casi con desespero. Los gemidos continuaban incesantes, y yo gozaba verla correrse entre mis dedos, notando su néctar, pidiéndole más. Y continuamos así unos instantes más  hasta que el sonido de la puerta de su despachó sonó provocando que nos detuviéramos de inmediato, alguien quería entrar.

Se formó un instante de silencio en el que nuestras respiraciones agitadas no consiguieron calmarse, pero la duda y el temor recorrieron nuestros pensamientos. Alejamos nuestros cuerpos unos centímetros, y yo recé para que la persona de atrás de la puerta no entrase en la estancia. Tras un instante de vacilación, Carmela logró alzar la voz y le pidió a la persona que llamaba en la puerta que esperara un momento, a que ella terminase con unos asuntos urgentes. Esboce una sonrisa picara e insinuante, nos vestimos rápidamente y recompusimos la situación. Me besó y me dijo

Quedamos para comer, te invito —y seguimos nuestra rutinas....

por: Mary Love


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