"Hay que tener cuidado con los calabacines porque a veces se parten".
Esa frase la soltó con su más ingenua naturalidad, mi amiga Irene en una cena de más de 10 personas, abriendo mucho los ojos como para subrayar que sabía lo que decía. Hubiera parecido que estaba explicando cómo se elaboraba una sencilla receta a un grupo de jóvenes esposas, si no hubiera añadido con ese desparpajo tan suyo: "me encanta cuando Santi bebe mucho, que como no se levanta, siempre acabamos jugando con lo que tenga en la nevera, te da la seguridad de saber que vas a tener 15 centímetros dentro tuyo". Y con una sonrisa más perversa le iba llenando la copa de vino a su marido, quien no parecía en absoluto molesto por la revelación de sus intimidades de cama ahí, en público, ante algunos amigos, sí, pero también ante gente a la que apenas conocía.
A partir de ese momento yo me sentí un tanto inquieta, si claro, ¿Quién no ha fantaseado con meterse de todo por el coño?, pero es algo que nunca llevas a cabo, porque de alguna forma resulta sórdido, sucio o quizás doloroso, el caso es que no sé si porque llevaba 8 días sin follar, o porque era una noche de calor, o porque maldita razón, las hormonas me estaban jugando una mala pasada y no podía evitar hacer mentalmente un inventario de lo que tenía en el frigorífico, con un poco de suerte quizá hubiera alguna zanahoria, calabacín..., pero lo dudaba.
Participaba de la conversación, me reía de los chistes, fumaba y bebía como si tal cosa, pero no dejaba de pasarme por la cabeza las más bizarras imágenes, mil posibilidades masturbatorias. Dios, me estaba empapando a base de bien, ayudé a Irene a recoger algunos platos y en el trajín de ida y vuelta a la cocina abrí la nevera esperando encontrar algo que me diera alguna satisfacción más tarde, algo que no fuera difícil de ocultar con disimulo en mi bolso. Dios, tenía de todo, zanahorias, calabacines, pepinos, bananas...estaba sopesando la sorprendente variedad de verduras cuando noto una presencia detrás de mí. Irene que me ve, se acerca y al oído me dice con su dulce voz: "recuerda lo de los calabacines", me río y le confieso que hace tiempo que no me como nada y que ando un tanto desesperada. ¿Lo has hecho antes?, me pregunta inquisidora. Le contesto que en su variedad de gastronómica no, con Alberto habíamos jugado con vibradores y demás, pero que ya sabía cómo era, tan técnico, que no dejaba nada a la imaginación, que era de los que si te toco aquí...esto es el clítoris por lo tanto te corres. La verdad es que no había forma de explicarle que pusiera un pelín más de pasión y se olvidara de tanta teoría, para volverlas locas, leídas en esas revistillas modernillas, para el Ejecutivo de hoy en día. Irene me sonrió, con lo que me me dio la impresión de lástima, y me susurro: "Cuando se vayan todos, quédate". Vale, le dije muy bien, sin saber en lo que me estaba metiendo. El resto de la velada lo pasé en un estado de excitación y curiosidad que apenas podía controlar, pensaba que la gente no se iba a ir nunca. Es, el mismo estado de agitación en el que te encuentras cuando tienes tu primera cita, o en los primeros polvos, te apetece es insoportable el deseo, pero estás aterrada de, de que algo salga mal, de que no disfrutes, de que no estés a la altura, o peor, de que sea una total decepción. Por fin se fue Carlos el último al que no había manera de largar y que se aferraba a la botella de Jack Daniels como si en ello le fuera la vida. Se llevo la botella bajo el brazo y nos quedamos Irene Santiago y yo. Supe inmediatamente que Santiago estaba al corriente de las intenciones de su mujer, aunque yo no sabía muy bien cuál era mi papel en todo esto. Sabiendo que son buenos amigos, me relajé, y les pregunte que qué hacíamos. Entonces Irene me hizo tumbar boca arriba en el sofá y me subió el vestido hacia la cintura, entonces empezó a MASAJEAR por encima de las braguitas en movimientos circulares..., introducía un dedo por debajo del elástico, lo sacaba, me daba pequeños besos en la cara, me mojaba los óvulos de las orejas de saliva, los mordía, bajaba hasta interior de los muslos y los besaba.
Entre abrí los ojos, y vi a Santiago que se había quitado los pantalones, con una mano sobre su polla, bien tiesa, disfrutando del espectáculo, contemplando las muchas atenciones que su mujer tenía para conmigo. Irene, me quito las bragas y me separo las piernas, noté como su lengua hábil, me abría los labios, como se abría paso a aquel clítoris, como con movimientos expertos, me estaba haciendo perder el sentido de toda proporción. De pronto sentí como una mano más grande, más fuerte, sin duda la de Santi me bajaba la parte de arriba del vestido hacia la cintura, y noté como pellizcaba los pezones con ese punto de intensidad adecuado, que no hace daño pero que realmente lo notas. Las oleadas de placer me invadieron de una manera que me hacían sentir totalmente desbordada. El me estrujaba los pezones, me lo sobaba, me los besaba, me los mordía, y ella seguía lamiendo con su increíble precisión en el lugar exacto, con la presión y el ritmo adecuados. Noté que me abalanzaba hacia el orgasmo y quise aguantar un rato, pero era imposible, mi cuerpo no respondía, mi mente estaba al rojo vivo y sentí como el cerebro se me reblandecía, los espasmos incontrolables de mi cuerpo, la cantidad de líquido que me salía de mi coño. No me dieron tregua, ni siquiera a fumarme un pitillo. Irene seguía, chupa que te chupa trabajando mi coño, y sentí la inmensa polla de Santiago en mi boca. Me había agarrado la cabeza con una mano y me la movía de forma que ésa polla enorme entraba y salía, llegaba hasta la garganta, me retenía quieta y un instante y rítmicamente me balanceaba adelante y atrás, con una fuerza y una destreza que no estaba exenta de ternura.
Desde luego, Irene y Santiago eran un buen equipo en lo que se refiere a poner a alguien a tono, de repente note una presión en la garganta, le oí estremecerse y saboree esa delicia ligeramente agria que me inundaba boca.
Irene se apartó un poco y vi como cogió un pepino enorme, le susurre que tuviera cuidado, y sonrió traviesa. Miré a Santi, me sonreía también con su polla tan empalmada como lo había tenido hacía tan solo medio minuto. De pronto sentí algo frío dentro de mí, Irene me estaba introduciendo por mi coño un pepino con un preservativo puesto poco a poco, metiendo y sacando cada vez más adentro, cada vez más. Me dolía y me encantaba encantaba, me hizo girar sobre mi cuerpo y ponerme a cuatro patas en frente a un espejo enorme que cubría casi toda la pared, la veía por detrás ocupada fallándome el coño con aquella hortaliza. De pronto noté algo muy fuerte, algo que me entraba por el culo, me había introducido algo tan bien por ahí, tenía los dos agujeros ocupados y pensaba que me iba a morir de placer. Miré al espejo y vi a Irene reflejada en él, y a Santiago detrás de ella, la estaba montando por detrás mientras ella seguía jugando con mis orificios, el sudor le resbalaba por la frente, empezó a gemir más y más fuerte. Perdiendo levemente el control me clavaba los pepinos bien adentro, se encontraba en un estado de excitación tal, que estaba a punto de correrse. A mi, me faltaba la respiración, la cabeza me daba vueltas y más vueltas, sentía como mi extremidades temblaban, comenzaba a venirme, se intensificaba más y más, hasta que se desbordó y me corrí, me estaba vaciando toda. En ese estado de estasis sentí a Irene encima mía temblando como un flan, estaba teniendo una corrida espectacular, yo en pleno estado de placer la abrace y terminamos de corrernos las dos, después nos besamos y quedamos relajadas.
Tengo que decir que experimente el orgasmo más bestia y el más largo que había tenido jamás hasta la fecha. Ahora, cuando voy a ir al mercado, antes llamo a Irene para ver si me acompaña. Juntas examinamos la mercadería que sea de buena calidad y de buen tamaño. Y luego vamos a casa a prepararle la cena a su maridito, y si no está pues cenamos solas antes de jugar un rato. A veces ni siquiera cenamos.
por: Mary Love


Saludos, excelente relato eres única! Me excitan las mujeres decididas! Te escribo desde el norte de España
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