EL AIRE DE ALICANTE ERA UN susurro ardiente, cargado de sal y promesas que me encendían la piel. No había venido solo por el sol abrasador o las playas atestadas; buscaba algo más, algo que me arrancara de mí misma y me arrojara al abismo del deseo.
Soy Valentina, y en mi segundo día en la ciudad, Javier me encontró en un bar del casco antiguo. Sus ojos negros me desnudaron antes de que nuestras copas chocaran, y esa noche, en su apartamento con vistas al castillo de Santa Bárbara, follamos con una furia animal. Sus manos cartografiaron mi cuerpo como si fuera suyo, y cuando me penetró, duro y profundo, grité “¡me encanta, cómo disfruto!” mientras me corría una y otra vez, hasta que colapsamos, empapados en sudor y éxtasis.
¡Pero Alicante tenía más para mí!.
Antes de partir a Madrid, una fantasía me consumía: quería follar con una pareja de japoneses, chico y chica, saciar esa curiosidad que me quemaba. Siempre me había preguntado si los hombres japoneses tenían su polla pequeña, como decían los rumores, y si las mujeres, al correrse, chillaban como ratitas, un sonido que me ponía tan cachonda que me mojaba solo de imaginarlo. Era más que morbo; era una necesidad que me hacía arder.
En el bar de la piscina del hotel, mientras saboreaba un gin-tonic, los vi. Aiko era una diosa exuberante, con curvas que desafiaban cualquier cliché de delicadeza japonesa. Su piel de porcelana y sus pechos generosos, apenas contenidos por un top ajustado, me hipnotizaron. Kenji, de estatura media, tenía una calma magnética, su sonrisa un anzuelo que prometía pecados inconfesables. Hablamos durante horas, las palabras tejiendo un hechizo entre risas y miradas cada vez más afiladas. Cuando Aiko rozó mi mano y susurró algo en japonés a Kenji, supe que la noche sería nuestra. “Ven a nuestra habitación esta noche”, dijo ella, su voz un látigo de terciopelo. Asentí, con el pulso latiéndome entre las piernas.
La suite estaba bañada en una luz ámbar, con velas que proyectaban sombras sensuales. Aiko llevaba un kimono de seda roja que se deslizaba por sus curvas como un suspiro, y Kenji, en una camiseta que marcaba cada músculo, me miró con una intensidad que me hizo jadear. Me ofrecieron sake, pero apenas lo probé antes de que Aiko se acercara, sus dedos trazando fuego en mi cuello. “Eres puro deseo, Valentina”, murmuró, y me besó, primero suave, luego con una hambre que me deshizo. Sus labios sabían a cerezas maduras, y cuando Kenji se unió, besando mi nuca mientras desabrochaba mi vestido, supe que estaba perdida. La tela cayó al suelo, y mis bragas ya estaban empapadas.
Nos arrojamos a la cama, un torbellino de carne y lujuria. Aiko me guió hacia sus pechos, y lamí sus pezones duros como guijarros, arrancándole un gemido agudo que me hizo sonreír. Kenji se desnudó, y cuando vi su polla, me maravillé de su belleza: gruesa, dura, perfectamente formada, con un capullo rosado que pedía ser adorado. Antes de que me penetrara, necesitaba saborearlo. Me incliné, mi lengua trazando círculos lentos alrededor de su capullo, lamiendo la gota salada que perlaba en la punta. “Me encanta, cómo disfruto”, gemí mientras chupaba, mi boca deslizándose por su longitud, mis labios rozando sus testículos tersos y pesados. Aiko, entre tanto, se había deslizado bajo mí, su lengua hundida en mi coño, lamiendo mi clítoris con una precisión que me hacía temblar. “Lame mi clítoris, sigue”, le supliqué, y ella intensificó su ritmo, llevándome al borde. Mis gemidos se mezclaban con los chupones húmedos de mi boca en la polla de Kenji, y cuando Aiko me hizo correrme, mi cuerpo se convulsionó, un orgasmo que me dejó jadeando contra su sexo.
Ahora, con el cuerpo aún vibrando, quería más. Quería ser follada, sentir a Kenji dentro de mí mientras devoraba a Aiko. Ella se sentó a horcajadas sobre mi cara, su coño brillante y húmedo presionado contra mi boca. “¡Fóllame con la lengua!”, gimió, y yo obedecí, mi lengua hundida en sus pliegues, saboreando su dulzura salada mientras sus caderas se mecían. Kenji se posicionó detrás de mí, levantando mis caderas, y me penetró con un golpe seco que me arrancó un grito. “Mete tu polla, fóllame”, le rogué, y él embistió, su polla llenándome mientras yo lamía el coño de Aiko, sus chillidos agudos de ratita resonando en la habitación, cada vez más intensos, más desesperados.
Cambiamos de postura, insaciables. Aiko se puso a cuatro patas, su culo redondo alzado, y yo me tumbé debajo, mi lengua de nuevo en su clítoris mientras Kenji la follaba desde atrás. “Muérde mis pezones”, le pedí a Aiko, y ella se inclinó, sus dientes atrapando mis pezones con una presión exquisita que me hizo arquear la espalda. Kenji alternaba ahora, sacando su polla del coño de Aiko para metérmela a mí, dura y caliente. “Fóllame, sigue, me corro”, gemí, mientras mi lengua seguía devorando a Aiko, sus chillidos subiendo de tono, cada vez más agudos, más salvajes. “¡Córrete conmigo!”, grité, y Aiko estalló, su coño contrayéndose contra mi boca, su cuerpo temblando mientras chillaba en un éxtasis puro.
Kenji nos llevó al límite. Me puso a cuatro patas junto a Aiko, nuestras caderas alineadas, nuestros coños expuestos y ansiosos. Nos folló alternadamente, su polla deslizándose de un coño al otro, cada embestida acompañada por el sonido húmedo de nuestra carne encontrándose. Yo lamía el coño de Aiko, ella el mío, nuestras lenguas sincronizadas con sus embestidas, un circuito cerrado de placer que nos tenía al borde del delirio. “¡Quiero sentir tu leche!”, gemí, mi voz rota por el deseo, y Kenji, con un rugido gutural, se corrió dentro de mí, su semen caliente y espeso llenándome en oleadas, desbordándose por mi coño y goteando por mis muslos. Mi orgasmo me desgarró, un espasmo que me hizo gritar mientras mi cuerpo se convulsionaba, aferrándome al coño de Aiko con mi boca.
Entonces, Aiko, con una mirada felina y hambrienta, se deslizó entre mis piernas. Su lengua recorrió mi coño aún palpitante, lamiendo con avidez la corrida de su marido, cada gota de su semen mezclada con mis jugos. Su lengua era lenta, deliberada, saboreando cada rincón, succionando suavemente mi clítoris mientras recogía la leche que goteaba de mí. “Sigue, me corro otra vez”, gemí, mi cuerpo temblando bajo su boca experta, el placer multiplicado por la sensación de su lengua devorando la esencia caliente de Kenji. Ella lamía con una intensidad casi reverente, sus labios y lengua trabajando en perfecta armonía, llevándome a otro orgasmo que me hizo arquear la espalda, mis manos aferrando las sábanas mientras gritaba, perdida en una marea de éxtasis. Aiko no dejó ni una gota, su lengua limpiando cada rastro de semen, prolongando mi placer hasta que me dejó jadeando, exhausta, con el cuerpo vibrando como un eco de la tormenta.
Colapsamos en las sábanas, un enredo de cuerpos sudorosos y satisfechos. Aiko me acarició el rostro, sus ojos brillando con una mezcla de ternura y lujuria. “Vuelve mañana, Valentina”, susurró, su voz aún cargada de promesas. Mientras el amanecer teñía el cielo, supe que Alicante me había marcado con un fuego que no se apagaría jamás.
Soy Valentina, y en mi segundo día en la ciudad, Javier me encontró en un bar del casco antiguo. Sus ojos negros me desnudaron antes de que nuestras copas chocaran, y esa noche, en su apartamento con vistas al castillo de Santa Bárbara, follamos con una furia animal. Sus manos cartografiaron mi cuerpo como si fuera suyo, y cuando me penetró, duro y profundo, grité “¡me encanta, cómo disfruto!” mientras me corría una y otra vez, hasta que colapsamos, empapados en sudor y éxtasis.
¡Pero Alicante tenía más para mí!.
Antes de partir a Madrid, una fantasía me consumía: quería follar con una pareja de japoneses, chico y chica, saciar esa curiosidad que me quemaba. Siempre me había preguntado si los hombres japoneses tenían su polla pequeña, como decían los rumores, y si las mujeres, al correrse, chillaban como ratitas, un sonido que me ponía tan cachonda que me mojaba solo de imaginarlo. Era más que morbo; era una necesidad que me hacía arder.
En el bar de la piscina del hotel, mientras saboreaba un gin-tonic, los vi. Aiko era una diosa exuberante, con curvas que desafiaban cualquier cliché de delicadeza japonesa. Su piel de porcelana y sus pechos generosos, apenas contenidos por un top ajustado, me hipnotizaron. Kenji, de estatura media, tenía una calma magnética, su sonrisa un anzuelo que prometía pecados inconfesables. Hablamos durante horas, las palabras tejiendo un hechizo entre risas y miradas cada vez más afiladas. Cuando Aiko rozó mi mano y susurró algo en japonés a Kenji, supe que la noche sería nuestra. “Ven a nuestra habitación esta noche”, dijo ella, su voz un látigo de terciopelo. Asentí, con el pulso latiéndome entre las piernas.
La suite estaba bañada en una luz ámbar, con velas que proyectaban sombras sensuales. Aiko llevaba un kimono de seda roja que se deslizaba por sus curvas como un suspiro, y Kenji, en una camiseta que marcaba cada músculo, me miró con una intensidad que me hizo jadear. Me ofrecieron sake, pero apenas lo probé antes de que Aiko se acercara, sus dedos trazando fuego en mi cuello. “Eres puro deseo, Valentina”, murmuró, y me besó, primero suave, luego con una hambre que me deshizo. Sus labios sabían a cerezas maduras, y cuando Kenji se unió, besando mi nuca mientras desabrochaba mi vestido, supe que estaba perdida. La tela cayó al suelo, y mis bragas ya estaban empapadas.
Nos arrojamos a la cama, un torbellino de carne y lujuria. Aiko me guió hacia sus pechos, y lamí sus pezones duros como guijarros, arrancándole un gemido agudo que me hizo sonreír. Kenji se desnudó, y cuando vi su polla, me maravillé de su belleza: gruesa, dura, perfectamente formada, con un capullo rosado que pedía ser adorado. Antes de que me penetrara, necesitaba saborearlo. Me incliné, mi lengua trazando círculos lentos alrededor de su capullo, lamiendo la gota salada que perlaba en la punta. “Me encanta, cómo disfruto”, gemí mientras chupaba, mi boca deslizándose por su longitud, mis labios rozando sus testículos tersos y pesados. Aiko, entre tanto, se había deslizado bajo mí, su lengua hundida en mi coño, lamiendo mi clítoris con una precisión que me hacía temblar. “Lame mi clítoris, sigue”, le supliqué, y ella intensificó su ritmo, llevándome al borde. Mis gemidos se mezclaban con los chupones húmedos de mi boca en la polla de Kenji, y cuando Aiko me hizo correrme, mi cuerpo se convulsionó, un orgasmo que me dejó jadeando contra su sexo.
Ahora, con el cuerpo aún vibrando, quería más. Quería ser follada, sentir a Kenji dentro de mí mientras devoraba a Aiko. Ella se sentó a horcajadas sobre mi cara, su coño brillante y húmedo presionado contra mi boca. “¡Fóllame con la lengua!”, gimió, y yo obedecí, mi lengua hundida en sus pliegues, saboreando su dulzura salada mientras sus caderas se mecían. Kenji se posicionó detrás de mí, levantando mis caderas, y me penetró con un golpe seco que me arrancó un grito. “Mete tu polla, fóllame”, le rogué, y él embistió, su polla llenándome mientras yo lamía el coño de Aiko, sus chillidos agudos de ratita resonando en la habitación, cada vez más intensos, más desesperados.
Cambiamos de postura, insaciables. Aiko se puso a cuatro patas, su culo redondo alzado, y yo me tumbé debajo, mi lengua de nuevo en su clítoris mientras Kenji la follaba desde atrás. “Muérde mis pezones”, le pedí a Aiko, y ella se inclinó, sus dientes atrapando mis pezones con una presión exquisita que me hizo arquear la espalda. Kenji alternaba ahora, sacando su polla del coño de Aiko para metérmela a mí, dura y caliente. “Fóllame, sigue, me corro”, gemí, mientras mi lengua seguía devorando a Aiko, sus chillidos subiendo de tono, cada vez más agudos, más salvajes. “¡Córrete conmigo!”, grité, y Aiko estalló, su coño contrayéndose contra mi boca, su cuerpo temblando mientras chillaba en un éxtasis puro.
Kenji nos llevó al límite. Me puso a cuatro patas junto a Aiko, nuestras caderas alineadas, nuestros coños expuestos y ansiosos. Nos folló alternadamente, su polla deslizándose de un coño al otro, cada embestida acompañada por el sonido húmedo de nuestra carne encontrándose. Yo lamía el coño de Aiko, ella el mío, nuestras lenguas sincronizadas con sus embestidas, un circuito cerrado de placer que nos tenía al borde del delirio. “¡Quiero sentir tu leche!”, gemí, mi voz rota por el deseo, y Kenji, con un rugido gutural, se corrió dentro de mí, su semen caliente y espeso llenándome en oleadas, desbordándose por mi coño y goteando por mis muslos. Mi orgasmo me desgarró, un espasmo que me hizo gritar mientras mi cuerpo se convulsionaba, aferrándome al coño de Aiko con mi boca.
Entonces, Aiko, con una mirada felina y hambrienta, se deslizó entre mis piernas. Su lengua recorrió mi coño aún palpitante, lamiendo con avidez la corrida de su marido, cada gota de su semen mezclada con mis jugos. Su lengua era lenta, deliberada, saboreando cada rincón, succionando suavemente mi clítoris mientras recogía la leche que goteaba de mí. “Sigue, me corro otra vez”, gemí, mi cuerpo temblando bajo su boca experta, el placer multiplicado por la sensación de su lengua devorando la esencia caliente de Kenji. Ella lamía con una intensidad casi reverente, sus labios y lengua trabajando en perfecta armonía, llevándome a otro orgasmo que me hizo arquear la espalda, mis manos aferrando las sábanas mientras gritaba, perdida en una marea de éxtasis. Aiko no dejó ni una gota, su lengua limpiando cada rastro de semen, prolongando mi placer hasta que me dejó jadeando, exhausta, con el cuerpo vibrando como un eco de la tormenta.
Colapsamos en las sábanas, un enredo de cuerpos sudorosos y satisfechos. Aiko me acarició el rostro, sus ojos brillando con una mezcla de ternura y lujuria. “Vuelve mañana, Valentina”, susurró, su voz aún cargada de promesas. Mientras el amanecer teñía el cielo, supe que Alicante me había marcado con un fuego que no se apagaría jamás.

Comentarios
Publicar un comentario