Lisa y John caminaban descalzos por la playa, dejando que la arena tibia se deslizara entre sus dedos mientras las olas susurraban contra la orilla. El sol comenzaba a ocultarse, pintando el cielo con tonos anaranjados y rosados que se reflejaban en el mar. Ambos disfrutaban de la tranquilidad del momento, sus manos entrelazadas, sintiendo la brisa salada que jugueteaba con sus cabellos. Lisa, con su vestido ligero que se movía al compás del viento, lucía radiante, mientras John, en shorts y una camiseta ajustada, irradiaba una confianza relajada.
De repente, una pareja local llamó su atención. Estaban sentados en una manta extendida sobre la arena, compartiendo una botella de vino. La mujer, de cabellera oscura y sonrisa cautivadora, vestía un vestido de verano que resaltaba sus curvas, mientras el hombre, de mirada penetrante y cuerpo atlético, lucía una camisa desabotonada que dejaba ver su pecho bronceado. Había algo en ellos, una mezcla de calidez y picardía, que resultaba irresistible.
—¿Les gustaría unirse a nosotros? —preguntó la mujer, su voz suave pero cargada de intención, mientras les hacía un gesto con la mano.
Lisa y John se miraron, notando la chispa de curiosidad que se encendía en los ojos del otro. La idea, aunque inesperada, despertó un deseo latente en ambos. Sin dudarlo, aceptaron la invitación y se acercaron a la pareja.
—Somos Elena y Carlos —dijo el hombre, extendiendo una mano para ayudarlos a sentarse—. Y ustedes son…
—Lisa y John —respondió ella, con una sonrisa tímida pero intrigada.
La conversación fluyó con naturalidad, pero pronto tomó un giro más atrevido. Elena, con una mirada que parecía leer sus pensamientos, les propuso algo que los dejó sin aliento.
—¿Les gustaría acompañarnos a nuestra casa esta noche? —dijo, su voz baja y seductora—. Tenemos algo especial en mente.
John intercambió una mirada con Lisa, notando cómo sus mejillas se sonrojaban ligeramente. La idea de una noche de intercambio de parejas los excitaba más de lo que estaban dispuestos a admitir.
—Nos encantaría ver cómo se entregan al placer —continuó Carlos, su tono cargado de morbo—. Cómo se provocan orgasmos mutuos, cómo los polvos se contagia en la habitación.
Lisa sintió un frenesís por experimentar esa experiencia. La imagen de los cuatro cuerpos entrelazados, los gemidos y suspiros llenando el espacio, la llenó de deseo. John, por su parte, imaginó sus manos explorando nuevos territorios, sus labios probando bocas desconocidos.
—Aceptamos —dijo él, su voz firme pero ronca de deseo.
Elena sonrió, satisfecha, y se levantó, ofreciéndole la mano a Lisa. Carlos hizo lo mismo con John, y los cuatro caminaron hacia la casa de la pareja local, ubicada a pocos minutos de la playa. El camino estuvo lleno de miradas cómplices y risas nerviosas, la tensión sexual creciendo con cada paso.
Al llegar, la casa resultó ser un refugio acogedor, con luces tenues y música suave que creaba un ambiente íntimo. Elena y Carlos los guiaron hacia el salón, donde un gran sofá y algunas velas dispersas sugerían lo que estaba por venir.
—Hagamos de esta noche algo inolvidable —dijo Elena, su voz ahora más grave, mientras se despojaba de su vestido, revelando un cuerpo escultural, sus pechos y sus pezones erectos y el coño bien afectadito, que hizo que Lisa contuviera el aliento.
Carlos, por su parte, se acercó a John, sus manos deslizándose por los hombros de él mientras sus labios susurraban palabras que encendieron un fuego en su interior. Lisa observó cómo John cerraba los ojos, entregándose al momento, vio como Carlos bajaba su mano hacia su pene y comenzaba a tocárselo y sintió un deseo ardiente de unirse a ellos.
Elena se acercó a ella, sus dedos rozando la piel expuesta de Lisa en un gesto que la hizo temblar. Sin decir una palabra, la guio hacia el centro de la habitación, donde Carlos ya había comenzado a desvestir a John, revelando su torso musculoso y su erección incipiente.
—Mira cómo lo deseo —murmuró Elena, su aliento cálido en el oído de Lisa, mientras señalaba a Carlos, quien de espaldas a John besaba su cuello y masturbaba su pene erecto y firme.
Lisa no pudo apartar la mirada. La escena era super excitante: John gimiendo suavemente mientras Carlos lo masturbaba, sus cuerpos moviéndose y rozándose al unísono. Elena, notando la excitación de Lisa, se colocó detrás de ella subiendo el vestido hasta la cintura, sus manos deslizándose por vientre, bajando hasta el monte de venus metiendo su mano por el borde de sus bragas con su dedo rozaba su clítoris, mientras sus pechos los rozaba por la espalda.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó Elena con su voz ronca de deseo, mientras despacio y suavemente le quitaba el vestido y la iba dejando desnuda.
—Sí —le dijo ella, —Sí me gusta —con voz temblorosa pero excitada, mientras el vestido caía al suelo, dejando su cuerpo expuesto a la vista.
Carlos, al notar la reacción de Lisa, se acercó a ella, sus ojos llenos de intención. Sin decir una palabra, la tomó de la mano y la guió hacia John, quien ahora estaba de rodillas, mirando con cara de deseo.
—Tócalo, disfruta de el mientras te observo —dijo Carlos, con su voz firme pero suave, mientras colocaba la mano de Lisa sobre el pecho de John.
Ella obedeció, sus manos comenzaron a tocar la piel cálida y sudorosa de John, sintiendo cómo todo su cuerpo se excitaba. John levantó la mirada, y mirándola a los ojos vio en ellos el mismo deseo que ardía en su interior.
Elena, mientras tanto, se había acercado a Carlos, sus labios encontrándose en un beso apasionado que los hizo gemir a ambos. Sus manos se movían con urgencia, despojándose de la ropa restante, revelando cuerpos perfectos que se entrelazaron en un abrazo ardientes.
Lisa, sintiendo la mirada de John sobre ella, se arrodilló frente a él, su polla erecta y dura, sus manos la agarro y con sus labios lamia cada centímetro. John gemía y jadeaba del placer que le producía esa felación delante de esos desconocidos.
Carlos y Elena, ahora completamente desnudos, se habían movido hacia el sofá, donde sus cuerpos se movían en sincronía, sus gemidos llenando la habitación. Carlos estaba detrás de Elena, sus manos agarrando sus caderas mientras la penetraba con fuerza, sus cuerpos brillando a la luz de las velas.
Lisa, sintiendo la excitación crecer en su interior, se separó de John, sus ojos buscando los de Elena. La mujer, al notar su mirada, sonrió y asintió, dando su consentimiento silencioso. Lisa se acercó a ella, sus manos rozando la piel sudorosa de Elena mientras sus labios se acercaban a los de ella.
El beso fue eléctrico, sus lenguas entrelazándose mientras sus manos exploraban nuevos territorios. John, viendo la escena, se acercó a Carlos, sus labios encontrándose en un beso apasionado que los hizo gemir a ambos.
La habitación estaba llena de sonidos de placer: gemidos, suspiros, piel contra piel. Los cuatro cuerpos se movían en una danza erótica, cada toque, cada beso, cada penetración los acercaba más al éxtasis.
Lisa, ahora entre Elena y John, sentía las manos de ambos sobre su cuerpo, sus labios explorando cada curva. Elena la besaba con urgencia, sus dedos deslizándose entre sus piernas, mientras John la penetraba desde atrás, sus movimientos lentos pero firmes.
Carlos, por su parte, había cambiado de posición con Elena, ahora acostado sobre el sofá mientras ella se sentaba sobre él, sus caderas moviéndose en un ritmo hipnótico. Sus ojos estaban cerrados, sus rostros llenos de éxtasis, mientras sus cuerpos se fundían en uno solo.
La noche prometía ser intensa, y Lisa y John estaban listos para explorar esos límites juntos. Con cada toque, cada beso, cada gemido, se adentraban más en un mundo de placer compartido, donde los límites se desdibujaban y el éxtasis era contagioso.
Y así, en esa casa junto a la playa, bajo la luz de las velas y el sonido de las olas, los cuatro cuerpos se entregaron al placer, sus gemidos llenando la noche mientras la pasión los consumía. La historia, sin embargo, estaba lejos de terminar, y la próxima escena prometía ser aún más intensa.
por: Mary Love
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