Soy Valeria, tengo 25 años, y mi cuerpo es un campo de batalla donde el placer y el dolor se entrelazan en una danza salvaje. En el siglo XXI, la libertad sexual me permite abrazar mis deseos más oscuros sin miedo, y el BDSM es mi santuario. Hace unos días, una amiga me habló de una mazmorra privada en el Gótico de Barcelona, un club exclusivo donde dominantes y sumisos se entregan al arte del poder y la lujuria.
La idea de cuerdas apretando mi piel, látigos rozando mi coño y la entrega total hizo que mi clítoris palpitara al instante. Anoche, me sumergí en esa mazmorra, y lo que viví me llevó a orgasmos que me hicieron temblar. Este relato explícito, sensual y ardiente, cargado de palabras guarras, os hará pajearos hasta correros sin control.
Llegué al club con un vestido de látex negro que se pegaba a mis curvas, sin bragas, dejando mi coño expuesto bajo la tela ajustada. Mis pezones, duros, se marcaban, y los jugos ya resbalaban por mis muslos. La mazmorra era un sueño oscuro: paredes de piedra, luces rojas parpadeantes, jaulas, cruces de San Andrés, mesas de bondage con cuerdas y esposas, y un escenario donde se exhibían escenas de dominación.
El aire olía a cuero, cera caliente y sexo crudo. La maîtresse, una dominatrix con botas altas y un látigo, me dio la bienvenida: "Consentimiento es sagrado. Usa 'rojo' para parar, 'amarillo' para pausar. ¿Sumisa o dominante?". "Sumisa, pero dispuesta a todo", respondí, mi coño goteando. Ella sonrió y me guió al interior.
Empecé observando una escena en la sala principal. Una sumisa, atada con cuerdas shibari, gemía mientras su amo le azotaba el culo con una fusta. "Castígame, amo, hazme tuya", suplicaba ella. Mi coño palpitó; quería ser ella. Me quité el vestido, quedándome en tacones, mi piel brillando bajo las luces.
Un hombre, de unos 35, con una máscara de cuero y una polla semierecta, se acercó. "¿Lista para jugar?", preguntó. "Átame y lámeme el coño", respondí, guarra. Negociamos límites: dolor suave, palabra de seguridad "rojo". Me llevó a una cruz de San Andrés, atando mis muñecas y tobillos con cuerdas suaves. "Mirad mi coño, cómo gotea para vosotros", dije al público que empezaba a reunirse.
Me vendó los ojos, y la oscuridad intensificó mi excitación. "Lame mi clítoris, pasa tu lengua por mi coño mojado", supliqué. Su lengua recorrió mis labios hinchados, succionando mi botón con precisión. "Joder, chúpame más, lame mi chochito hasta que me corra", gemí, guarra, tirando de las cuerdas. Sus dedos rozaron mi entrada, y el morbo de estar atada y observada me encendió más.
Una mujer se unió, sus manos acariciando mis tetas. "Chúpamelas, hazme sentir tu boca", le pedí. Sus labios succionaron mis pezones, enviando descargas a mi coño. "Lame mi clítoris, cabrón, hazme squirtear". Me corrí gritando, squirteando en su boca, mi coño convulsionándose contra las cuerdas.
Me desató y me llevó a una mesa de bondage. "Voy a azotarte", dijo, mostrando una fusta de cuero. "Castígame, amo, haz que mi coño arda", respondí. Los primeros azotes fueron suaves, un calor delicioso en mis nalgas. "Más fuerte, rómpeme", gemí. Los siguientes fueron firmes, cada golpe enviando descargas a mi clítoris. "Fóllame ahora, méteme esa verga gorda", supliqué.
Se puso un condón, obligatorio en el club, y me penetró desde atrás, mi coño apretado abriéndose para él. "Fóllame duro, rompe mi coño, lléname con tu leche", grité, guarra, aunque el condón lo contenía. Cada embestida golpeaba mi punto G, las cuerdas apretando mis muñecas. Una mujer se acercó, lamiendo mi clítoris mientras me follaban. "Lame mi clítoris, chúpame toda", gemí. El orgasmo fue brutal, squirteando en su cara mientras él gruñía, corriéndose.
Quería más, así que fuimos al escenario central. Quería exhibirme, sentir todos los ojos en mi cuerpo sumiso. Me ataron en una silla de bondage, piernas abiertas, coño expuesto. "Mirad mi coño, cómo palpita por vosotros", dije, guarra. Mi amo usó un vibrador de alta tecnología, un succionador de clítoris. "Chupa mi clítoris, joder, qué rico", gemí al sentir la succión.
El público gemía, algunos masturbándose, otros follando. Metió el vibrador en mi coño, follándome lento. "Fóllame con esto, méteme todo", murmuré, acelerando. Una dominatrix se unió, azotando mis tetas con una fusta suave. "Castígame, hazme correr", le pedí. El vibrador y los azotes me llevaron al límite. "Sí, me corro, mirad cómo squirteo para vosotros". El orgasmo fue público, mi coño squirteando frente a todos, mi cuerpo temblando en la silla.
El clímax final fue en una orgía en la sala de espejos. Me uní a un grupo: tres hombres, dos mujeres y mi amo. Me ataron en una mesa, piernas abiertas, coño y culo expuestos. "Folladme todos, rompedme", supliqué. Un hombre lamió mi clítoris mientras otro me follaba con condón. "Lame mi clítoris, chúpame toda, fóllame duro", gemí, guarra. Una mujer montó mi cara, su coño mojado rozando mi lengua. "Pasa tu lengua por mi coño, hazme correr", me pidió.
Otro hombre metió un dedo lubricado en mi culo. "Fóllame el culo, lléname", grité. La doble penetración fue abrumadora: una polla en mi coño, otra en mi culo, una lengua en mi clítoris, un coño en mi boca. "Sí, hacedme vuestra puta, llenadme con vuestra leche". Los orgasmos se encadenaron, mi coño y culo contrayéndose, squirteando sin control. Todos se corrieron, gimiendo en un caos de placer.
Salí de la mazmorra al amanecer, mi piel marcada por cuerdas, mi coño satisfecho pero ansioso por más. En este mundo de libertad sexual, las mazmorras BDSM son un templo donde el poder y el placer se funden. Si os ha dado morbo, imaginaos en Barcelona, en esta mazmorra, entregándoos al éxtasis.
por: © Mary Love
Mary Love (@tequierodori) / X
.jpg)
Comentarios
Publicar un comentario