Marisa guía a Ester en su exploración sexual, enseñándole sobre consentimiento y el conocimiento del propio cuerpo. En una cabaña en la montaña, ambas comparten un momento íntimo y educativo, descubriendo sus deseos y placeres.
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Marisa, una mujer de 46 años pelo corto que le hacia un rostro seductor observaba a Ester con una mezcla de ternura y complicidad. La joven, de apenas 20 años, tenía los ojos llenos de incertidumbre mientras se sentaba en el sofá de la acogedora cabaña en la montaña. El aire fresco de la tarde entraba por la ventana abierta, mezclándose con el aroma a madera y a leña quemada en la chimenea. Ester, con su cabello rubio recogido en una coleta y sus mejillas sonrosadas, parecía más joven de lo habitual, como si la carga de su petición la hubiera hecho retroceder en el tiempo.
—No sé cómo empezar —confesó Ester, jugueteando con el borde de su suéter. Su voz era un susurro, casi un hilo de voz que se perdía en el silencio de la cabaña. Marisa sonrió, acercándose a ella sentándose en el brazo del sofá. Su presencia era reconfortante, como un abrazo sin necesidad de contacto físico.
—No tienes que preocuparte por nada, Ester —dijo Marisa, su tono suave pero firme—. Todos hemos estado en tu lugar alguna vez. Lo importante es que te sientas cómoda y segura.
Ester asintió, pero su expresión no se relajó del todo. Llevaba seis meses con su novio, y él había comenzado a presionarla para dar el siguiente paso. Ella quería estar preparada, pero no sabía por dónde empezar. Por eso había recurrido a Marisa, una ex-novia de su padre cuando estos eran jóvenes, quien siempre había sido como una hermana mayor para ella. Marisa, con su experiencia y su paciencia, era la persona perfecta para guiarla.
—¿Por qué no me cuentas qué es lo que más te preocupa? —sugirió Marisa, tomando la mano de Ester entre las suyas. Sus manos eran cálidas, y Ester sintió un leve cosquilleo al contacto.
—Tengo miedo de no saber qué hacer —admitió Ester, bajando la mirada—. No quiero que pienses que soy rara o que no sé nada.
Marisa rio suavemente, un sonido cálido y reconfortante.
—Nadie nace sabiendo, Ester. El sexo es algo que se aprende, y lo más importante es que ambos disfruten. ¿Quieres que te enseñe algunas cosas?
Ester levantó la vista, sus ojos azules brillando con una mezcla de nerviosismo y curiosidad.
—Sí, por favor. No sé cómo empezar.
Marisa se puso de pie y extendió su mano hacia Ester, ayudándola a levantarse.
—Vamos a la habitación. Allí estaremos más cómodas.
La habitación era pequeña pero acogedora, con una cama grande cubierta por un edredón de pluma de ganso y almohadones dispersos. La luz del atardecer entraba por la ventana, proyectando sombras doradas sobre las paredes de madera. Marisa cerró la puerta detrás de ellas y se volvió hacia Ester con una sonrisa tranquilizadora.
—Lo primero que debes saber es que tu cuerpo es tuyo, y nadie tiene derecho a hacerte sentir incómoda —empezó Marisa, colocándose frente a Ester—. El sexo es algo hermoso cuando se hace con respeto y consentimiento.
Ester asintió, aunque su corazón latía con fuerza en su pecho. Nunca había hablado de estos temas con nadie, y menos con tanto detalle.
—¿Sabes qué partes de tu cuerpo son más sensibles? —preguntó Marisa, dando un paso hacia ella.
Ester negó con la cabeza, sintiendo cómo sus mejillas se sonrojaban.
—No, no lo sé.
Marisa sonrió con dulzura.
—Entonces, vamos a descubrirlo juntas. ¿Te parece bien?
Ester asintió, aunque su nerviosismo no disminuía. Marisa se acercó más, colocando una mano en la cintura de Ester y guiándola suavemente hacia la cama.
—Siéntate aquí —dijo, indicando el borde de la cama—. Vamos a empezar con algo sencillo.
Ester se sentó, sus manos entrelazadas en su regazo. Marisa se arrodilló frente a ella, mirándola con una expresión que combinaba ternura y determinación.
—¿Alguna vez te has tocado? —preguntó, su voz baja y suave.
Ester tragó saliva, sintiendo cómo el calor subía por su cuello.
—Un poco, pero no sé si lo hago bien.
Marisa asintió, como si esperara esa respuesta.
—Eso es normal. Muchas mujeres no saben cómo explorar su propio cuerpo. Pero hoy vamos a cambiar eso.
Con movimientos lentos y deliberados, Marisa colocó una mano sobre el muslo de Ester, deslizándola suavemente hacia arriba hasta llegar a la curva de su cadera. Ester contuvo la respiración, sintiendo un cosquilleo en la piel donde Marisa la tocaba.
—Relájate —susurró Marisa, su aliento cálido rozando la oreja de Ester—. No hay prisa.
Ester intentó obedecer, pero su cuerpo parecía tener vida propia. Su corazón latía con fuerza, y sus pezones se endurecieron bajo la tela de su suéter. Marisa lo notó y sonrió, sus dedos trazando círculos suaves en la cadera de Ester.
—¿Sientes esto? —preguntó, su voz ronca y seductora—. Tu cuerpo está respondiendo, Ester. Es normal.
Ester asintió, incapaz de articular palabra. Marisa continuó su exploración, sus manos moviéndose con una confianza que tranquilizó a Ester. Deslizó sus dedos bajo el suéter de Ester, rozando la piel suave de su abdomen. Ester soltó un gemido suave, cerrando los ojos mientras una oleada de placer la recorría.
—¿Ves? —murmuró Marisa, su aliento caliente en el oído de Ester—. Tu cuerpo sabe lo que le gusta.
Con movimientos lentos y deliberados, Marisa subió el suéter de Ester, revelando su sostén de encaje blanco. Ester sintió un escalofrío al aire fresco rozar su piel, pero no se apartó. Marisa la miró con intensidad, sus ojos oscuros brillando con una mezcla de deseo y ternura.
—Eres hermosa, Ester —susurró, antes de inclinarse y rozar con sus labios la clavícula de la joven.
Ester tembló al contacto, su cuerpo respondiendo de una manera que nunca antes había experimentado. Marisa continuó su exploración, besando y lamiendo la piel suave de Ester, sus manos desabrochando el sostén con habilidad. Cuando lo retiró, los pechos de Ester quedaron al descubierto, sus pezones erectos y rosados.
—Tócate —susurró Marisa, guiando la mano de Ester hacia su propio pecho.
Ester obedeció, sus dedos temblorosos rozando su pezón. Un gemido escapó de sus labios al sentir el placer que eso le provocaba. Marisa sonrió, satisfecha, antes de inclinarse y tomar el pezón de Ester entre sus labios.
La joven arqueó la espalda, su cabeza cayendo hacia atrás mientras un grito ahogado salía de su boca. Marisa le abrió las piernas y metió su boca entre sus muslos, chupó y lamió con habilidad el coño de Ester, sus manos masajeando el otro pecho con suavidad y con su lengua lamia su clítoris poniéndose grande y gordo. Ester se sentía como si estuviera flotando, su cuerpo ardiendo con un deseo que nunca antes había sentido.
—¿Te gusta? —preguntó Marisa, su voz ronca y seductora.
—Siii, me encanta! — le contesto sin casi salirle la voz... —Sigue por favor, no pares — suplicaba Ester a Marisa.
Marisa continuó su tortura deliciosa, sus labios y lengua trabajando en armonía para llevar a Ester al borde del orgasmo. La joven se retorcía en la cama, sus manos agarrando las sábanas mientras los gemidos salían de su boca sin control.
—Dios que gusto — grito Ester, por favor Marisa no pares que me estoy corriendo, sigue sigue...
—Ahora es tu turno de explorar —susurró Marisa, retirándose ligeramente y mirando a Ester con intensidad—. Tócame, Ester. Descubre lo que me gusta.
Ester la miró, sus ojos llenos de dudas y deseo. Marisa sonrió, alentándola con una mirada que le dio el valor necesario. Con manos temblorosas, Ester extendió sus dedos hacia Marisa, rozando la piel suave de su cuello.
Marisa cerró los ojos, inclinando la cabeza hacia atrás mientras un suspiro escapaba de sus labios. Ester se sintió empoderada, su confianza creciendo con cada toque. Deslizó sus manos por los hombros de Marisa, bajando por su espalda hasta llegar a la hebilla de su cinturón.
—Desabrocha mis pantalones —susurró Marisa, su voz un susurro ronco que envió escalofríos por la columna de Ester.
La joven obedeció, sus dedos trabajando con torpeza pero determinación. Cuando los pantalones de Marisa cayeron al suelo, Ester se encontró mirando la ropa interior de encaje negro que la mujer llevaba. Su corazón latía con fuerza, y su boca se secó de repente.
—Tócame, Ester —repitió Marisa, su voz un susurro que parecía resonar en la habitación—. No tengas miedo.
Ester tragó saliva, extendiendo una mano hacia la ropa interior de Marisa. Con un toque suave, la deslizó hacia abajo, revelando la piel desnuda de la mujer. Marisa se separó ligeramente, permitiendo que Ester viera su coño, con labios carnosos y el clítoris pronunciado, húmedo y rosado, invitándola a explorar.
La joven se acercó, su curiosidad venciendo a su nerviosismo. Con un dedo tembloroso, rozó los labios del sexo de Marisa, sintiendo cómo la mujer temblaba al contacto. Un gemido escapó de los labios de Marisa, y Ester erguió su cabeza , sintiéndose poderosa y deseada.
—Sí, así —susurró Marisa, guiando la mano de Ester con la suya—. Mueve tu dedo en círculos, Ester. Descubre lo que me hace gemir.
Ester obedeció, sus dedos moviéndose con torpeza al principio, pero pronto encontrando un ritmo que hizo que Marisa arqueara la espalda y soltara un gemido de placer. La joven se sintió inundada por una oleada de excitación, su propio cuerpo respondiendo al sonido de Marisa disfrutando.
—Estas aprendiendo rápido, Ester —susurró Marisa, su voz ronca y llena de deseo—. Sigue así, no pares, veras como me corro como cuando me folla un hombre.
Ester continuó, sus dedos explorando con más confianza mientras Marisa la guiaba con susurros y gemidos. —Ahora si. Ya, ya me viene, me corro, ahí...ahí tienes mi orgasmo saboréalo—le susurraba Marisa a Ester; los suspiros y jadeos de ambas mujeres mezclándose en una sinfonía erótica.
Marisa cambiando de posición, se coloca entre las piernas de Ester mirándola con intensidad.
—Ahora es mi turno de enseñarte algo más —dijo, su voz un susurro seductor.
Ester la miró, su corazón latiendo con fuerza mientras anticipaba lo que vendría. Marisa sonrió, sus dedos deslizándose por los muslos de Ester abriendo sus piernas hasta llegar a su sexo húmedo y sonrosado, dejando a Ester completamente expuesta al placer.
La joven sintió un escalofrío de nerviosismo y excitación, pero no se apartó. Marisa la miró con una expresión que combinaba deseo y ternura, antes de inclinarse y rozar con su lengua los labios íntimos de Ester.
Un grito ahogado escapó de los labios de la joven, su cuerpo arqueándose hacia arriba mientras el placer la recorría. Marisa se rozaba con su piel, su lengua trabajando con habilidad para llevar a Ester a correrse de nuevo.
—Relájate, Ester —susurró Marisa, su aliento cálido rozando la piel sensible de la joven—. Déjate llevar.
Ester intentó obedecer, pero su cuerpo parecía tener vida propia. Sus manos agarraron las sábanas, sus dedos enterrándose en la tela mientras los gemidos salían de su boca sin control. Marisa continuó su exploración, su lengua y dedos trabajando en armonía para llevar a Ester a un lugar que nunca antes había visitado. —Por Dios, Ester, me corro otra vez— dando gritos de placer.
por: Mary Love

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