
Lisa se acomodó en el taburete del bar, su mirada perdida en el vaso de cóctel que sostenía entre sus dedos. El bar del hotel estaba animado, con luces tenues y música en vivo que llenaba el aire. Era su segundo día de vacaciones, y aunque había venido sola, no se sentía incómoda. De hecho, disfrutaba de la libertad de no tener que rendirle cuentas a nadie. Su vestido negro ajustado resaltaba su figura esbelta, y su cabello castaño ondeaba suavemente con el movimiento de su cabeza.
John, por otro lado, había llegado al hotel esa misma tarde. Su viaje de negocios se había convertido en una escapada improvisada cuando su último compromiso se canceló. Con su traje desabotonado y la corbata aflojada, se acercó al bar con la intención de tomar algo antes de retirarse a su habitación. Sus ojos azules escanearon la sala, y en ese momento, sus miradas se cruzaron.
Fue como si el tiempo se detuviera por un instante. Lisa sintió un cosquilleo en la nuca, y sin poder evitarlo, sonrió tímidamente. John correspondió con una sonrisa cálida, y sin mediar palabra, se dirigió hacia ella. El camarero, atento, le sirvió un whisky con hielo antes de que pudiera pedirlo.
—¿Te molesta si me siento aquí? —preguntó John, su voz grave y suave a la vez.
—Para nada —respondió Lisa, haciendo un gesto hacia el taburete vacío a su lado.
La conversación fluyó con naturalidad, como si se conocieran de toda la vida. Hablaban de la música en vivo, un dúo de jazz que tocaba en un rincón del bar. Lisa comentó lo mucho que le gustaba el saxofón, y John compartió anécdotas de sus viajes, donde había escuchado diferentes versiones de la misma melodía. Las copas se vaciaban y se llenaban de nuevo, y con cada trago, la atmósfera entre ellos se volvía más íntima.
—¿Estás aquí de vacaciones? —preguntó John, inclinándose ligeramente hacia ella.
—Sí, necesitaba un descanso —confesó Lisa, jugueteando con el borde de su vaso—. ¿Y tú?
—Algo así —respondió él con una sonrisa enigmática—. Digamos que el trabajo me trajo, pero decidí quedarme un poco más para disfrutar.
El ambiente del bar, combinado con el alcohol y la conexión instantánea entre ellos, creó una tensión palpable. Lisa sintió cómo sus mejillas se sonrojaban ligeramente, y John no pudo evitar notar el brillo en sus ojos verdes.
—Este lugar está un poco ruidoso —comentó John, alzando la voz para hacerse oír sobre la música—. ¿Te gustaría ir a algún lugar más tranquilo?
Lisa dudó por un momento. No era de las que solían seguir a desconocidos, pero había algo en John que la atraía irresistiblemente. Tal vez era su sonrisa confiada, o la forma en que la miraba como si fuera la única persona en la habitación.
—Está bien —dijo finalmente, dejando su vaso en la barra—. Pero solo por una conversación.
John pagó la cuenta con un billete generoso y le ofreció su brazo con un gesto caballeresco. Lisa lo tomó, sintiendo una descarga eléctrica al contacto con su piel. Caminaron en silencio hacia el ascensor, sus pasos sincronizados como si ya hubieran bailado juntos antes.
El ascensor los llevó al piso de John, y él sacó la tarjeta clave de su bolsillo con una sonrisa pícara. La habitación era amplia y elegante, con vistas a la ciudad iluminada. John se acercó al minibar y sacó una botella de champagne, que abrió con un pop festivo.
—Para celebrar nuestro encuentro —dijo, sirviendo dos copas.
Lisa aceptó la copa, sintiendo cómo el champagne burbujeaba en su paladar. Se sentaron en el sofá, pero la proximidad entre ellos era eléctrica. John se inclinó hacia ella, su aliento cálido rozando su oído.
—¿Sabes, Lisa? —susurró—. No puedo dejar de pensar en lo hermosa que eres.
Ella sintió un escalofrío recorrer su espalda. Sabía que esto iba más allá de una simple conversación, pero algo en su interior le decía que no quería detenerlo.
—John... —comenzó, pero él la interrumpió con un beso.
Sus labios se encontraron en un beso apasionado, lleno de deseo contenido. John la atrajo hacia él, sus manos recorriendo su espalda mientras ella enredaba sus dedos en su cabello. El champagne olvidado en la mesa, el mundo exterior desapareció.
John la levantó en sus brazos, llevándola hacia la cama con una facilidad que la hizo reír entre besos. La tumbó suavemente sobre las sábanas, su cuerpo cálido y fuerte presionando contra el suyo. Lisa sintió cómo su vestido era deslizado por sus hombros, exponiendo su piel a la mirada hambrienta de John.
—Eres increíble —murmuró él, besando su cuello, su clavícula, cada centímetro de piel que quedaba al descubierto.
Ella arqueó la espalda, gimiendo suavemente mientras sus manos buscaban la hebilla de su cinturón. John se deshizo de su camisa, revelando un torso musculoso y vello oscuro que ella no pudo resistirse a tocar.
—Despacio —susurró él, capturando sus labios de nuevo—. Quiero saborear cada momento.
Pero la pasión era demasiado intensa, demasiado urgente. Lisa se sentó, desabotonando su pantalón con manos temblorosas. John la ayudó, dejando que cayera al suelo, y ella se arrodilló frente a él, su mirada fija en su erección que ya se marcaba claramente a través de sus boxers.
—Lisa... —gimió él, mientras ella deslizaba sus manos por sus muslos, subiendo lentamente hasta alcanzar el borde de su ropa interior.
Con un movimiento fluido, ella bajó sus boxers, liberando su miembro duro y palpitante. John jadeó, sus manos agarrando las sábanas mientras Lisa lo miraba con ojos llenos de deseo.
—¿Estás segura? —preguntó él, su voz ronca.
—Más que nunca —respondió ella, acercando su boca a la punta de su pene.
Lo besó suavemente, sintiendo cómo temblaba bajo sus labios. Luego, con un movimiento lento y deliberado, lo tomó en su boca, saboreando su sabor salado y masculino. John gruñó, sus caderas moviéndose ligeramente mientras ella lo acariciaba con su lengua, explorando cada centímetro de él.
—Joder, Lisa... —murmuró, sus manos enredándose en su cabello—. Eres increíble.
Ella sonrió en torno a él, disfrutando del poder que tenía sobre este hombre desconocido. Lo miró a los ojos mientras lo liberaba de su boca, y él la atrajo hacia arriba, besándola con fervor, saboreando su propio esencia en sus labios.
—Ahora tú —dijo John, tumbándola de nuevo en la cama.
Sus manos recorrieron su cuerpo, deshaciéndose del resto de su ropa con una urgencia que la hizo reír y gemir al mismo tiempo. Lisa se quedó en ropa interior, su sostén negro y sus braguitas a juego, y John se arrodilló frente a ella, su mirada devorándola.
—Eres perfecta —susurró, deslizando sus manos por sus muslos, subiendo lentamente hasta alcanzar el borde de sus braguitas.
Ella contuvo el aliento mientras él las bajaba, exponiendo su sexo húmedo y palpitante. John sonrió, su aliento cálido en su piel sensible, y luego bajó su cabeza, besando suavemente su clítoris antes de deslizar su lengua en su interior.
Lisa arqueó la espalda, gimiendo su nombre mientras él la saboreaba, explorando cada pliegue de su cuerpo con una habilidad que la hizo perder el control. Sus dedos se enredaron en su cabello, guiando sus movimientos mientras él la llevaba al borde del éxtasis una y otra vez, sin permitirle caer.
—John, por favor... —suplicó ella, su voz ronca de deseo.
Él sonrió contra su piel, besando su camino de vuelta a sus labios.
—¿Qué quieres, Lisa? —preguntó, su voz llena de promesas.
—A ti —respondió ella, tirando de él hacia arriba, necesitando sentir su peso sobre ella, su calor, su dureza.
John no necesitó más invitación. Se posicionó entre sus muslos, su miembro palpitante alineado con su entrada húmeda. La miró a los ojos, buscando permiso, y ella lo atrajo hacia abajo con un movimiento de caderas.
Entró en ella lentamente, llenándola por completo, y Lisa gimió, sus uñas clavándose en sus hombros mientras se ajustaba a su tamaño. John la besó, sus labios silenciando sus gemidos mientras comenzaba a moverse, entrando y saliendo de ella con un ritmo constante y profundo.
La habitación se llenó con el sonido de sus gemidos y el crujido de las sábanas mientras se movían en perfecta sincronía. John la besaba, la tocaba, la exploraba, y Lisa se perdió en las sensaciones, su cuerpo respondiendo a cada caricia, a cada embestida.
—Más rápido —susurró ella, sus caderas encontrándose con las de él en un ritmo frenético.
John sonrió, complaciéndola, aumentando el ritmo hasta que la cama crujió bajo ellos. Lisa sintió cómo se acumulaba la tensión en su interior, una espiral de placer que la llevaba más y más alto.
—Juntos —gimió John, su voz ronca en su oído.
Y en ese momento, se dejaron llevar, sus cuerpos temblando mientras alcanzaban el clímax juntos, sus nombres en sus labios en un susurro ahogado.
John se derrumbó sobre ella, su peso cálido y reconfortante. Lisa lo abrazó, sintiendo su corazón latir contra el suyo, su respiración entrecortada en su cuello.
—Eso... fue... increíble —dijo él finalmente, besando su frente.
—Sí —susurró ella, su voz aún temblorosa—. Pero no ha terminado.
John la miró, una sonrisa pícara en sus labios.
—¿Tienes alguna idea de lo que quieres hacer ahora? —preguntó, sus dedos trazando patrones en su piel.
Lisa sonrió, sus ojos brillando con una mezcla de satisfacción y deseo.
—Tengo algunas ideas —respondió, tirando de él hacia un nuevo beso—. Pero primero, necesito un respiro.
John rió, su aliento cálido en su cuello.
—Un respiro suena bien —dijo, besando su camino hacia abajo—. Pero no te acostumbres demasiado a esto.
—¿A qué te refieres? —preguntó Lisa, sus dedos enredándose en su cabello.
—A que no pienso dejarte ir tan fácilmente —respondió él, su voz ronca y llena de promesas.
Lisa sonrió, sintiendo cómo su corazón latía con una mezcla de emoción y anticipación.
—Eso suena como un plan —susurró, atrayéndolo hacia un nuevo beso, sabiendo que esta noche era solo el comienzo.
Y mientras sus labios se encontraban de nuevo, la ciudad continuaba su ritmo afuera, ajena al mundo de pasión y deseo que había nacido en esa habitación de hotel. Pero para Lisa y John, el mundo exterior no existía en ese momento. Solo estaban ellos, sus cuerpos entrelazados, sus corazones latiendo al unísono, y la promesa de más noches como esta por venir.
Continuará...
por: Mary Love
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