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Relato erótico: Inversión de roles en una mazmorra privada de Barcelona


Soy Lucía, tengo 28 años, y mi cuerpo es un campo magnético donde el deseo y el poder se cruzan en un baile prohibido. En el siglo XXI, la libertad sexual me permite jugar con los roles, romper las reglas y tomar el control donde antes me rendía. Siempre he sido sumisa, pero la idea de invertir los roles, de dominar a un hombre fuerte y hacerlo suplicar por mi coño, hizo que mi clítoris palpitara sin control. 

Hace unos días, contacté a un amigo, Adrián, un sumiso curioso, para una sesión de role reversal en una mazmorra privada del Poble Sec, Barcelona. Anoche, me convertí en su ama, y lo que viví me llevó a orgasmos que me sacudieron entera. Este relato explícito, sensual y ardiente, cargado de palabras guarras, os hará pajearos hasta correros sin parar.


Llegué a la mazmorra con un corsé de cuero negro que abrazaba mis tetas, dejando mis pezones duros a la vista, y una falda de vinilo sin bragas, mi coño depilado goteando de anticipación. Llevaba botas de tacón alto y un látigo pequeño en la mano, lista para mandar. La mazmorra era un sueño oscuro: paredes de terciopelo negro, luces violetas tenues, una cruz de San 

Andrés, cuerdas de shibari, una silla de bondage y una cama con esposas. El aire olía a cuero, cera y poder. Adrián, de 34 años, musculoso y con una polla ya semierecta, me esperaba de rodillas, desnudo, como le ordené. "Consentimiento es la ley, perro. ‘Rojo’ para parar, ‘amarillo’ para pausar. ¿Listo para ser mi zorra?", dije, mi voz firme. "Sí, ama, mi polla es tuya", respondió, sumiso. "Y tu culo", añadí, guarra, sintiendo mi coño mojarse más. 


Lo llevé a la cruz de San Andrés, atando sus muñecas y tobillos con cuerdas de yute. "Mira mi coño, pero no lo tocas hasta que lo ganes", dije, levantando mi falda, mostrando mi coño brillante. Su polla se endureció al instante. Rozé el látigo por su pecho, luego azoté sus muslos suavemente, marcando su piel. "Pide tu castigo, zorra", ordené. "Castígame, ama, hazme tu puta", suplicó. Los azotes fueron firmes, su polla palpitando con cada golpe. "Joder, qué polla tan patética, no merece mi coño aún", me burlé, guarra. "Lame mi clítoris, pero primero sufre", dije, rozando el látigo por su polla. 

Lo desaté y lo puse de rodillas. "Lame mi clítoris, pasa tu lengua por mi coño mojado", ordené, sentándome en la silla de bondage, piernas abiertas. Su lengua lamió mis jugos, succionando mi botón con devoción. "Chúpame más, perro, lame mi chochito hasta que me corra", gemí, guarra, agarrando su pelo. Mi orgasmo fue explosivo, squirteando en su cara, mi coño convulsionándose mientras él gemía.

"No mereces tocarte", dije, atándolo a la cama, muñecas y tobillos esposados. Cogí un plug anal pequeño, lubricándolo frente a él. "Voy a follarte el culo, zorra", dije, guarra. "Fóllame, ama, rómpeme el culo", suplicó. Metí el plug despacio, su culo apretado cediendo. "Toma mi juguete, puta, siente cómo te abro", dije, moviéndolo dentro de él. 

Su polla goteaba precum, y yo froté mi clítoris, excitada por el control. "Joder, mi coño está chorreando por dominarte", gemí. Mientras movía el plug, rocé su polla con un guante de látex. "Pídeme permiso para correrte, perro", ordené. "Por favor, ama, déjame correrme", suplicó. "Aún no", dije, llevándolo al borde con caricias lentas, luego parando. Su gemido de frustración me hizo sonreír.

Lo llevé al escenario de la mazmorra, una plataforma con espejos. Lo até en un nudo shibari, cuerdas apretando su pecho y rodeando su polla y huevos, inmovilizándolo. "Mira qué zorra eres, con esa polla dura para mí", dije, burlona. Cogí un vibrador de alta tecnología, un succionador de clítoris, y me senté frente a él. "Mira cómo me corro, pero tú no tocas", ordené. Encendí el vibrador, gimiendo: "Oh, joder, chupa mi clítoris, qué rico". Mi coño goteaba, y me follé con el vibrador. "Fóllame con esto, méteme todo", murmuré, guarra, corriéndome con un squirt que salpicó el suelo. "Pídeme permiso para pajearte, zorra", dije. "Por favor, ama, déjame tocar mi polla", suplicó. "Tócate, pero no te corras", ordené. Se pajeó, desesperado, mientras yo lo miraba, mi coño aún palpitando.

El clímax llegó en una última escena. Lo desaté y lo puse de rodillas. "Chúpame el coño otra vez, perro, gánate mi permiso", ordené. Lamí su clítoris, metiendo la lengua en mi agujero resbaladizo. "Lame mi clítoris, chúpame toda, cabrón", gemí, guarra. Mientras me lamía, cogí un strap-on de silicona negra y lo ajusté. "Voy a follarte el culo, zorra", dije. 

Lubricé su ano y lo penetré despacio, su culo apretado cediendo. "Fóllame, ama, rómpeme", gimió. "Toma mi polla, puta, siente cómo te abro", dije, acelerando. Froté mi clítoris mientras lo follaba, mi coño chorreando. "Joder, mi chochito está ardiendo por romperte", gemí. Le permití pajearse, y su polla explotó, semen salpicando mientras yo me corría, squirteando en su espalda. Para cerrar, lo hice lamer mis jugos del suelo. "Chupa mi leche, perro", ordené, y obedeció, temblando.

Salí de la mazmorra al amanecer, mi piel sudada, mi coño satisfecho pero listo para más. En este mundo de libertad sexual, el role reversal es un juego donde el poder y el placer se invierten con delicia. Si os ha dado morbo, imaginaos en Barcelona, de rodillas ante mí, suplicando mi dominio.


por: © Mary Love
Mary Love (@tequierodori) / X


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