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Ex pareja divorciada se reencuentran


Diez años después del divorcio, Carmen y su exesposo se reencuentran en la boda de su hijo. La tensión sexual y la nostalgia los llevan a revivir momentos pasados, culminando en una pasión desenfrenada que redescubre su conexión perdida.

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La sala de recepciones brillaba con la luz de las velas y los destellos de las cámaras, mientras los invitados celebraban la unión de nuestro hijo. Diez años habían pasado desde que Carmen y yo firmamos los papeles del divorcio, y aunque el tiempo había sanado las heridas, nunca imaginé que el destino nos reuniría de esta manera. Ella estaba allí, radiante en un vestido rojo ajustado que resaltaba su figura madura pero aún tentadora. Sus ojos, siempre intensos, me buscaron entre la multitud, y cuando nuestras miradas se encontraron, sentí un escalofrío recorrer mi espalda.

Carmen se acercó con una copa de champán en la mano, su sonrisa era una mezcla de nostalgia y algo más que no pude identificar en ese momento. "No pensé que esto sería tan emotivo," dijo, su voz suave pero firme. "Ver a nuestro hijo tan feliz... es como si el tiempo no hubiera pasado."

"Sí," respondí, sintiendo cómo el alcohol que había consumido durante la noche comenzaba a hacer efecto. "Es un día especial."

La música cambió, y un ritmo más lento invitó a las parejas a la pista de baile. Carmen me tomó de la mano sin decir una palabra, guiándome hacia el centro de la sala. Sus dedos entrelazados con los míos me recordaron momentos que creía olvidados. Bailamos cerca, demasiado cerca, y el calor de su cuerpo se filtró a través de la tela de mi traje.

"¿Recuerdas cómo solíamos bailar?" susurró, su aliento cálido en mi oído. "Siempre decías que era la única que podía seguirte el ritmo."

"Lo recuerdo," admití, sintiendo cómo mi corazón latía más rápido. "Pero parece que ahora eres tú quien lleva la batuta."

Carmen rió, un sonido bajo y seductor que me hizo sentir cosas que creía enterradas. "Tal vez," dijo, sus ojos brillando con una chispa que no reconocí de nuestra vida juntos. "O tal vez solo estoy aprovechando el momento."

La noche avanzó, y con ella, la intensidad entre nosotros. Las copas de vino y champán se acumularon en nuestra mesa, y la conversación se volvió más íntima, más personal. Hablamos de nuestro hijo, de cómo había crecido y se había convertido en un hombre admirable. Pero también hablamos de nosotros, de los errores que cometimos y de las cosas que nunca nos atrevimos a decir.

"¿Sabes?" Carmen dijo, su voz un poco más ronca por el alcohol. "Siempre pensé que fuiste demasiado paciente conmigo. Demasiado comprensivo."

"No fui lo suficientemente paciente," confesé, mirándola a los ojos. "O tal vez no supe cómo llegar a ti."

Ella sonrió, una sonrisa triste pero sincera. "Ambos teníamos nuestras fallas. Pero mira ahora... aquí estamos, como si el tiempo no hubiera pasado."

La música cambió de nuevo, esta vez a algo más rápido y enérgico. Los invitados se animaron, riendo y bailando con desenfado. Carmen me tomó de la mano una vez más, tirando de mí hacia la pista. Bailamos con una pasión que no recordaba, nuestros cuerpos moviéndose al ritmo de la música, como si estuviéramos solos en la sala.

"¿Te acuerdas de aquella vez en la playa?" susurró, su rostro cerca del mío. "Cuando nos quedamos hasta tarde, mirando las estrellas?"

"Cómo olvidarlo," respondí, sintiendo cómo el recuerdo me envolvía. "Fue una de las noches más perfectas de mi vida."

"Yo también lo recuerdo," dijo, sus ojos brillando con una intensidad nueva. "Pero ahora... ahora siento algo diferente. Algo que no sentía antes."

No supe qué responder. El alcohol, la música, la proximidad de su cuerpo... todo se conjugó para crear una atmósfera eléctrica. Carmen me miró fijamente, sus labios entreabiertos, y supe que algo estaba a punto de suceder.

"Ven conmigo," dijo, tomándome de la mano y guiándome hacia una de las habitaciones contiguas, lejos de la mirada de los invitados. La habitación estaba oscura, solo iluminada por la luz de la luna que entraba por una ventana. Carmen cerró la puerta detrás de nosotros, y el sonido de la música se atenuó, dejando solo el silencio y el latido de nuestros corazones.

"Carmen," comencé, pero ella me calló con un dedo en mis labios.

"No digas nada," susurró, acercándose a mí. "Solo déjame mostrarte lo que he aprendido."

Sus labios se encontraron con los míos en un beso apasionado, lleno de deseo y nostalgia. Sus manos se deslizaron por mi torso, desabotonando mi camisa con una urgencia que no esperaba. Yo respondí, mis manos recorriendo su cuerpo, sintiendo la suavidad de su piel a través de la tela de su vestido.

"Te he extrañado," confesé, mi voz ronca por la emoción.

"Yo también," dijo, su aliento cálido en mi oído. "Pero ahora estoy aquí, y quiero que me hagas tuya. Quiero sentir todo lo que no pude sentir antes."

Sus palabras me encendieron, y sin más preámbulos, la levanté en mis brazos, llevándola hacia la cama que había en la habitación. La recosté suavemente, pero la suavidad duró poco. Nuestros besos se volvieron más intensos, más desesperados, como si estuviéramos tratando de recuperar el tiempo perdido.

Mis manos se deslizaron por su cuerpo, deshaciéndose del vestido que la cubría. Carmen se quedó en ropa interior, su figura madura pero aún deseable, y sentí un deseo ardiente que no recordaba haber sentido en años. Sus pechos, ahora más llenos, se elevaban con cada respiración, y sus pezones estaban erectos, pidiendo atención.

"Tócame," susurró, su voz llena de necesidad. "Hazme sentir viva."

No me hice de rogar. Mis manos recorrieron su cuerpo, acariciando sus pechos, sus caderas, sus muslos. Carmen gimió, su cabeza cayendo hacia atrás mientras se entregaba al placer. Sus manos se aferraron a las sábanas, sus uñas clavándose en la tela mientras yo la exploraba con mis labios y mis dedos.

"Más," pidió, su voz un susurro ronco. "Quiero más."

Me deshice de mi camisa y pantalones, quedándome solo en ropa interior. Carmen me miró con ojos hambrientos, su deseo evidente en cada línea de su cuerpo. Se sentó en la cama, tirando de mí hacia ella, y sus labios se encontraron con los míos en otro beso apasionado.

"Quiero que me hagas tuya," repitió, sus manos desabotonando mi cinturón. "Quiero sentirte dentro de mí."

No necesitó decirlo dos veces. Me deshice de mi ropa interior, y mi erección, dura y palpitante, se liberó. Carmen la tomó en su mano, acariciándola con una habilidad que no recordaba, y yo gemí, sintiendo cómo el placer se extendía por todo mi cuerpo.

"Eres tan duro," susurró, su voz llena de admiración. "Quiero sentirte en mi boca."

Se inclinó, tomando mi pene en sus labios, y yo cerré los ojos, disfrutando de la sensación. Carmen me chupó con una intensidad que me dejó sin aliento, su lengua recorriendo cada centímetro de mi miembro. Sus manos se deslizaron por mis muslos, acariciándome con una ternura que contrastaba con la ferocidad de sus labios.

"Carmen," gemí, sintiendo cómo me acercaba al borde. "No puedo más."

Ella se detuvo, mirándome con una sonrisa pícara. "Aún no," dijo, levantándose y quitándose la ropa interior. "Quiero que me hagas tuya de verdad."

Se recostó en la cama, sus piernas abiertas en invitación. Su sexo, húmedo y brillante, me llamaba, y yo no pude resistirme más. Me posicioné entre sus piernas, mi erección alineada con su entrada, y la penetré de un solo movimiento.

"Ah," gimió, sus manos aferrándose a mis hombros. "Sí, así."

Comencé a moverme, entrando y saliendo de ella con un ritmo constante. Carmen me recibió con entusiasmo, sus caderas moviéndose al compás de las mías. La habitación se llenó con el sonido de nuestros gemidos, de la cama crujiendo bajo nuestro peso, y de la pasión que habíamos contenido durante tanto tiempo.

"Más rápido," pidió, sus uñas clavándose en mi espalda. "Por favor, más rápido."

Aumenté el ritmo, mis embestidas más profundas, más intensas. Carmen gimió, su cuerpo temblando mientras se acercaba al orgasmo. Sus músculos se contrajeron alrededor de mí, apretándome de una manera que me hizo perder el control.

"Voy a..." comencé, pero no pude terminar la frase.

Mi orgasmo me golpeó como una ola, y me dejé llevar, llenando su interior con mi semen. Carmen gimió, su cuerpo convulsionando mientras alcanzaba su propio clímax. Nuestros gritos se mezclaron, y por un momento, el mundo desapareció, dejando solo el placer y la conexión que habíamos recuperado.

Caímos exhaustos en la cama, nuestros cuerpos cubiertos de sudor, nuestros corazones latiendo al unísono. Carmen se acurrucó en mis brazos, su cabeza en mi pecho, y yo la abracé, sintiendo cómo el tiempo se detenía.

"Gracias," susurró, su voz suave y llena de gratitud. "Por hacerme sentir así."

"Gracias a ti," respondí, besando su cabello. "Por recordarme lo que es el verdadero placer."

La noche avanzó, pero ya no importaba la boda, los invitados, o el mundo exterior. Solo estábamos Carmen y yo, reencontrándonos después de tanto tiempo, descubriendo que la pasión que creíamos enterrada aún ardía con más fuerza que nunca. Y en ese momento, supe que, aunque el futuro era incierto, lo que habíamos compartido esa noche sería algo que ninguno de los dos olvidaría jamás.

por: Mary Love 

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