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Fiesta swinger en un hotel de lujo

Lisa y John se adentran en una fiesta swinger en un hotel de lujo, donde descubren una sala secreta llena de placeres prohibidos. La pareja explora sus deseos más profundos en una noche de sensualidad y lujuria.

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Lisa y John caminaron por el pasillo alfombrado del hotel, sus pasos resonando con una mezcla de emoción y nerviosismo. La invitación a la fiesta swinger había llegado de manera inesperada, un sobre negro con letras doradas que prometía una noche de lujuria y desenfreno. Ambos habían hablado de explorar ese mundo antes, pero no habían insistido más en el tema. Ahora, con las pulsaciones aceleradas y las manos entrelazadas, se adentraban en lo desconocido.

El hotel, un edificio de lujo con luces tenues y decoración opulenta, parecía respirar sensualidad. Los susurros de los invitados que pasaban a su lado, las miradas cargadas de intención, todo contribuía a la atmósfera eléctrica que los envolvía. Lisa, con un vestido corto negro ajustado que resaltaba sus curvas y un escote que dejaba enseñar sus pechos agudizando la imaginación, se sentía poderosa. John, con un traje oscuro que acentuaba su figura atlética, irradiaba confianza. Juntos, eran una pareja que atraía miradas, pero esa noche no buscaban admiración, sino algo más profundo, más oscuro.

La fiesta principal estaba en el salón principal, donde la música electrónica resonaba y los cuerpos se movían al ritmo de la lujuria. Parejas bailaban juntas, otras se separaban para explorar nuevas sensaciones. Lisa y John se detuvieron en el umbral, observando el panorama con una mezcla de fascinación y timidez. Pero no era eso lo que buscaban. Habían oído rumores de algo más, algo que yacía oculto en las profundidades del hotel.

Con un gesto cómplice, se apartaron de la multitud y comenzaron a explorar los pasillos menos transitados. Las paredes estaban decoradas con cuadros abstractos que parecían susurrar secretos, y las luces eran aún más tenues, creando sombras que danzaban como invitaciones silenciosas. Caminaron en silencio, sus pasos guiados por una intuición compartida. Hasta que lo encontraron.

Una puerta negra, casi invisible en la penumbra, sin ningún letrero que la identificara. Lisa se acercó, su corazón latiendo con fuerza. John la siguió, su mano posándose en la pequeña de la espalda de ella en un gesto de apoyo. Juntos, empujaron la puerta, y esta se abrió con un suave crujido, revelando un mundo que parecía sacado de sus fantasías más ocultas.

La sala era amplia, iluminada por velas que proyectaban sombras danzantes en las paredes de piedra. El aire olía a incienso y algo más, algo que no podían identificar pero que los excitaba. En el centro de la habitación, una gran cama redonda dominaba el espacio, cubierta con sábanas de seda negra. A su alrededor, varias estaciones estaban dispuestas, cada una con herramientas y accesorios que prometían placeres intensos. Cadenas colgaban del techo, junto a velas y látigos. Una mesa tenía vendas, plumas y aceites. Otra, dildos y consoladores de diferentes tamaños y formas.

Lisa y John se miraron, sus ojos brillando con una mezcla de curiosidad y deseo. Sin decir una palabra, supieron que habían encontrado lo que buscaban. La sala era un santuario dedicado a los placeres más oscuros y prohibidos, un lugar donde las reglas del mundo exterior no existían. Un santuario del sexo.

Lisa se acercó a una de las estaciones, sus dedos rozando las plumas y las vendas. "Qué harías si te dejara atarte?", susurró, su voz cargada de intención. John sonrió, su mirada fijándose en las cadenas que colgaban del techo. "Te mostraría lo que significa rendirse", respondió, su tono bajo y seductor.

Sin más palabras, Lisa se giró, su vestido cayendo al suelo en un movimiento fluido. Estaba desnuda debajo, su piel pálida resaltando en la penumbra. John la observó, su deseo creciendo con cada curva de su cuerpo. Se acercó, sus manos posándose en sus caderas, y la atrajo hacia él. Sus labios se encontraron en un beso apasionado, sus lenguas se buscan mutuamente.

John la guio hacia la cama, donde la tumbó suavemente. Lisa se dejó hacer, sus ojos cerrados mientras sentía el frío de la seda contra su piel. John se arrodilló a su lado, sus manos explorando su cuerpo con reverencia. Sus dedos trazaron las curvas de sus pechos, juguetearon con sus pezones hasta que se endurecieron, y luego bajaron, deslizándose por su vientre hasta llegar a su coño.

Lisa gimió suavemente cuando John la tocó, sus dedos encontrando su humedad. "Estás lista para esto?", murmuró, su aliento caliente contra su cuello. Lisa asintió, su cuerpo temblando de anticipación. "Sí", susurró, su voz ronca de deseo.

John se levantó y se quitó la ropa, revelando su cuerpo musculoso y su erección palpitante. Lisa lo observó, su boca secándose ante la visión. John tomó una venda de la mesa cercana y se acercó a ella. "Confías en mí?", preguntó, su voz firme pero llena de ternura. Lisa asintió, extendiendo sus manos. John las ató con cuidado, asegurándose de que estuviera cómoda pero inmovilizada.

Con Lisa atada, John comenzó a explorar su cuerpo con una lentitud deliberada. Usó una pluma para trazar patrones en su piel, observando cómo se arqueaba y gemía con cada toque. Luego, tomó un cubo de hielo de una pequeña nevera en la esquina y lo pasó por sus pezones, su vientre, su sexo. Lisa tembló, su cuerpo reaccionando a las sensaciones contrastantes de frío y calor.

John se inclinó, su boca capturando uno de sus pezones, chupando y lamiendo hasta que ella gimió su nombre. Luego, bajó, su lengua trazando un camino hacia su coño. Cuando llegó, se detuvo, torturándola con la anticipación. "Por favor", susurró Lisa, no te detengas...

John sonrió contra su piel y finalmente la probó, su lengua sumergiéndose en su cavidad. Lisa gimió, su cuerpo arqueándose contra su toque. John la saboreó, sus dedos uniéndose para penetrarla mientras su lengua jugaba con su clítoris. Lisa se retorció, sus gemidos llenando la sala, hasta que finalmente alcanzó el orgasmo, su cuerpo convulsionaba incontrolablemente. 

Cuando Lisa recobró el aliento, John se movió sobre ella, su polla erecta y dura rozaba todo el recorrido de su vagina parándose en la entrada la movía con maestría humedeciendo el recorrido hasta el fondo. Lisa no aguantaba más la cogió, introdujo todo su glande dentro para que el hiciera el resto. John empujó despacio y la penetro entró lentamente, llenándola por completo. Lisa gimió, su cuerpo ajustándose a su tamaño.

John comenzó a moverse, sus embestidas lentas y profundas. Lisa lo recibió, sus caderas encontrándose con las suyas en un ritmo perfecto. La sala estaba llena de sus gemidos, el sonido de la piel contra la piel, y el crujido de la cama bajo su peso.

Mientras se movía, John tomó una pluma y la pasó por el cuerpo de Lisa, observando cómo sus músculos se tensaban con cada roce. Luego, tomó un látigo pequeño y lo usó suavemente contra sus nalgas, el golpe ligero pero suficiente para hacerla gemir. Lisa se retorció, su cuerpo respondiendo a la mezcla de placer y dolor.

John aumentó el ritmo, sus embestidas volviéndose más rápidas y profundas. Lisa lo recibió, su cuerpo ajustándose a su intensidad. Sus gemidos se volvieron más fuertes, más urgentes, hasta que finalmente, juntos se corrían y se vaciaban a la vez. John se derrumbó sobre ella, su respiración entrecortada, su corazón latiendo contra el de ella.

Se quedaron así durante un momento, sus cuerpos aún unidos, antes de que John se levantara y desatara a Lisa. Ella se sentó, su cuerpo aún temblando de la intensidad de lo que acababan de experimentar. Se miraron, sus ojos brillando con una mezcla de satisfacción y deseo insatisfecho.

"Esto es solo el comienzo", susurró John, su mano tomando la de ella. Lisa sonrió, su corazón latiendo con emoción. Juntos, se levantaron y comenzaron a explorar el resto de la sala, sus ojos posándose en las cadenas que colgaban del techo, en los dildos y consoladores, en las vendas y las plumas. Sabían que había más por descubrir, más límites por empujar.

La noche era joven, y la sala secreta les ofrecía un mundo de posibilidades. Lisa y John se miraron, sus manos entrelazadas, y supieron que esta era solo la primera página de una historia que recién comenzaba.

Continuará...

por: Mary Love

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