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Relato erótico: Juego de roles en una mazmorra de switch en Barcelona


Soy Emma, tengo 27 años, y mi cuerpo es un lienzo donde el placer y el poder se alternan en una danza salvaje. En el siglo XXI, la libertad sexual me permite ser un "interruptor" en el BDSM, navegando entre la sumisión y la dominación con una fluidez que hace palpitar mi coño. 

La idea de rendirme un momento y tomar el control al siguiente es mi droga. Hace unos días, contacté a un compañero switch, Lucas, para una sesión privada en una mazmorra del Eixample, Barcelona, un lugar diseñado para explorar los extremos del deseo. Anoche, jugamos un juego de roles donde intercambiamos el poder, y los orgasmos que vivimos me hicieron temblar. Este relato explícito, sensual y ardiente, cargado de palabras guarras, os hará pajearos hasta correros sin control.


Llegué a la mazmorra al anochecer, con un corsé de látex negro que apretaba mis tetas, dejando mis pezones duros visibles, y una falda corta sin bragas, mi coño depilado goteando de anticipación. Llevaba botas de tacón y un látigo pequeño, lista para ser ama o esclava. La mazmorra era un santuario del placer: paredes oscuras, luces rojas parpadeantes, una cruz de San Andrés, cuerdas de shibari, una cama con esposas y una silla de bondage. 

El aire olía a cuero, cera y sexo. Lucas, de 30 años, con cuerpo definido y una polla semierecta, me esperaba vestido solo con un arnés de cuero. "Consentimiento es todo. ‘Rojo’ para parar, ‘amarillo’ para pausar. ¿Quién empieza mandando?", preguntó, su voz cargada de deseo. "Yo primero, perro, pero luego te toca", respondí, guarra, mi coño palpitando. 


Dominando a Lucas

Lo llevé a la cruz de San Andrés, atando sus muñecas y tobillos con cuerdas de yute. "Mira mi coño, zorra, pero no lo tocas hasta que lo merezcas", dije, levantando mi falda, dejando que viera mis labios hinchados. Su polla se endureció al instante. Rozé el látigo por su pecho, luego azoté sus muslos, marcando su piel con un calor rojo. "Pide tu castigo, perro", ordené. "Castígame, ama, hazme tu puta", suplicó. Los azotes fueron firmes, su polla palpitando. "Joder, qué polla patética, no merece mi coño aún", me burlé, guarra. 

Lo desaté y lo puse de rodillas. "Lame mi clítoris, pasa tu lengua por mi coño mojado", ordené, sentándome en la silla de bondage, piernas abiertas. Su lengua lamió mis jugos, succionando mi botón con hambre. "Chúpame más, cabrón, lame mi chochito hasta que me corra", gemí, guarra, agarrando su pelo. Mi orgasmo fue brutal, squirteando en su cara, mi coño convulsionándose. "Buen perro", dije, y le di un azote suave en la polla, haciéndolo gemir.

"Ahora te toca mandar", dije, entregándole el control. La transición me excitó; mi coño goteaba por rendirme.

Rindiéndome a Lucas

Me llevó a la cama, atándome las muñecas con esposas de cuero. "Mira mi polla, pero no la tocas hasta que lo ganes", dijo, guarro, acariciándola frente a mí. Mi coño palpitó. Rozó una fusta por mis tetas, luego azotó mis muslos, un calor delicioso marcando mi piel. "Pide tu castigo, zorra", ordenó. "Castígame, amo, hazme tu puta", supliqué. Los azotes fueron precisos, cada golpe enviando descargas a mi clítoris. "Lame mi clítoris, pero primero sufre", dijo. Me desató y me puso de rodillas. "Chúpame la polla, guarra", ordenó. 

Lamí su glande, succionando hasta los huevos. "Joder, chupa mi verga, hazme correr", gruñó. Mientras chupaba, metí dos dedos en mi coño, follándome. "Fóllame el coño, amo, lléname", gemí. Se puso un condón, regla de la mazmorra, y me penetró en perrito, mi coño apretado abriéndose para su polla gruesa. "Fóllame duro, rompe mi chochito, lléname con tu leche", grité, guarra, aunque el condón lo contenía. Me corrí squirteando, mi coño convulsionándose, mientras él gruñía.

Intercambio final en el escenario

Volvimos a cambiar roles en el escenario central, una plataforma con espejos para exhibir nuestro juego. Decidí dominar de nuevo. Até a Lucas en un nudo shibari, cuerdas apretando su pecho y polla, dejándolo inmóvil. "Mira qué zorra eres, con esa polla dura para mí", dije, burlona. Cogí un vibrador de alta tecnología, un succionador de clítoris, y me senté frente a él. "Mira cómo me corro, pero tú no tocas", ordené. 

Encendí el vibrador, gimiendo: "Oh, joder, chupa mi clítoris, qué rico". Mi coño goteaba, y me follé con el vibrador. "Fóllame con esto, méteme todo", murmuré, guarra, corriéndome con un squirt que salpicó el suelo. "Pídeme permiso para pajearte, perro", dije. "Por favor, ama, déjame tocar mi polla", suplicó. "Tócate, pero no te corras", ordené. Se pajeó, desesperado, mientras yo lo miraba.

El clímax llegó cuando me rendí de nuevo. Lucas me desató y me ató en la silla de bondage, piernas abiertas, coño expuesto. "Pídeme que te folle, zorra", ordenó. "Fóllame, amo, rómpeme el coño", supliqué. Usó el vibrador en mi clítoris mientras me penetraba con condón. "Lame mi clítoris con esto, fóllame duro, lléname", gemí, guarra. 

Una mujer que observaba, invitada para añadir morbo, lamió mis tetas. "Chúpamelas, hazme correr", le pedí. La doble estimulación —vibrador, polla, lengua— me llevó al límite. "Sí, me corro, mirad cómo squirteo", grité, mi coño squirteando frente a los espejos. Lucas se corrió, gruñendo, y la mujer gimió, tocándose.

Salí de la mazmorra al amanecer, mi piel marcada por cuerdas, mi coño satisfecho pero listo para más. En este mundo de libertad sexual, ser switch es un arte donde domino y me rindo con igual pasión. Si os ha dado morbo, imaginaos en Barcelona, en esta mazmorra, jugando con el poder y el placer.


por: © Mary Love
Mary Love (@tequierodori) / X



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